Son Anna Ajmátova y Marina Tsvetáeiva y a ellas dedico mis dragones y
mazmorras de esta semana (findesemana.libertaddigital). Mi admiración por la primera la he manifestado ya en ese mismo periódico; como fue al principio de los tiempos, no se conserva en los archivos de LD pero lo he “picado” en silva de varia lección
Creo recordar que a quien "regaló" Pushkin un argumento fue a Gogol: el de "Almas muertas". Qué pena la destrucción de la segunda parte de esta obra: una de las mayores pérdidas, a mi modesto juicio, de la literatura universal.
Publicado por: javier | 15/01/2006 en 10:45
Es cierto, Javier, tienes toda la razón y te agradezco la enmienda a mi flagrante anacronismo: Pushkin murió casi treinta años antes de que naciera Chéjov, así que difícilmente le podía haber regalado ningún argumento. Fué, efectivamente a Gógol, y -corríjeme si me equivoco- creo que se trataba de Taras Bulba.
Publicado por: julia | 15/01/2006 en 21:24
Parece, según mis precarios datos, que Pushkin le proporcionó a Gogol, en distintas ocasiones, temas para sus obras. "El inspector", "Almas muertas", etcétera. La erudición no es mi fuerte, así que este comentario va un poco a bulto.Pero qué gran escritor el bueno de Gogol...
Publicado por: javier | 16/01/2006 en 10:08
Esclarecedora reseña. Pero concretamente en el caso del Paraíso Perdido, cuánto me habría gustado una mustra de traducción. Siquiera media docena de versos.
Atentamente,
Gramático
Publicado por: Gramático | 20/01/2006 en 23:43
Pues vaya esta muestra, Gramático, pero como se trata de un poema épico y el género se resiste al fragmento, permíteme que explique el contexto: Es el Libro IV de los XII que configuran la obra; Satán, ya caído, enrabietado, decide vengarse y se dirige al Edén, donde retozan, en plena edad de la inocencia, Adán y Eva. Sus intenciones no pueden ser peores y es sorprendido por los guardas nocturnos de Gabriel soplándole al oído maldades a Eva. Le pillan, lo llevan ante Gabriel, el "angélico guerrero" quien le interroga y entre los dos ángeles se entabla una descomunal batalla dialéctica que concluye de esta manera:
"Satán, tu fuerza yo conozco y tú la mía,/ninguna propia, dadas ambas: qué absurdo pues/jactarse, si tus armas sólo pueden lo que el Cielo/les permita, y así las mías, aunque ahora bien capaces/de pisarte como cieno; y por prueba mira arriba,/lee tu destino en ese signo celestial/en que eres calibrado: qué trivial, qué ligero,/si resistes". El Demonio alzó la vista y supo/su platillo levantado: sólo eso, mas huyó/murmurando y, con él, las sombras de la noche." Op. cit., Libro IV, pag. 259
¿Te vale?
Publicado por: julia | 21/01/2006 en 00:34