En la trasera de mi casa había un descampado por el que los vecinos paseaban a sus perros y donde llegamos a ver ovejas pastando, cuando todavía en Madrid había cañadas. Después lo vallaron y el baldío se llenó de matorrales; vinieron los pájaros y detrás los gatos, incluso crecieron árboles, de esos que llaman en Galicia “aventureiros” porque medran donde les da la gana. Obedeciendo a la inveterada pulsión arboricida que caracteriza al español medio, cuando esos intrépidos aventureiros alcanzaban cierta altura, venían “los del Ayuntamiento” a cortarlos, a pesar de nuestras protestas, pues estaban lo suficientemente cerca de la casa como para que, los del primero, gozáramos de su sombra y, de paso, nos ahorráramos un toldo.
Porque el predio pertenecía al cabildo y se rumoreaba que ahí se iban a hacer “cosas” a corto plazo. El plazo se alargó otros veinte años y la imaginación de los vecinos revestía de destinos a cual más estrafalario un terreno que parecía muy goloso. Pero todo llega y con él la construcción de una Residencia y Centro de Día para enfermos de Alzheimer. Aquel fue un sin vivir que duró exactamente lo que estaba anunciado en los carteles: un año.
Y hace un año precisamente que en vez de gatos, árboles tenaces, matorrales pajareros y largos ocasos, vemos desde nuestras ventanas el insulso edificio de ladrillo, con cristaleras en las zonas de estar y diminutas troneras en las habitaciones. Supongo que tan desigual distribución de la superficie acristalada tiene su razón e imaginármela me acongoja. Como sigo viviendo en el primero, he entablado ciertos vínculos con los ancianos que sestean en los grandes salones del bajo, en donde pasan el día. Desde mi ventana les saludo a veces con la mano y ellos, a pesar de la atonía que se les supone, responden con cierto entusiasmo.
Hemos perdido paisaje, ya no hay árboles ni pájaros, ni gatos, y el único crepúsculo que vemos es el de los humanos en su momento más amargo. Pero me queda el consuelo de pensar que, precisamente, en el atardecer de la vida nos examinarán del amor y no de nuestros conocimientos ornitológicos.
Comentarios