Asistí el otro día a una conferencia del historiador Manuel Olmedo Checa sobre Bernardo de Gálvez, el español que en 1781 tomó Pensacola a los ingleses completamente solo, razón por la cual es muy conocido en Estados Unidos, ya que fue de suma importancia para la consecución de su independencia.
No así en España, aunque últimamente sus compatriotas malagueños están haciendo mucho para difundir su gesta. Cuando era capitán y protegía la frontera de las provincias del norte de México, ya había demostrado su arrojo venciendo a los indios apaches en circunstancias muy arriesgadas.
Vuelto a España, intervino en el desembarco de Argel, donde distinguió por su valor. Posteriormente fue nombrado coronel del regimiento de la Luisiana y gobernador de aquella provincia, primero francesa, que fue española durante unos años. En 1776 las colonias británicas de América del Norte proclamaron su independencia y Gálvez y la Corona española prestaron a los independentistas un valioso apoyo logístico.
Pero la hazaña por la que es más conocido fue por desafiar a sus superiores en la bahía de Pensacola y decidirse a tomar esa posición él solo, al mando de su bergantín Galveztown.
Carlyle definió al héroe como alguien inconformista, creativo y activo y, sobre todo, solitario, al menos en su acto heroico. Otros más cínicos definen al héroe como un loco a quien su locura le sale bien. Esto, referido a Gálvez, es injusto, pero lo cierto es que de haberle salido mal, Carlos III no le hubiera concedido el título de Conde de Gálvez ni la licencia para poner el lema “yo solo” en su escudo de armas. Pero esto ocurrió en una época en que se valoraban otras virtudes. Hoy los héroes lo son del ocio y de lo lúdico, meros ídolos que sólo suplantan lo que el verdadero héroe manifiesta.
Julia Escobar
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