Esto es lo que tienen en los archivos de LD, a fecha de hoy. Ahí va el enlace.
http://www.libertaddigital.com/opinion/julia-escobar
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09/09/11 en Libertad Digital | Enlace permanente | Comentarios (0)
26/12/10 en Libertad Digital | Enlace permanente | Comentarios (0)
Con el corazón todavía encogido por la tragedia de los atentados contra los Estados Unidos, me enteré de que acababa de morir en Madrid, víctima de una endocarditis aguda, Teresa Gracia, dramaturga, poetisa e intelectual comprometida, en el mejor sentido de la palabra, es decir, en el moral. Teresa nació en Barcelona en 1932 y tomó el camino del exilio con su familia en 1939. Ya mayor, contaba a sus amigos la manera en que su madre, una anarquista a la antigua usanza, ingresó voluntariamente en los campos de refugiados franceses; quería que ella y su hija tuvieran el mismo destino que sus desdichados compañero de destierro. Esta anécdota ilustra de manera significativa el rigor moral de la educación que recibió Teresa Gracia y que la convirtió en una persona singular, desde cualquier punto de vista.
La primera etapa de su exilio la vivió en Francia, y en París, siendo muy joven, conoció en un café al cineasta Eric Rohmer, quien la convirtió en la protagonista de una de sus primeras películas, Berenice. Ahí está inmortalizada Teresa, en el apogeo de su belleza. Después vivió sucesivamente en Venezuela y en Italia, donde trabajó en la sede de la FAO, en Roma, desde 1969 hasta que, en 1980 regresó definitivamente a España, concretamente a Madrid, tras jubilarse como funcionaria internacional por razones de salud.
Aquí es donde tuve ocasión de conocerla y de frecuentarla, en aquella tertulia que durante los años setenta y ochenta aglutinó, en el ya inexistente café Lyon de la calle de Alcalá, a personas tan heterogéneas como Rafael Sánchez Ferlosio, Carlos García Gual, Soledad Puértolas, los jovencísimos poetas, todavía inéditos –Andrés Trapiello y José Manuel Bonet– y la que esto escribe, entre otros, más o menos habituales, y algunos visitantes ocasionales, como Federico Jiménez Losantos o José Miguel Ullán por ejemplo. Ya no recuerdo quién nos trajo a Teresa Gracia a la tertulia, tal vez su marido, el periodista José Luis Muñiz, que fue uno de los primeros directores de “El país” (y que falleció poco después), pero desde ese momento se convirtió en fija. Desde el principio me llamó la atención un rasgo que no todos los tertulianos compartían: su radical independencia ideológica. Teresa era una liberal nata y sus certeras opiniones contra ciertos dogmas “progres” escandalizaban a más de un asistente.
Su obra, escrita en la más absoluta soledad y ajena a cualquier trapicheo literario, empezó a ver la luz en editorial Pre-Textos de Valencia, que también estaba en sus inicios. Ahí salieron dos poemarios: Destierro, con prólogo de María Zambrano (1982), Meditación de la montaña: liras (1988) y una obra de teatro, Las republicanas. En 1992 publicó en la editorial Endymion las obras de teatro Casas Viejas y Una mañana, una tarde y una vida de la señorita Pura. De todos sus libros, notables, en más de un aspecto, creo que el más representativo de su estilo sobrio y depurado es el titulado, de manera harto elocuente, Cuarenta y tantos sonetos al soneto: manifiesto contra el verso libre (Huerga y Fierro, 1997).
Por sus hijos, Rafael y Raimundo, he sabido que Teresa había presentado recientemente otra obra de teatro a un concurso literario, aún no resuelto y que existen, además, unas cuantas novelas, evidentemente inéditas, que había ido escribiendo durante todos estos años en los que su larga enfermedad y su carácter, bastante reacio a las demostraciones públicas, la mantuvieron recluida en una fértil, y espero que libremente asumida, soledad.
12/12/10 en Libertad Digital | Enlace permanente | Comentarios (0)
La ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga está situada en la Extremadura soriana, en pleno territorio del vacío. No es un lugar con el que uno se tope de repente. Hay que ir. Es un lugar extraño, entre apartado y expuesto, pero desde luego retirado. Hoy es nuevamente noticia por lo mismo que lo fuera hace setenta años, por sus hermosas pinturas murales, entre románicas y mozárabes. La diferencia es que ahora se celebra una restauración y en 1925 se lloraba un expolio.
Esta extraordinaria construcción, tan sencilla por fuera como abigarrada por dentro, fue edificada a fines del siglo XI sobre un antiguo eremitario con cueva y fuente, como es de rigor, y quedó adscrita a San Baudelio, mártir galorromano del siglo IV. A lo largo de su historia, perteneció a distintas diócesis hasta que, tras la desamortización, pasó a manos de particulares. Doce fueron los vecinos de Casillas, aldea próxima al lugar, que la adquirieron a finales del siglo XIX y que vendieron sus maravillosas pinturas a un coleccionista americano.
Ocurrió en el año 1922, siendo su repercusión de tal magnitud que tuvo que intervenir el Estado para prohibir su venta. Vendedores y compradores recurrieron y, en 1925, el Tribunal Supremo falló a su favor. El vacío legal en la materia hizo posible esta transacción, aunque también dio pie a la legislación de protección del patrimonio histórico español que se plasmó en la ley de 1933. Pero el caso es que la mayor parte de las fastuosas pinturas que decoraban por entero la ermita partieron a América donde están repartidas en diferentes museos. La ermita quedó expoliada. Sólo algunas partes de difícil acceso se salvaron de la rapiña. Del resto no quedaron más que las huellas, que dan una fantasmal idea de lo que debió de ser aquello, aunque basten para dejarnos con el ánimo en suspenso.
La historia no termina aquí. En 1957 el Museo Metropolitano de Nueva York hizo una extraña oferta al Estado español que fue aceptada de inmediato: cambiar algunas de las pinturas de San Baudelio (las de tema profano) por el ábside del siglo XII de la iglesia de Fuentidueña de Segovia. El intercambio se hizo en calidad de depósito indefinido de ambos patrimonios y sigue en vigor. Las pinturas “cedidas” están ahora expuestas en el Museo del Prado y el ábside románico de Fuentidueña en el Museo de los Claustros de Nueva York.
Aún así, quedaban todavía in situ aquellos fragmentos pictóricos que, dado el mal estado de conservación de la ermita, fueron rescatados en 1965 por el Instituto Central de Restauración de Obras de Arte para su protección y restauración. Hoy, el Instituto del Patrimonio Histórico Español (I.P.H.E.) ha reintegrado esas 87 piezas que decoraban la bóveda de la nave principal de la ermita para que sean instaladas nuevamente en su emplazamiento original. Mientras tanto y, desde ahora mismo, 33 fragmentos se exponen al público en el Museo Numantino de Soria hasta el mes de octubre. Ahí se pueden ver todas las fases de la compleja y larga restauración que todavía está en curso y que aún habrá de proseguirse cuando los frescos estén en la ermita.
Todo el mundo se congratula, y no es para menos, de que San Baudelio haya recuperado parte de su antiguo esplendor. La ermita pertenece ahora al Museo Numantino de Soria, mejor dicho, es ella misma un museo. Parece, por tanto, completamente lógico que se complete su maltrecho contenido y no sería descabellado esperar que el Museo del Prado, cumplida ya su misión de protección y custodia, reintegrara también, como ha hecho el Ministerio de Cultura, los fragmentos que tiene en sus salas. Y puestos a pedir, tampoco sería ninguna locura que el Estado español negociara con los Estados Unidos la compra de los fragmentos restantes, esta vez sin tener que despojar a ningún pueblo castellano de sus monumentos, por muy abandonados y deteriorados que estén.
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Crónica parlamentaria del Día de la Constitución. Congreso de los Diputados. Carrera de los Jerónimos s/n. Madrid. (06/12/2002)
Acabo de llegar del Congreso de los diputados, adonde he acudido por dos cosas. Primero, porque me enteré de que no daban copa y eso me pareció más que suficiente para demostrar que una no necesita que la alimenten, ni que tampoco la mueve, para honrar a la Constitución, otra cosa que el amor a la patria. La segunda, porque quería transmitir a la presidenta del Congreso y al presidente del Gobierno, si es que conseguía llegar hasta ellos, la singular propuesta del escritor sevillano Aquilino Duque de que se llame a esta Constitución “la Nicolasa”, como se llamó a la de Cadiz, “la Pepa”, con la fortuna que todos conocemos (no de la constitución sino del mote).
El razonamiento de Aquilino es perfecto: al pueblo se le llega por el sentimiento, por la familiaridad, y a esta Constitución, que ya tiene veinticuatro años, le faltaba un apelativo popular, cariñoso; por eso, del mismo modo que se llamó “la Pepa” a la de Cádiz porque fue promulgada en el día de San José, propone ahora este escritor que se llame a la actual “la Nicolasa” por ser San Nicolás de Bari el santo patrono de este día. Me pareció que introducir tal rasgo de ingenio en la pesada atmósfera del Congreso, ennegrecida por los vertidos del Prestige, era una nota de humor y una divertida ráfaga de aire fresco.
Aunque llegué exactamente a las doce, ya estaba la presidenta pronunciando su discurso en el que aludía a la fementida catástrofe lo que, aunque inevitable, contribuía a incrementar la idea, que con tanta saña persigue la oposición, de que el gobierno se estaba disculpando. Tras la breve alocución, los asistentes se dispersaron por los salones aledaños, y es cuando yo, sorteando cuerpos cuyos dueños me eran algunos totalmente desconocidos y otros menos (identifiqué a Cristina Alberdi, Margarita Mariscal de Gante, Enrique Múgica, Fernando Jaúregui, Rosa Conde, Isabel Tocino y pare usted de contar, amén de amigos como Germán Yanke que también habían ido ahí a trabajar) pude cumplir mi cometido de voluntaria mensajera de Aquilino Duque ante las más altas instancias del Estado, tal y como me había propuesto.
La señora Rudi estuvo encantadora; rió, y me pidió educadamente que le remitiera el emilio de Aquilino Duque para poderle dar personalmente las gracias por la sugerencia. Llegar hasta Aznar me resultó mucho más fácil de lo que yo esperaba, porque el grueso de los cortesanos y los aduladores oscilaban del lado de Zapatero quién, mientras hablaba, accionaba los brazos con un entusiasmo similar al del sastrecillo valiente narrando sus proezas. El presidente acogió la peregrina propuesta con una carcajada, como es de suponer, pero se mostró escéptico sobre la fortuna de tal apelación, no como Luisa Fernanda Rudi que encontraba que era ya demasiado tarde para implantarla, sino porque cuando se hablara de “La Nicolasa”, muchos pensarían en el famoso restaurante. Mala cosa.
Aún remoloneé un poco para, como se dice en estos casos, tomar el pulso al auditorio y pude pescar alguna que otra frase inconexa, referidas en su mayor parte al vertido de marras y desde luego ninguna relacionada con la festividad propiamente dicha para la que, les confieso ahora que estoy terminando mi crónica, yo también encontré hace ya veinte años una denominación, tan religiosa o más si cabe, que la de Aquilino Duque: “Nuestra Señora de la Constitución”, por su proximidad con el día 8 de diciembre (la Inmaculada Concepción) y que me fue tajantemente censurada en el periódico satírico al que la había mandado (quizás alguien recuerde El Cocodrilo), por considerarla, supongo, muy irreverente, y no me hubiera atrevido nunca a recordar tan osada propuesta de no haberla visto en cierto modo corroborada el otro día en la radio por Ramón Pí quien, quizás amparándose en los mismos motivos que yo, la llamó Inmaculada Constitución y eso me consoló un poco.
Sin más, con la satisfacción del deber cumplido, y aprovechando que Aznar iba a dar una rueda de prensa a la que no me dejaron entrar por estar ahí como simple invitada y no tener acreditación, salí del noble recinto no sin consignar, para quienes interesan estas cosas, y seguir con el tono de frivolidad que impregna estas líneas, que todos íbamos en túnica de diario, es decir, los hombres con el inevitable terno negro o gris y las mujeres como nos da la gana.
06/12/10 en Libertad Digital | Enlace permanente | Comentarios (0)
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18/01/06 en Libertad Digital | Enlace permanente | Comentarios (0)
Pasan tantas cosas en el mundo de la cultura, y no sólo en el sector editorial, que no se puede transmitir de la misa la media. Además, se oficia en tantos templos a la vez que muchas cosas magníficas pasan desapercibidas. El año que ha terminado, situado de forma muy especial bajo el signo de la tragedia –me refiero por supuesto al 11 de septiembre– ha sido un bullir de exposiciones conmemorativas, temáticas (muy de moda últimamente) y de las de toda la vida. Hace falta que venga la familia de fuera durante estas entrañables fiestas para que te decidas a visitar las exposiciones a las que nos has ido en todo el año. Empezamos nuestro periplo por la de las mujeres de Goya en el Museo del Prado. Vistas así, todas juntas resulta estremecedor: ¡vaya con Goya! No perdonaba una. Jamás he visto mayor crueldad en el tratamiento de la edad madura de las féminas que en el pincel de este enamorado de la moda juvenil. Echamos de menos a «La Tirana» pero nos dijeron que la Academia de Bellas Artes de San Fernando «no presta».
De ahí pasamos a la de Cirilo Martínez Novillo, excelente pintor madrileño –vallecano para más señas– de una larga trayectoria intachable y además variada, como se puede ver en esta muestra antológica todavía abierta y que recomiendo vivamente. Luego fuimos al Palacio Real que reunía por primera vez, creo, su espléndida colección de tapices, que llenó de pasmo a mi cuñada francesa como también la dejó boquiabierta la exposición de la Biblioteca Nacional, titulada De Limoges a Silos, pues ese es exactamente el recorrido que hacemos en el magnífico montaje de las piezas más hermosas que puedan verse de esmaltes en arquetas, retablos, objetos de culto y otras piezas, custodiadas en diferentes abadías, monasterios, conventos y catedrales españolas y europeas. Ahí está Europa, mucho antes de los acuerdos de Mastrique. Por ir, incluso fuimos a Zaragoza a ver una exposición muy singular, en la Lonja, patrocinada por IberCaja: La lucha contra la pobreza. Ilustración y proyecto liberal, un tema muy navideño sin duda y verdaderamente interesante. Y es que las autonomías rivalizan, a veces colaboran, con la capital en oferta cultural y estar al día cuesta hoy un pastón en viajes a los que no nos invitan, por supuesto. Claro que el propósito no es sólo el turismo cultural sino hacer la vida más amable a los lugareños. Fue también una ocasión de visitar Zaragoza, aunque poco pudimos hacer, excepto refugiarnos en un restaurante a la espera del tren de vuelta, porque la temperatura no subió de tres grados bajo cero.
Mis familiares volvieron a su lugar de residencia cansados, pero felices, como es de suponer y lastrados por los catálogos, generosos tanto en ilustración como en contenido literario y que son tan especiales en muchos sentidos que han creado un verdadero género. Dichos catálogos son muy apreciados por los bibliófilos y en el extranjero se hacen cruces de admiración pues no sólo están exquisitamente editados sino que contienen textos únicos, escritos por especialistas en las materias correspondientes y, además, rigurosamente inéditos. Si se comercializaran como es debido, a través de los circuitos habituales de distribución de libros, serían, creo yo, muy populares porque suelen ser magníficas monografías. Encima, si se tiene en cuenta la famosa relación «calidad-precio» no son excesivamente caros, sino al contrario, comparativamente más baratos que muchos de los libros que se venden habitualmente. Pero, porque hay un pero, hay algo que se opone a su fácil distribución: los suelen editar instituciones oficiales, ya sean públicas o privadas: fundaciones de bancos o cajas de ahorros, ministerios, etcétera. Otro aspecto que los hace inaccesibles, además de su escasa difusión, es el espacio que ocupan. Si, como me dijo una vez un amigo, los españoles del siglo XX ya no ponen un piso a su querida sino a sus libros, para este tipo de publicaciones haría falta un palacete.
18/01/06 en Libertad Digital | Enlace permanente | Comentarios (15)
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