(13/04/2008) Los centenarios, el cuento de nunca acabar
Todos los años se cumple algún centenario, cincuentenario o incluso lustro, del nacimiento o muerte de algún famoso, llegándose últimamente a no desdeñar a los autores “de culto”, apenas conocidos del gran público, ni a otros personajes más insólitos.
También se celebran los cumpleaños de las publicaciones, fundaciones y hechos históricos que han tenido una honda repercusión, como pasó con el quinto centenario del descubrimiento de América y este año con el bicentenario de la Guerra de la Independencia. Es el cuento de nunca acabar, y el origen de una industria y una burocracia paralelas.
De eso vive, en parte, el mundo académico y cultural. También el editorial se sube al carro de las conmemoraciones, por no mencionar el institucional. En España se han creado sociedades estatales, fundaciones y entidades que siguen en pie incluso cumplida la efeméride, pensando en el lustro siguiente, o simplemente para mantener vivo el fuego sagrado y, sobre todo, los puestos de trabajo, algunos realmente pingües para sus titulares, especialmente los más honoríficos. Pasa cíclicamente.
Robert Musil, autor austriaco de quien apenas se celebra nada, dedicó gran parte de las más de las mil páginas de El hombre sin atributos a reírse de los afanes que mueven a construir sueños sobre el barro. Y barro era en el que reposaba el imperio austrohúngaro en el año 1913, fecha en la que a un grupo de personas solícitas se les ocurre formar una Comisión permanente para celebrar, en 1930, los 100 años del emperador Francisco José.
Creemos que las cosas durarán eternamente. Los convenios en los que nos comprometemos ahora se firman para una duración de 75 años, como antes, cuando los abonos a la ópera de Viena se hacían por 90 años, casi los que tenía Francisco José antes de esa fatídica guerra.
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