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miércoles 30 de noviembre de 2005

Adios diario, hola blog

Coincido en un programa de televisión con Arcadi Espada. Se trata de una grabación, pues se emite de madrugada. Las noches blancas, se llama, y lo dirige Sanchez-Dragó, supongo que ya lo conocen. No se va a emitir ni hoy ni mañana, así que no avanzo  lo que dijimos ante las cámaras, pero nada me impide hablar de lo que comentamos en la antesala y en los entreactos, que  suele ser mucho más interesante que lo que decimos bajo los focos. Conforme se van iluminando estos últimos, nuestro ingenio disminuye. Es la famosa entropía. Para muestra un botón: en un momento dado se habló de que "el tamaño sí importa" (no desvelaré a cuento de qué) y yo me abstuve de comentar algo que después, cuando lo conté off de record fue todo un éxito. Resulta que el marido de Rosalía de Castro, Manuel Martínez de Murguía, el patriarca del galleguismo, tenía hipertrofia del pene, y cuando venía a Madrid, en los burdeles, que frecuentaba con asiduidad, las chicas se rifaban a quién le tocaría "aguantarle". Mi teoría es que el famoso dolor de Rosalía tenía tal vez una explicación bien real, y su poema más místico ("Negra sombra que me asombra") una inspiración más que metafísica. Me alegró que les gustara porque la primera vez que lo avancé, en un congreso de poesía galaico portuguesa, casi me linchan.  Pero a lo que voy, esa conversación entrecortada con Arcadi, entre toma y toma, me ha decidido tirarme de cabeza a este blog, aunque nadie me lo financie. En definitiva, tampoco me financian los diarios y bien que los escribo en cuanto puedo. Quien sabe, a lo mejor, al lanzarlos al mundo, encuentro un mecenas. De todos modos, no es lo mismo (lo sabe Arcadi, lo sé yo) y al exponer los adentros a la vista de todos, mi diario dejará de ser lo que siempre ha  sido, esto es, un diario íntimo. Sólo una vez extraje algunas de las miles de páginas que llevo escritas de esa manera tan tonta para publicarlas en Revista de Occidente (Nº 182-183, El diario íntimo. Fragmentos de diarios españoles (1995-1996) y me costó un dolor. Fue como si me arrancaran una víscera o un trozo de carne. Pero está decidido, a partir de ahora mi diario no será íntimo sino público, aparatosa y vergonzosamente público. A ver si consigo mantenerme tan valiente conmigo misma y con los demás como demuestro ser en los de tinta; a ver si soy capaz también, aquí en abierto, de escribir esas cosas. Veremos.

domingo 27 de noviembre de 2005

Justificaciones no pedidas

Está claro que esto no es lo mío. He pretendido reproducir un artículo sobre Flaubert que publiqué en la prehistoria de Libertad Digital (18.08.2000) y la he pifiado. Me he limitado a "cortar y pegar", sacándolode mis archivos y apenas se puede leer completo pues, como casi todo lo de esa época, se ha perdido en el ciberespacio. Evidentemente no se hace así. Supongo que, con un poco de paciencia y preguntando, acabaré por saber cómo colocar, ordenaditos por materias y todo eso. mis artículos pasados, presentes y futuros para ponerlos a disposición del "atento lector", que para eso sirven esas cosas, además de para extraviarse un poco en el camino. Mientras tanto me dedicaré a incluir sólo aquello que sea, por así decirlo, vinculable, como por ejemplo el último artículo de mi sección Dragones y Mazmorras en LD aquí
sobre la muerte de Leopoldo de Luis, y excusarme de paso por haber confudido al poeta Rafael Morales con el también poeta Federico Muelas. Me molesta la imprecisión más de lo que pueden sugerir mis cada vez más numerosos despistes ("Era poeta y odiaba lo impreciso", decía Rilke). Debe de ser un resto de ambición poética, pretensión literaria que, a pesar de no haber publicado ningún poemario desde hace diez años, no he dejado de cultivar en ningún momento; otra cosa es encontrar tiempo para armar un volumen.  Y a propósito de la cita de Rilke; gracias a Miguel Veyrat, a quien he conocido recientemente en Tarazona (qué cosas hacemos los traductores), he conseguido localizarla, pues era algo que me ha perseguido siempre obsesivamente (los franceses tienen la suerte de tener el verbo "hanter") sin recordar nunca de qué obra de Rilke la había sacado. Pues bien, Veyrat, que tampoco lo recordaba, así de pronto, al volver a Madrid se puso a buscarlo y lo encontró, rotundo, perfecto, ¡y qué alegría volver a ser precisa al menos una vez!  Ein war ein Dichter und hasste das Ungefähre, pertenece a los apuntes de Malte Lauris Brigge, el  diario de Rilke sobre sus días en París, libro que como recordó Miguel se puede encontrar traducido al español por Francisco Ayala, en Alianza Tres, 1981, al parecer con la siguiente variante: "Era un poeta y odiaba lo "poco más o menos". Pues vale.

miércoles 23 de noviembre de 2005

El Tontario, propiamente dicho

Bouvard_et_pcuchetLo decía el propio Flaubert: El tiempo, el tiempo es el que nos devora. Pero hagamos algo. Para abrir boca, una muestra de lo que hizo el maestro y que puso en boca-pluma de sus discípulos, Bouvard y Pécuchet. Hago la traducción sobre la marcha, acogiéndome a la relativa impunidad del género (me refiero a la bitácora) 

Extraído del Tontario

"Los monarcas tienen derecho a cambiar un poco las costumbres". Descartes, Discurso del método, part.6.

"El estudio de las matemáticas, al comprimir  la sensibilidad y la imaginación, a veces hace terrible la explosión de las pasiones".  Dupanloup, Educación intelectual.

"Las mujeres, en Egipto, se prostituían públicamente a los cocodrilos". Proudhon, Sobre la celebración del domingo, 1850.

"Las mamas de las mujeres pueden ser observadas como un objeto de distracción y utilidad" Murat y Patissier, Diccionario de Ciencias Médicas.

"Cultivar demasiado las bellas artes, dibujar formas masculinas, atléticas, estudiar músicas suaves y melodioisas, frecuentar de forma habitual o continuada los museos...  Loyer y Villermay, Diccionario de Ciencias Médicas, (Causas de la ninfomanía).

Y una muestra del Tontario flaubertiano

Agricultura: Faltan brazos

Aire: Desconfiar siempre de las corrientes de aire

Alcoholismo: Causa de todas las enfermedades modernas

Arquitectos: Todos imbéciles. Se olvidan siempre de hacer las escaleras al construir las casas.

Corán: Libro de Mahoma, donde sólo se habla de mujeres.

Laboratorio: Todos tienen uno en el campo.

Y así mucho tiempo, sólo que yo no dispongo de tanto. ¿Ven cuántas posibilidades tiene la fórmula?

¡Ah! Además de los Tópicos y el Tontario, inició un catálogo de ideas "chic" (término que equivale a  nuestro concepto de lo políticamente correcto) que que les traduzco aquí, gratis et amore.

Catálogo flaubertiano de ideas chic (hacia 1850)

Defensa de la esclavitud

Defensa de la noche de San Bartolomé

Reirse de los sabios

Reirse de los estudios clásicos

Negar la existencia de los grandes hombres

Admirar a Maistre, Veuillot, Voltaire

Negar el talento de Rafael

Negar el talento de Mirabeau y alabar el de su padre (al que nadie ha leído)

Molière es un tapicero de las letras

Charron es superior a Montaigne

Musset es superior a Victor Hugo

Homero nunca existió

Shakespeare nunca existió, fue Bacon quien escribió sus obras.

Hasta aquí Flaubert. Juzguen y comparen con nuestra época. Por poco cínico que se sea, puede resultar un juego divertido.

martes 15 de noviembre de 2005

El tontario, más

Flaubert2 Se hace lo que se puede, así que aprovecho unos minutos arañados a mi tiempo remunerado para seguir con Flaubert y su Tontario. El tontario no es exactamente lo mismo que el Diccionario de lugares comunes o tópicos, como en puridad debiera decirsre; son dos maneras, bastantes distintas, de abordar el extenso tema de la estupidez, asunto que a Flaubert le fascinaba desde su más tierna infancia, hasta el punto de que ya a los diez años se quedaba arrobado escuchando a las amigas de su madre. ¡Qué niño tan bueno! decían ellas, ¡Qué tontas! le contaba él a un amiguito. Esta disposición a la paciente escucha le dio espléndidos resultados y así como muchos escritores llevan diarios para deshogarse (v. anterior entrada), simultánéandolo con  su actividad principal, él se despachaba en las cartas, y en estos apuntes que iba tomando sobre la estupidez. Lo cierto es que, si bien se piensa, Flaubert tenía cierta fama de, idiota, en el sentido etimológico de la palabra, es decir, era muy suyo, y tal vez por eso sabía que en la estupidez hay, oculto, un tesoro de sabiduría que sólo necesita ser encontrado; además, no hay nadie tan tonto que no pueda decir una genialidad, ni nadie tan listo que no pueda decir una estupidez redomada. Asi que nadie crea que al señalar la estupidez, Flaubert, ni yo misma, ahora que también lo hago, ni muchos otros que, como Musil, o Savinio, o Cipolla  (algun día daré una bibliografía para iniciarse), lo hicieron de manera notable, estamos ni mucho menos, despreciándola: es un activo nada desdeñable. Y ahora me tengo que marchar a la radio, con lo cual seguiré cuando pueda, que puede incluso ser mañana, ¿por qué no?

17 de noviembre. Sigo. Hacia 1850 se le ocurrió a Flaubert componer su diccionario de tópicos. Pretendía ser un léxico de opiniones burguesas, en el sentido peyorativo del término (hay otros más cómodos), pues sabemos la manía que siempre han  tenido a los burgueses los artistas. Con todo lo que admiro a Flaubert, hace falta cara dura para, siendo rentista, viviendo a cuerpo de rey en su hermosa casa de Croiset y no permitiendo decir a tu criado más que "Señor, es domingo" (cuando era el caso), reirte desconsideradamente de las aspiraciones de los llamados pequeño burgueses por una vida modesta en una salita cursi y abigarrada (lo dijo Ortega y Gasset: "lo cursi arropa") ; pero bueno, era la época. Ahora tenemos otros cocos. ¡Pero me falta método! Sigamos. El caso es que Flaubert, al tiempo que componía Madame Bovary, iba recogiendo datos de las trivialidades más eplendorosas del pensar común (que siempre se opone al sentir) y las ponía en boca de alguno que es lo que hacen todos los novelistas para caracterizar a un personaje. Homais, el farmacéutico, era su depositario favorito y lo cierto es que sus hallazgos no tienen desperdicio. Sin embargo, el Tontario, tenía otra ambición, otro carácter. Se trataba de componer un florilegio de las frases recogidas en la literatura de todo tipo y de meteduras de pata, como esos diccionarios de disparates de los maestros y profesores, sólo que con autores de renombre. Las clasificó en categorías: científicas, eclesiásticas, históricas, etc. Este rosario de necedades documentadas es lo que sus primero denostados y luego idolatrados Bouvard y Pécuchet, iban a copiar en su flamante escritorio doble, cuando deciden volver a sus orígenes de honrados copistas, verddera celebración del "eterno retorno de lo mismo". Este Tontario ha sido traducido alguna vez al español y yo creo que es un error; es mejor hacer uno propio de nuestra tradición cultural. Muchos de los autores ahí mencionados ya no los conocen ni en Francia, a menor abundamiento aquí, en casa. Lo cierto es que tanto el Diccionario de Tópicos, como el Tontario son obras abiertas cuyas fauces se abren tentadoras, para quien quiera entrar en el territorio siempre renovado, siempre ignoto, siempre actual de la estupidez, que no es sino un lujo de la inteligencia humana.  Lo siguiente, será ponerse manos a la obra. 

domingo 13 de noviembre de 2005

El tontario de Flaubert

Flaubert_1 Me dicen que tengo que alimentar este blog, pues para eso lo he abierto. Bien. Pero cuesta lanzarse. Sobre todo porque no tengo un objetivo muy definido; por un lado, he empezado a utilizarlo como banco de pruebas de mi literatura, o como lugar donde colocar el sobrante de la misma y no creo que sea buena idea; también puedo concebirlo como un sucedáneo de ese diario que he llevado durante treinta años y al que recurro cada vez con menor asiduidad. Escribir un diario es una especie de perversión moral, es como escribir para un agujero en el que se van echando y perdiendo las palabras, pues nadie las comenta ni puede comentarlas (excepto que los publiques periódicamente, como hacen algunos), es una labor inútil pero de una inutilidad creativa, si se quiere, o mejor dicho, recreativa, en suma, un ejercicio literario. Hay algo de orgullo fatal o de orgullo desmedido en ese ocultamiento de las propias palabras, y la seguridad que da la impunidad del crimen. Es fácil ser valiente ante un agujero. Pienso que acabo de justificar esta bitácora: lanzar al mundo mis palabras sin otro objetivo que encontrar un eco de acuerdo a una cronología arbitraria y una narración espontánea que escapa a cualquier proyecto literario medianamente coherente. ¿Pero no son demasiadas cosas? Escribir para uno, escribir para los demás, escribir para ganarse la vida, escribir para vivir la vida, escribir para seguir escribiendo, para no olvidarse.

Podría tal vez empezar por recoger material que he ido cosechando –y utilizando–, citas, frases, proverbios. Una especie de diccionario de uso personal, o “librillo de maestrillo” que, si fuera una escritora famosa, ya habría publicado con todo el morro. Un blog no es un lugar impune, pero tampoco definitivo. Me gusta esa maleabilidad y sólo mi torpeza tecnológica me ha impedido lanzarme antes a esta enorme piscina que tiene la gran ventaja de ser la única en la que se puede nadar y guardar la ropa. O al menos, intentarlo. Así pues, empezaré con mi contribución a la obra inacabada e inacabable de Flaubert: Diccionario de lugares comunes o “Tontario”. Lo inicié en 1982 con la pretensión de formar un colectivo literario, bajo la advocación de San Policarpo, el patrono de Gustave Flaubert. En aquella época yo acababa de recibir un premio de poesía (el Francisco de Quevedo) pero todavía no había publicado ningún libro y frecuentaba mucho la tertulia del Lyon, en la calle de Alcalá, a la que iba un Ferlosio no maduro, pero ya achacoso, una Soledad Puértolas que acababa de ganar el premio Sésamo y con la que, para desesperación de Ferlosio, hacía yo “bande à part”;  un Trapiello y un Juan Manuel Bonet, jovencísimos, y donde a veces se descolgaban visitantes como Luis Alberto de Cuenca, José Miguel Ullán y Federico Jiménez Losantos, todos con veintitantos años menos. Era la época de la revista Diwan, donde muchos publicamos algún poema, y recuerdo que Federico también me pidió el primer artículo que publiqué en un periódico, concretamente en Diario16. Fue tan sólo el preludio de posteriores colaboraciones, cuando todos, o casi todos, daríamos un giro a nuestras ideologías que nos hubiera resultado inconcebible en aquellos momentos. También por aquella época, Carlos García Gual, que era un asiduo, nos propuso a Soledad y a mí que colaboráramos en la UNED haciendo crítica literaria en la radio. Aquello a mí, me duró más de tres cursos y fue también el precedente de mi posterior vocación radiofónica. Pero bueno, esto debería reservarlo para mis memorias; ahora de lo que se trata es de proseguir con aquella labor interrumpida hace años. Al resucitarla, no descarto incorporar todo tipo de aportaciones, para darle mayor encarnadura. El material no escasea. Veo que no he explicado nada de Flaubert y su debilidad por las tonterías. Merece un capítulo aparte, pero será mañana.

jueves 10 de noviembre de 2005

Para recordar a Ramón Gaya

Gaya El 15 hará un mes que murió Ramón Gaya a los 95 años. Fué pintor, escritor, poeta. Le conocí un poco, lo suficiente para que me gustara su manera de ser. Lo suficiente también para que él me considerara amiga suya. He escrito en otros lugares sobre su muerte, y también, en ocasiones anteriores, sobre alguno de sus libros o de sus exposiciones. Pero hay un texto que me gustaría colgar aquí, porque resume tanto las inquietudes suyas como, tal vez, las mías, respecto a su obra. Forma parte este texto de unos pequeños dípticos que el Museo Ramón Gaya de Murcia, estuvo publicando estos años. En ellos se nos invitaba a ciertas personas a que comentáramos alguno de los cuadros de Gaya en los que el pintor homenajea a otros pintores. A mí me tocó comentar el titulado "Agua para Velázquez":

Al mirar este cuadro, yo me pregunto por qué le habrá dejado Ramón Gaya a Velázquez esa copa tan grande con agua y ese cuenco de cerámica, vacío y como de lado. Tal vez lo hizo para simbolizar la austeridad, la acrisolada sencillez, la anti intelectualidad, el despego, que no desdén, en fin, la involuntaria grandeza que él supo percibir desde muy pronto en el pintor y que le caló tan hondo. Tal vez para refrescar(nos) su memoria; tal vez, simplemente, por respeto, como hace en muchas otras ocasiones con otros pintores y escritores y con el propio Velázquez.

Estas sencillas piezas votivas, interpuestas, más que puestas, delante de la imagen del pintor admirado, recreada y apañada, algo al desgaire, con el atavío del caballero que tanto trabajo le costó llegar a ser, me parecen contener todo lo que Gaya ha escrito y pintado sobre él, desde Velázquez, pájaro solitario, pasando por lo sonetos y las numerosas remembranzas y alusiones pictóricas, directas o indirectas. Porque, nada más conocerlo en su alojamiento del Museo del prado, Ramón Gaya no se enamoriscó (como dice que le ocurró a Ortega y Gasset) sino que se enamoró perdidamente de Velázquez.

Se quedó anonadado, despojado, anulado por sus imperfecciones de auténtico creador, por su originalidad, por su excepción en la pintura española, como, por cierto, ocurre con Cervantes en literatura, siendo ambos, paradójicamente, sus principales símbolos, a los que es casi de rigor contraponer a Goya y a Quevedo, respectivamente, quienes, para muchos de nosotros, son los que en realidad "han ganado".

Desde entonces lo incorporó, lo incrustó literalmente en su vida y Velázquez se convirtió en eso que se llama, no sin pedantería, una "constante" en su obra. En la cual, lo que a su vez a mí más me fascina no son sólo los textos literarios, ni las citas -tan numerosas como explícitas- presentes en sus cuadros, sino la abismación (que es como en puridad ha de decirse en español "mise en abîme"  con la que yo me barrunto que Gaya pretende conjurar la inmediatez del homenaje.

Otrosí:

Paseo por el amor y la muerte

El último pintor de la generación del 27