El héroe, Revista de Occidente Nº 46.
“Portentos, muchos hay; pero nada es más portentoso que el hombre.”
(Sófocles, Antígona, 332-333)
¿De qué están hechos los héroes? ¿Qué suerte de indestructible fibra mantiene siempre vivos, siempre modélicos a esos hombres y mujeres a quienes la historia, la leyenda o la vida proponen como paradigmas a los demás de su incapacidad para vivir, en los que esos demás se proyectan, ya sea con pasiva idolatría, ya sea con actividad creadora y que enmiendan o fecundan sus asuntos, tal que decía Quevedo de los libros? El caso es que, héroes verdaderos o falsos, épicos, trágicos o dramáticos como determinara Hegel, ellos están ahí, con sus actos, muchas veces uno solo, su muerte, que les sobrevivirán eternamente. Dejando de lado la boutade de salón de Kierkegaard de que “un héroe es un sujeto desgraciado que sin duda salió mal de los exámenes de licenciatura y no tuvo más remedio que escoger otro camino” –aunque, si se tiene en cuenta que iba dirigida a una figura de héroe como es la de Don Juan, la fórmula no deja de ser ingeniosa–, lo cierto es que ocurre con el héroe, con el heroísmo, que todo cuanto se ha dicho sobre ello, y ha sido mucho, siempre resulta rigurosamente cierto y complementaria una cosa con otra. El héroe es el símbolo del alma inmortal (Platón) y en el Banquete encontramos el ejemplo heroico de Alcestis, que, actuando por afecto amoroso, despreció la muerte; contrapuesto al de Orfeo, quien, por los mismos motivos, pretendió entrar en el Hades con vida “porque parecía tener el alma débil, cosa muy natural en un tocador de cítara”, ignorando sin duda que el héroe, como la bestia (y más en esa época), debe morir. El heroísmo es un valor vital siempre expansivo en el que cada hombre proyecta sus sueños y sirve de modelo (Max Scheler). El héroe es secreto, misterioso, no conformista, pero nunca espectacular, nunca excesivo, siempre solitario (Carlyle). Todo apunta a lo mismo, a que la vida heroica es gloriosa y la manifestación de un sistema de valores que podrían calificarse de objetivos entre los cuales se pueden destacar fundamentalmente cuatro grandes rasgos: nobleza, vitalidad, generosidad y creatividad. Estos valores, en el indudable proceso de desacralización del héroe y a pesar de su vigencia en el mundo de las representaciones, se han visto sustituidos por esos otros, ya menos objetivos, más contingentes, de juventud, belleza, dinero y amor, con lo que los héroes lo son del ocio y de lo lúdico (Leo Lowenthal), confundiéndose así el concepto de héroe con el de ídolo, mero héroe ornamental que sólo suplanta lo que el verdadero héroe manifiesta.
En estas páginas voy a proponer dos ejemplos de héroes en cuya trayectoria vital y en cuya leyenda o distintivo heroico me parece que se puede apreciar esa transposición del valor encarnado en el valor suplantado. Son estos héroes dos mujeres, y si no utilizo el femenino del término es porque creo que el ejemplo perdería gran parte de su fuerza evocadora debido a la confusión que el uso inmoderado e improcedente de heroína como protagonista (también ocurre con el masculino pero en menor medida) ha introducido en una palabra tan rotunda. En estos dos ejemplos veremos también otra cosa que por lo demás me parece estar bastante clara, que lo de menos en el héroe es que su vida real, su historia, coincida con su leyenda heroica, tan cierto es eso de que al héroe no le hace la muerte sino el mito. En efecto, generalmente entre una y otra existe una desproporción tan desmesurada, tan evidente, que de ese monumental descalabro no parece salvarse más que el pedestal sobre el que el héroe reposará eternamente. Mis heroínas –aquí sí procede la utilización del femenino, en el sentido al que me refería anteriormente– son Florence Nightingale e Isadora Duncan. Ambas tienen en común su procedencia anglosajona (ámbito proclive a la singularidad) y su carácter intrépido. Que la una fuera lista y la otra no tanto, que lo que hizo la primera tuviera repercusiones de indudable trascendencia práctica, esto es que interfiriera en el curso de los acontecimientos, mientras que lo que hizo la segunda sólo funcione como símbolo, también es lo de menos: las dos vivieron y murieron en ello y así son los héroes.
La encarnación del héroe:
Florence Nightingale
En 1918, Lytton Strachey publicó un libro que conoció un éxito fulgurante en el momento mismo de su aparición: Victorianos eminentes. Su libro fue calificado por los críticos de auténtica revolución en el género biográfico y, por extensión, en el histórico. Hasta entonces en Inglaterra dicho género –el propio Lytton Strachey lo menciona en su prólogo– era una aburrida sucesión de loas a la figura del biografiado que hacía que sobre él cayera una doble losa sepulcral, la auténtica de piedra y la no menos pesada y mortal del aburrimiento. El biografiado, generalmente un héroe de su tiempo, aparecía siempre gloriosamente nimbado y en su vida todo era inefable, todo era bondad, justicia, nobleza. En una palabra, un género que tenía más de panegírico y de hagiografía que de narración histórica, léase de exposición de pruebas y hechos, en la medida de lo posible, verídicos. Lytton Strachey, al enfrentarse a esos héroes impenetrables e intocables, a esos victorianos eminentes que fueron el cardenal Manning, la insólita Florence Nightingale, Thomas Arnold y el general Gordon, sorprendió a todos por su libertad de espíritu, por su ausencia total de prejuicios y por esa forma un tanto cortante e irónica de exponer “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, y esto es a lo que sin duda llamaron iconoclastia e irreverencia. Pero en realidad Strachey no intento minimizar los actos de aquellas personas ni sus posibles méritos –muy al contrario, creo yo–, ni tampoco descubrir caras ocultas de maldad e inoperancia que, como muchos esperan encontrar en sus libros, les hicieran indignos de continuar en el pedestal en el que se encontraban. Su labor desmitificadora consistió simplemente en contar la vida de esos hombres y mujeres, devolviéndoles a su verdadera dimensión, plasmando el entorno histórico y humano en su justa proporción, mostrándonoslos rodeados de otras personas auténticas y plausibles, mientras iba desgranando los acontecimientos que les hicieron destacarse del común de los mortales. No era fácil tarea esa de devolver color de vida, de dar credibilidad a unas personas que ya no eran sino héroes desdibujados por la leyenda dorada, y que lo hiciera con una asombrosa y bellísima expresión literaria –aunque bastaría sólo con ello para admirarle– no es lo más sorprendente; lo más sorprendente es el resultado enriquecedor de ese proceder, tanto para el lector como para el biografiado y, por tanto, para la propia historia. Sus héroes supuestamente desmitificados –vamos a verlo con Florence Nightingale– resultan bastante más heroicos y bastante más interesantes que esas pálidas figuras del museo de cera de Madame Tussaud. Son seres humanos con una vida llena de impedimentos materiales y burdas maniobras domésticas o políticas, entorpecidos por toda la maraña de sentimientos y acontecimientos que jalonan cualquier existencia. Así por ejemplo, la muerte del general Gordon, tal como nos la narra Strachey, nos conmueve mucho más precisamente porque nos lo presenta no sólo como a un valeroso soldado que lucha denodadamente contra la adversidad, sino también como a un hombre solo, estúpidamente abandonado a su destino.
Juan Ramón Jiménez, en Españoles de tres mundos, calificaba de héroes a las personas que hacían algo en España, lo que fuere, escribir, pensar, pintar, filosofar, investigar. En efecto, si héroe es el que se enfrenta solo, como individuo creador y activo, a un destino adverso, los españoles que hacían algo en España eran auténticos héroes ¿pues no es España un destino adverso? También lo era Inglaterra y la época que le tocó vivir para la clase de acción que pretendió y consiguió realizar Florence Nightingale. Cuando decimos un héroe de su tiempo, no estamos quitándole al héroe su proyección clásica o universal, sino simplemente estamos refiriéndonos al hecho indudable de que el héroe cumple una función social. Por supuesto que cada época tiene sus héroes porque cada época tiene su dificultad y lo importante, también en este caso, no es la especificación de esa dificultad, sino el modo en el que el héroe se enfrenta con ella, pues, de entre los millones de seres para quienes esa dificultad también existía, sólo él decidió vencerla, y eso con sus propios medios (el héroe es solitario). El héroe nunca fracasa, aunque muera en el empeño o aunque con el transcurso del tiempo –y gracias a él, a su acción emprendedora– esa dificultad se haya allanado y forme ya parte de las circunstancias normales en las que, a partir de ese momento, transcurrirá la vida de los demás mortales (el héroe es un precursor). Lo extraordinario no es lo que haya hecho –aunque sí sea importante–, lo extraordinario es que lo haya hecho y precisamente en ese momento. De todo esto la posteridad recogerá lo que mejor le convenga a su imaginación, y eso será, para siempre jamás, por encima de la verdad, por encima de la historia, el distintivo del héroe (el héroe es inmortal).
Florence Nightingale nació en 1820. Su vida fue larga, tenía noventa años cuando murió, y durante toda ella dio muestras de una capacidad de acción de todo punto extraordinaria. Pertenecía por su nacimiento a los más altos estamentos de la sociedad victoriana y es fácil suponer qué era lo que le deparaba el destino si se tiene en cuenta que además era una joven de gran belleza física. Día a día se le iba haciendo más insoportable la larga sucesión de bailes y cenas de gala con los que esperaba el momento en que fuera ella quien los ofreciera. Este panorama dulce y seductor no iba para nada con su carácter ni con la idea que ella se hacía de lo que era la vida, y aunque eso era lo que el destino esperaba de ella, indudablemente no era lo que ella esperaba del destino. Se sentía empujada por una necesidad interior que en un principio sólo se concretaba en un deseo difuso de hacer algo útil. Lo que ella entendía por útil no se satisfacía con lo que su posición social había puesto a su alcance: tejer calcetines y bufandas para los niños pobres y repartir té con pan y mantequilla entre los necesitados. Poco a poco, en sus piadosas visitas a asilos y hospitales fue descubriéndose una vocación marcadamente sanitaria y tuvo la osadía de querer hacerse enfermera. En aquella época –pues todo cambió gracias ella– esa profesión la practicaban unas mujeres desastradas, a medio camino entre la partera y la fregona. (Véase muy bien reflejado ese estado de opinión en la novela de D.H. Lawrence: La mujer perdida, que a pesar de tener un título tan frívolo es una novela muy seria.) Ella se enfrentó a los obstáculos que le presentaba su familia para conseguirlo con el mismo temple con el que seguiría enfrentándose a lo largo de su vida a los que le presentaron personas mucho más importantes, y lo consiguió. Apoyada por sus relaciones de clase, única circunstancia externa que jugó claramente a su favor y que le fue de tanta utilidad en la segunda y más importante etapa de su vida, fue nombrada directora del hospital de Scutari, en plena guerra de Crimea. El panorama no podía ser más prometedor para ella: todo estaba por hacer. Ahí tuvo ocasión de demostrar de lo que era capaz. Completamente sola, gracias a su carácter firme e inconmovible, transformó un infecto agujero regentado por médicos adocenados y militares burocratizados en un asilo convenientemente dotado para llevar a cabo su misión: curar a los heridos. El hospital de Scutari le sirvió de campo de pruebas para poner a punto sus ideas de lo que después sería una reforma completa del sistema sanitario militar y finalmente una auténtica reforma hospitalaria.
Lytton Strachey nos narra admirablemente todas las dificultades con las que se podía tropezar una mujer sin cualificación alguna, en una época como aquella, enfrentándose a una institución rígida y jerarquizada viril si las hay, como era el ejército imperial inglés. Fue en Crimea donde se forjó su leyenda, pues con sus revolucionarias medidas higiénicas salvó la vida a miles de soldados y el reconocimiento popular a su labor fue inmediato. Cuando regresó a Inglaterra su leyenda estaba sólidamente asentada. ¿Cuál era su mito? Longfellow escribió el siguiente poema, titulado Santa Filomena e inspirado por ella:
“Lo! In that house of misery,
A lady with a Lamp I see
Pass through the glimmering gloom
And flit from room to room.”
Ella era la dulce “dama de la lámpara”, celebrada por el pueblo y cantada por los poetas, un ángel de bondad que en las penumbras de la agonía aliviaba los dolores del heroico soldado herido. Algo a lo que ella apenas dio importancia. Algo que no fue más que el comienzo de su verdadera labor reformista y constructora, que no fue más que la palanca con la que esperaba poner el mundo en movimiento. Después de esto, y con todo lo que había aprendido en Crimea, “durante más de medio siglo trabajó en secreto utilizando ese instrumento. Su vida real empezó justamente en el momento en que, para la imaginación popular, había terminado”, pues, sigue diciendo Lytton Strachey, “la historia verdadera es aún más extraña que el mito”. Pero qué lejos estaba ella de esa estereotipada imagen del eterno femenino al servicio del dolor, qué lejos de la abnegación y del sufrimiento. Desde el lugar en donde su excelente mala salud la había confinado, trabajó en la sombra durante más de cincuenta años, escribiendo miles de páginas sobre higiene y estructuras hospitalarias con las que asentaría las bases sobre las que se iba a realizar posteriormente la reforma hospitalaria moderna y las escuelas de enfermería de todo el mundo. Cuando emprendió, y casi lo consiguió, la reforma del mismísimo Ministerio de Guerra, no era una sonrisa amable la que cruzaba su rostro ni una expresión dulce con la que acogía a sus colaboradores –prohombres públicos que cumplían fielmente lo que ella les ordenaba–. Strachey nos la presenta viva, inteligente, sardónica, incisiva, sin piedad alguna hacia los que flaqueaban en sus deberes para lo que ella llamaba –y era– su obra, adornada de todos los atributos del héroe, sin exigir nunca de los demás menos de lo que se exigía a sí misma, es decir, todo.
Esa fue la dulce “dama de la lámpara”. Florence Nightingale consiguió vencer, no sin fatigas, todos los obstáculos que se le pusieron en su camino y consiguió, tal como decía su compatriota y contemporáneo Carlyle del héroe, “penetrar a través de las cosas hasta la esencia de las cosas mismas”. Lytton Strachey, por su parte, consigue demostrarnos, en un texto que rebosa admiración y simpatía, que esa mujer de acero que manejó a voluntad hombres, ejércitos y una nación todopoderosa, no era sólo, casi no lo era en absoluto, la dama de la lámpara. Su labor desmitificadora nos la ha puesto muy por encima del lugar en donde la había confinado el mito, que ha resultado ser algo muy pequeño para una mujer tan grande.
La suplantación del héroe:
Isadora Duncan (el ídolo)
Cuando Isadora Duncan decidió vestirse de manera más libre que sus contemporáneas, no podía imaginar que ese gesto, por otra parte cíclico en la historia del vestido, la llevaría a la tumba haciéndola inmortal. Ese largo echarpe con el que enredaba a los hombres, fascinados por la estudiada “naturalidad” que emanaba de su persona, acabó enredándose en su coche, admirador cruel que no quiso marcharse sin ella. El mito de Isadora Duncan me parece un ejemplo tan espectacular de la desproporción entre el mito y lo mitificado, que a primera vista parece obvia y sencilla la labor desmitificadora; trampa ésta en la que se cae con engañosa facilidad y que, a la larga o al final, demuestra ser completamente inútil porque cualquier manera de contar un mito sólo consigue transformarlo irremediablemente en otro. En 1929, poco después de su último y definitivo espectáculo, apareció un libro deficientemente redactado, de pronunciado cariz autobiográfico: Mi vida, por Isadora Duncan. Con la impudicia de quien no teme el juicio implacable de la historia, Isadora no duda en exponernos con todo pormenor la larga cadena de éxitos con los que, como si de una explosión nuclear se tratara, bombardeó al mundo.
Era Isadora una joven norteamericana de origen irlandés que sentía intensamente el gusanillo del Arte (que ella, con una ingenuidad que supongo que a algunos les parecerá encantadora, ponía siempre con mayúsculas) adquirido desde su más tierna infancia en el seno de una familia artística, algo bohemia, y con muchos problemas económicos. Vivaracha y espabilada, Isadora, ya desde muy niña, se propuso sacar a su familia y a ella misma de ese marasmo económico y decidió conmocionar al mundo con su arte. Pero para ello antes de nada tenía que cambiar algunas cositas. Su época (había nacido en 1878) aún no había recibido esa serie de convulsivas reformas estéticas que en atronadora tempestad se desencadenarían en forma de ismos epidémicos con una velocidad hasta entonces desconocida en el mundo de las revoluciones. Las estrictas normas por las que se regía el arte, y en especial el que ella había elegido, la danza, exigía de sus cultivadores un aprendizaje muy lento y laborioso y una posibilidad de éxito bastante exigua. Pero como Isadora, joven e impulsiva, tenía mucha prisa por alcanzar el éxito (ser rica y famosa) no se arredró y con habilidad e ingenio creo una manera de bailar extremadamente sencilla que apenas exigía disciplina y que consistía en “expresar libremente todo lo que llevamos dentro”. Hay que reconocer que, a la luz del desarrollo posterior de dicho procedimiento, Isadora en esto sí que fue una precursora. La fórmula tuvo un éxito fulgurante, pues además de “expresar libremente todo lo que llevamos dentro” su revolución también iba encaminada a “expresar libremente todo lo que llevamos fuera”. La joven y guapa Isadora consiguió sacar a su familia del marasmo económico.
Resulta divertido pensar que Isadora Duncan, que después de su muerte ha encarnado el ideal femenino de la mujer moderna, durante su vida lo que encarnaba era el ideal femenino de los hombres de toda la vida. En efecto, era encantadoramente rebelde, guapa a rabiar, graciosa, elemental e intensamente femenina. Según nos cuenta en sus memorias, los objetivos más importantes de su vida eran el Arte y la Belleza, y por ellos estaba dispuesta a renunciar a algo que también parecía ser uno de sus objetivos más importantes: el Amor. Y a pesar de ello, amó, amó de todas las maneras, con locura, intensamente, superficialmente, ocasionalmente y para toda la vida. Y aquí nos encontramos ante otra contradicción duncaniana: esa mujer que en ese conflicto vital entre arte y amor escogió el arte por considerarlo muy superior al amor, sin embargo, tal como aparece en su texto, se dejaba subyugar por los varones con una ductilidad casi oriental. Por ejemplo, nos refiere embelesada la forma asombrosa en que D’Annunzio (estaba especializada en los “grandes hombres”) transformaba con su amor a una mujer hasta el punto de hacerla “partícipe de su esencia divina” (Isadora dixit), esencia que cuando desaparecía el amor del gran hombre le era súbitamente retirada convirtiéndose la ex-amada otra vez en una mujer aparatosamente real. ¿Y Eugenio Carrière? ¿Y Gordon Craig? ¿Y Rodin? Ah, ése si que era un hombre; él sabía convertir con sus caricias a cualquier mujer en una estatua de piedra “porque era como si la moldeara con sus manos”. ¡Qué gran ejemplo de emancipación femenina! La vida de Isadora, a pesar del amor, a pesar de toda una serie de espantosas desgracias (la trágica muerte de sus hijos), prosigue por la senda del arte y entramos ya en la etapa fundacional. Isadora Duncan fundó escuelas por todas partes del mundo, escuelas que duraron lo que ella, pues no parece que haya demasiado futuro para una escuela (de baile) en la que se enseña a no aprender nada. Pero Isadora también viajo mucho y consiguió subvenciones por doquier, incluso en el mismísimo corazón de las tinieblas. Y aquí nos abandona Isadora, dispuesta a entrar en la Rusia bolchevique, donde, en la confusión del momento –principios de los años veinte–, espera encontrar mejor acogida que la que la rígida, convencional, esclerotizada, rigurosa, etc., Rusia zarista le hiciera cuando pretendió demostrar a Pavlova y a otras esclavas del arte que lo mejor para bailar era mirar un cuadro de Botticelli, quitarse las zapatillas y poner unas cortinas rojas en el escenario.
Vemos a Isadora Duncan como a un ser excesivo, aparatoso y espectacular; no la adorna ninguno de aquellos valores “eternos” que habíamos visto anteriormente como manifestaciones del héroe. En su caso, como en el de todos los ídolos (actores, deportistas, figuras de la canción), funcionan sin embargo, y en un alto grado, los valores “perecederos”, pero sin duda alguna eficaces, de juventud, dinero, belleza y amor. Desconozco el proceso de formación del mito de Isadora Duncan. Sólo conozco el resultado. Me imagino que fueron sus exégetas femeninas quienes, en una búsqueda desesperada y comprensible de ejemplos y precedentes, vieron en Isadora Duncan muchísimas más cosas de las que ella podía dar. Pero así ha sido. ¿Quién fue en realidad Isadora Duncan? A mi entender, un personaje menor de una época fecunda en personalidades singulares, que trabajó con ahínco para abrirse paso en la vida, poniendo en ello –no le quito su mérito– toda la carne en el asador. Pero todo lo que ella consideraba importante, su arte, su misión, su compromiso con la belleza, no ha dejado apenas huella ni desde luego ha sido digno de figurar con mayúsculas en ninguna parte, mientras que lo que en realidad la representa, lo que la define no parece que sea precisamente lo que ella hubiera deseado que la hiciera inmortal: esa adolescente voluntariosa que consiguió convertir por unos instantes al mundo en el espejo del tocador de su cuarto es uno de los símbolos más eficaces, nada más ni nada menos, que de la emancipación y de la liberación femeninas. Algo muy grande para una mujer tan pequeña.
Creo haber demostrado, o haber mostrado simplemente, la desproporción entre el héroe y su maravillosa leyenda, y creo haber demostrado también que en el caso del auténtico héroe su verdad es mucho mayor que su mito, mientras que en el caso del ídolo ocurre todo lo contrario. Pero pienso que también ha quedado claro que da lo mismo, porque tanto el uno como el otro no funcionan como entidades reales sino como formaciones mitológicas de la imaginación de los pueblos. Resulta paradójico pensar que ellos, que más que nadie han preferido la acción a la ensoñación, están ahora inmovilizados en las fantasías evanescentes de los otros. Su vida real ya no les pertenece. Son leyenda. Han pasado a engrosar la galería de fantasmas de nuestra memoria. Por más que lo intentemos, el pedestal sobre el que, acertada o erróneamente, reposan nunca podrá ser derribado porque está forjado con el material con el se forjan los sueños.