Ha pasado un mes de la aplicación de la ley antitabaco y las autoridades están exultantes; al parecer está siendo un éxito. No lo dudo, pero en los lugares de trabajo porque en el mundo exterior nunca se ha fumado tanto, y el mundo, como en la famosa novela de Ciro Alegría, es ancho y ajeno.
Pongamos la hostelería. Como han dejado que los dueños decidan, los locales donde no se fuma son minoría. Peor aún, los fumadores se han vuelto reivindicativos. Total, que algunas cafeterías y restaurantes donde prácticamente ya nadie fumaba parecen ahora verdaderas cámaras de gas.
Antes, si protestabas podías conseguir que apagaran el cigarrillo, pero ahora se han vuelto militantes: ¡Traga!, parece que te están diciendo mientras aspiran a más y mejor el humo que les va a llevar a la tumba antes de tiempo, o a amargar la existencia a partir de los 50 años.
Tengo varios amigos en tratamiento por cáncer de garganta o pulmón y otros que están ya en el cementerio; ninguno pudo cumplir los 60. Todos les dijeron a sus hijos y allegados antes de morir: “No fuméis, os lo digo yo”. Demasiado tarde para ellos y para quienes los perdimos.
Los fumadores nos acusan a los no fumadores de odiarles; al contrario, ellos son los que no pueden soportarnos, en particular si somos ex fumadores. Dicen con mucho desprecio: ¡Los conversos son los peores! ¡Vaya descubrimiento! Es natural que así sea.
Quien nunca ha fumado, al no saber de qué va la cosa, se siente menos autorizado para censurarles pero si has rectificado una conducta que te estaba destrozando, si has conseguido vencer la adicción, cualquiera que esta sea, es inevitable que te sientas satisfecho de haberlo conseguido y mires a quien no puede hacerlo, cuando menos, con lástima.
También es natural que ellos no puedan aguantarnos: somos el vivo ejemplo de que es mentira que no puedan dejarlo. Y esto vale para la obesidad, el alcoholismo y la televisión e incluso, si me apuran, para la política, aunque un poquito menos.
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