El tontario, más
Se hace lo que se puede, así que aprovecho unos minutos arañados a mi tiempo remunerado para seguir con Flaubert y su Tontario. El tontario no es exactamente lo mismo que el Diccionario de lugares comunes o tópicos, como en puridad debiera decirsre; son dos maneras, bastantes distintas, de abordar el extenso tema de la estupidez, asunto que a Flaubert le fascinaba desde su más tierna infancia, hasta el punto de que ya a los diez años se quedaba arrobado escuchando a las amigas de su madre. ¡Qué niño tan bueno! decían ellas, ¡Qué tontas! le contaba él a un amiguito. Esta disposición a la paciente escucha le dio espléndidos resultados y así como muchos escritores llevan diarios para deshogarse (v. anterior entrada), simultánéandolo con su actividad principal, él se despachaba en las cartas, y en estos apuntes que iba tomando sobre la estupidez. Lo cierto es que, si bien se piensa, Flaubert tenía cierta fama de, idiota, en el sentido etimológico de la palabra, es decir, era muy suyo, y tal vez por eso sabía que en la estupidez hay, oculto, un tesoro de sabiduría que sólo necesita ser encontrado; además, no hay nadie tan tonto que no pueda decir una genialidad, ni nadie tan listo que no pueda decir una estupidez redomada. Asi que nadie crea que al señalar la estupidez, Flaubert, ni yo misma, ahora que también lo hago, ni muchos otros que, como Musil, o Savinio, o Cipolla (algun día daré una bibliografía para iniciarse), lo hicieron de manera notable, estamos ni mucho menos, despreciándola: es un activo nada desdeñable. Y ahora me tengo que marchar a la radio, con lo cual seguiré cuando pueda, que puede incluso ser mañana, ¿por qué no?
17 de noviembre. Sigo. Hacia 1850 se le ocurrió a Flaubert componer su diccionario de tópicos. Pretendía ser un léxico de opiniones burguesas, en el sentido peyorativo del término (hay otros más cómodos), pues sabemos la manía que siempre han tenido a los burgueses los artistas. Con todo lo que admiro a Flaubert, hace falta cara dura para, siendo rentista, viviendo a cuerpo de rey en su hermosa casa de Croiset y no permitiendo decir a tu criado más que "Señor, es domingo" (cuando era el caso), reirte desconsideradamente de las aspiraciones de los llamados pequeño burgueses por una vida modesta en una salita cursi y abigarrada (lo dijo Ortega y Gasset: "lo cursi arropa") ; pero bueno, era la época. Ahora tenemos otros cocos. ¡Pero me falta método! Sigamos. El caso es que Flaubert, al tiempo que componía Madame Bovary, iba recogiendo datos de las trivialidades más eplendorosas del pensar común (que siempre se opone al sentir) y las ponía en boca de alguno que es lo que hacen todos los novelistas para caracterizar a un personaje. Homais, el farmacéutico, era su depositario favorito y lo cierto es que sus hallazgos no tienen desperdicio. Sin embargo, el Tontario, tenía otra ambición, otro carácter. Se trataba de componer un florilegio de las frases recogidas en la literatura de todo tipo y de meteduras de pata, como esos diccionarios de disparates de los maestros y profesores, sólo que con autores de renombre. Las clasificó en categorías: científicas, eclesiásticas, históricas, etc. Este rosario de necedades documentadas es lo que sus primero denostados y luego idolatrados Bouvard y Pécuchet, iban a copiar en su flamante escritorio doble, cuando deciden volver a sus orígenes de honrados copistas, verddera celebración del "eterno retorno de lo mismo". Este Tontario ha sido traducido alguna vez al español y yo creo que es un error; es mejor hacer uno propio de nuestra tradición cultural. Muchos de los autores ahí mencionados ya no los conocen ni en Francia, a menor abundamiento aquí, en casa. Lo cierto es que tanto el Diccionario de Tópicos, como el Tontario son obras abiertas cuyas fauces se abren tentadoras, para quien quiera entrar en el territorio siempre renovado, siempre ignoto, siempre actual de la estupidez, que no es sino un lujo de la inteligencia humana. Lo siguiente, será ponerse manos a la obra.

Le recomiendo que visite la web referida.
No se si es un tontario...es mas Balzac, pero es divertido y se lee bien.
Gracias,...es cierto no tengo abuela y ando sobrado de vanidad
Publicado por: elvis calatayud | jueves 17 de noviembre de 2005 a las 14:59
Es meritorio eso de traducir, y nos beneficiamos los que no leemos las distintas lenguas originarias. Poco a poco, se van vertiendo al español clásicos llamémosles exóticos. La Historia de Genji, por ejemplo. Quedan, sin embargo, algunos. Entre la novela clásica china, sin ir más lejos (no sé si queda algo más lejos), queda pendiente el Jing Ping Mei, narración erótico-costumbrista que sí se encuentra en francés, con prólogo de Vargas Llosa. Otras obras cuesta Dios y ayuda conseguirlas, pero se puede: "Sueño en el pabellón rojo" (dos versiones al castellano), "A la orilla del agua"... ¿No se animaría Vd. a traducir del francés el Jing PIng Mei? ¿Y dónde está ese editor emprendedor? Saludos.
Publicado por: Javier | sábado 19 de noviembre de 2005 a las 9:55
A mí también me gustaría que lo tradujeran en condiciones, sobre todo porque hay quien puede hacerlo, y además del chino. Pero ha puesto usted el dedo en la llaga: ¿dónde está el editor? Tal vez su sugerencia despierte alguna conciencia dormida.Gracias por intentarlo.
Publicado por: julia escobar | miércoles 23 de noviembre de 2005 a las 8:30