Pierre Michon, Rimbaud el hijo, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama, Barcelona, 2001, 115 páginas.
La culpa de que haya un Rimbaud «bueno» y otro «malo» la tuvo André Breton, que lo consideró sospechoso porque Claudel hizo una lectura religiosa de Una temporada en el infierno y malo está que se pueda originar una reacción así. Pero su peor pecado fue el de abandonar la poesía, que se le daba tan bien, ¡para convertirse en comerciante! Entonces se fraguó el mito del Rimbaud aburguesado que huía de las dificultades de la bohemia parisina, anegada en ajenjo, para caer en brazos de la normalidad, ya saben, marcharse a África a traficar con café, marfil, pieles, especias, armas y, quien sabe si con esclavos, en fin, lo de todos los días.
África, por entonces, no se podía recorrer con el Baedecker en la mano y ni siquiera la muy erudita Société Géographique conocía los secretos de aquel continente sobre una de cuyas regiones «un tal Monsieur Rimbaud, comerciante», mandó un informe en el que describía caminos, tribus, costumbres, animales. Pero Breton, con su contundencia acostumbrada, había decidido que marcharse ubi rugiunt leones era «una cobardía muy ordinaria» y a ella opuso el «valor de quedarse». Mallarmé tuvo, por cierto, ese «valor» y acabó felicitando a Leconte de Lisle por su elección a la Academia francesa, precisamente cuando Rimbaud, acompañado del explorador Jules Borelli, abría caminos en el corazón de Abisinia.
No fue Breton el único que renegó de Rimbaud: Étiemble dedicó numerosas páginas a destruir el mito y a denigrar la asombrosa correspondencia que mantuvo desde África. Otros, sin embargo han reivindicado esos años, sin duda los más malditos del desdichado poeta: Butor, Jouffroy, Pleynet y René Char («Hiciste bien en marcharte, Arthur Rimbaud», escribió este último en un poema) y el hecho es que los alumnos de todos los liceos franceses del mundo, indiferentes por lo general hacia la poesía, cuando «toca» Rimbaud se enderezan en sus asientos como un solo hombre y sueñan y viajan con aquél a quien la leyenda ha convertido en emblema de la perpetua, inquieta y desesperante adolescencia y sobre cuya vida y obra se ha escrito tanto o más que sobre las Escrituras, como dice Pierre Michon, autor de este singularísimo libro.
Michon, autor atípico, pues ni vive en París ni publica demasiado, ha decidido seguir la trayectoria vital de Rimbaud sin moverse de la biblioteca y desde una perspectiva intensamente literaria, muy cercana a lo que entre nosotros hizo Juan Eduardo Zúñiga con Larra en Flores de plomo. Su libro, escrito también con un encendido lirismo, es la obra de un entusiasta, de un adorador, se puede decir que de un verdadero mitómano, que «visita» las diferentes «estaciones» del calvario que fue la vida Rimbaud, a través de los personajes que más influyeron en ella y que, según el autor, se instalaron en el tabuco interior del poeta, ahí donde se cuecen las obras de arte, porque para Michon todo verdadero artista es, ante todo, un hijo enfurruñado que pide constantemente cuentas a sus padres y a sus predecesores; un hijo perpetuo y también un ogro que todo lo devora. Estos personajes son, por orden de importancia, Vitalie Cuif, la madre terrible y ambivalente, a la que Michon llama «la imprecadora»; el Capitán Rimbaud, ese padre distante al que nunca conoció, y aquellos otros antepasados espirituales que habiendo poseído la «larga varilla» (el alejandrino) la transmitieron de mano en mano, de generación en generación, desde Virgilio pasando por Malherbe y Racine, Hugo y Baudelaire hasta llegar a Rimbaud que los supera a todos.
Viene después toda una serie de individuos cuyas vidas han quedado congeladas para siempre en los años, días o minutos en que jugaron un papel en la, infinitamente más importante vida del poeta, por lo cual entran en la Leyenda Dorada, aunque en calidad de comparsas. Sólo tiene entidad propia Verlaine, que también agarró a tiempo «la cantarela» y supo utilizar la larga varilla de doce pies a su manera. La convivencia entre ambos fue imposible –concluye el autor– porque «dos no pueden ser al mismo tiempo y en la misma habitación el verso en persona».
Pero Izambard, no habría sobrevivido a su época de no haber sido el profesor de retórica del niño prodigio; Michon lo retrata siempre joven, enseñando literatura a Rimbaud. Demeny fue un don nadie que tuvo la suerte de recibir una de las «Cartas del Vidente» y Théodore de Banville, el gran poeta del momento, no pasaría de ser un nombre en las enciclopedias de no haberle dirigido Rimbaud cartas de adolescente suplicante; en su particular iconografía, Michon lo tiene contestando esas cartas toda la eternidad. Michon trata con especial ternura a Cujat, el fotógrafo que lo inmortalizó con la pajarita. Todos, incluidos los negros y los blancos que lo rodearon en África, son merecedores de estos sutiles y perspicaces retratos, escritos a la mayor gloria de Rimbaud, con un fraseo magnífico, admirablemente traducido al español por María Teresa Gallego.