(28/01/2008) Las noches blancas
De vez en cuando, Fernando Sánchez Dragó me invita a participar en su programa de libros de Telemadrid, titulado Las Noches Blancas, que se emite de madrugada. A pesar de la hora, no es raro que al día siguiente de alguna emisión en la que aparezco, alguien me reconozca por la calle o incluso en alguna cafetería.
Que el mérito es del conductor no me cabe la menor duda. Esas personas que así me abordan no saben ni cómo me llamo, sólo que me han “visto en lo de Dragó”, y esto, además de un ejemplo de popularidad por delegación, es una prueba de que Fernando ha acertado.
Sobre todo en un país donde la cultura es la cenicienta de todos los medios y no digamos de la televisión, en la que, excepto en la época de Franco, no es lo corriente hablar de libros en prime time y a veces en ningún otro.
Como ocurre en las dictaduras, la opinión pública no importaba y al no consultar los niveles de audiencia (que nunca favorecen a los programas culturales) se podía hablar de libros a cualquier hora. Eran los tiempos de Tengo un libro en las manos, de Luis de Sosa, que por cierto tenía unas manos grandísimas en las que cabían libros de anaquel y se perdían los de bolsillo.
Había otro programa en el que participaban Esther Benítez e Isaac Montero; más paradojas: la cultura franquista estaba trufada de antifranquistas, en particular de comunistas, el especimen político que mejor sabe acomodarse a la funcionalidad. También por entonces debutó el propio Sánchez Dragó, que luego triunfaría en toda la línea durante décadas con Negro sobre Blanco, hasta que los zapateristas decidieron dinamizar el medio o dinamitarlo, que a los efectos es igual. A ellos el formato cultural que más les gusta es el café cantante; en esos locales los libros terminan siendo lo que son, un artículo de bajo consumo.
En una economía y una sociedad liberales el “cliente siempre tiene razón”, cosa que no es cierta; ésa es la terrible paradoja en la que nos movemos y el precio que tenemos que pagar por la libertad de expresión. No hay más que oír a los escritores y traductores de los antiguos países del bloque soviético.
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