Acabo de regresar de Bucarest, de hacer patria, invitada por el Instituto Cervantes de esa ciudad. Se trataba de dar un par de conferencias sobre literatura española ante un público entregado, todo hay que decirlo, y también a moderar un encuentro entre editores españoles y rumanos. Si en España la traducción es una parte importante de la producción editorial, para ellos es la parte del león. Por ello, la desproporción entre el interés de los editores rumanos hacia España, y en general hacia lo hispano, es forzosamente superior que a la inversa. Si a eso añadimos la falta de interés de los españoles por cualquier cultura que no sea la francesa o la anglosajona, fuerza es reconocer que la literatura rumana es la bella desconocida por la que suspira el curioso lector de habla hispana. La rumana, y la de otros países del Este, a pesar del esfuerzo, lamentablemente fallido, de algunas empresas editoriales, como la editorial Metáfora, que ha tenido que desistir de su empeño por llenar ese agujero negro en la cultura española. Precisamente el director del Centro, Joaquín Garrigós, es nuestro gran traductor del rumano, y gracias a él hay unos cuantos títulos de los mejores escritores de esa nacionalidad circulando por las librerías españolas. Citaré a los más conocidos: Mircea Eliade, Camil Petrescu y Norman Manea. Hay otros que esperan todavía su turno, magníficos escritores de entreguerras que convirtieron a la Europa del Este, incluida Alemania, en un referente cultural del siglo XX. Estas visitas cervantinas deberían servir para lograr ese objetivo. |
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