Se ha puesto en práctica la ley antitabaco. No podía haberse hecho peor, al menos en la hostelería. Como han dejado que los dueños decidan, los locales que han accedido a terminar con el tabaco son minoría. Peor aún, los fumadores se han vuelto reivindicativos. Total, que algunas cafeterías y restaurantes donde prácticamente nadie fumaba ya parecen ahora verdaderas cámaras de gas. Antes, al menos, podías decir algo y a veces hasta te hacían caso y apagaban el cigarrillo, pero ahora se sienten amparados por el dueño del local y lo hacen en plan militante: ¡Chúpate esa!, parece que te están diciendo mientras aspiran a más y mejor el humo que indefectiblemente les va a llevar a la tumba antes de tiempo, o si no es así, les va a amargar la existencia a partir de los 50 años, si es que llegan. Tengo varios amigos en tratamiento por cáncer de garganta o pulmón y otros que están ya en el cementerio; ninguno pudo cumplir los 60. Todos ellos les dijeron a sus hijos y allegados antes de morir: “No fuméis, os lo digo yo”. Demasiado tarde para ellos y para quienes los perdimos. Los fumadores nos acusan a los no fumadores de odiarles; es todo lo contrario, ellos son los que no pueden soportarnos, en particular si somos ex fumadores. Exclaman con mucho desprecio: ¡Los conversos son los peores! ¡Pues vaya descubrimiento! Es completamente natural que así sea. Los que nunca han fumado, como no entienden de qué va la cosa, se sienten menos autorizados para censurarles pero cuando tú has rectificado una conducta que te estaba destrozando, cuando has conseguido vencer la adicción, cualquiera que esta sea, es inevitable que te sientas satisfecho de haberlo conseguido y que mires a quien no puede hacerlo, cuando menos, con lástima y conmiseración y, cuando más (es decir, si se enorgullecen de ello), con irritación por su empecatada estupidez. También es natural que ellos no puedan aguantarnos: somos el vivo ejemplo de que es mentira que no puedan dejarlo. Y esto vale para la obesidad, el alcoholismo e incluso, si me apuran, para la política y la religión, aunque un poquito menos.
otrosí, http://www.nofumadores.org/
Tienes razón, pero la fe de converso es siempre fundamentalista, y esa actitud le quita toda razón convincente. Yo soy otro converso como tú, estoy a tu lado, pero creo que es preciso convencerles poco a poco, y eso se hará a medida de que por una parte los reglamentos que han de regular la nueva ley se vayan adaptando a la realidad con nuevas normativas, que aún no lo han hecho, y por otra esperar hasta que se pase la actitud de "donmeopongo" de todo español de buen ver. ¡Pues claro que toda imposición suscita, sobre todo en España, la reacción adversa! Pero con paciencia, y si el gobierno no se olvida de todo el despliegue que ha hecho antes de la entrada el vigor de la Ley y sigue en un esfuerzo informativo explicando los daños del uso y abuso del tabaco, la guerra se ganará y las batallitas actuales quedarán para el olvido. ¿No crees?
Publicado por: Miguel Veyrat | 10/01/2006 en 08:51
La fe del converso es fundamentalista, dices. Y es cierto...si se trata de religión o política. Pero porque son "verdades" subjetivas. Si yo he pasado de ser de izquierdas a ser de derechas, pongo por caso, puedo haberme equivocado y, desde luego, no tengo ningún derecho a exigir a los demás que hagan lo mismo; podré intentar convencerles, pero ni un paso más; esa "conversión" no va a arruinar mi salud ni creo que ninguno de mis allegados vaya a tener una bronquitis por ello. Pero si, por ejemplo, alguien me fusilara al amanecer por mis ideas -o yo quisiera fusilarle por lo contrario- pues eso, además de un crimen, sería fundamentalismo, pero pedir a un amigo o a un familiar que no se mate (ni te mate) fumando o bebiendo, incluso impedir que lo hagan, parece sensato, yo diría que es nuestro deber impedirlo. Aún así soy muy pesimista sobre los efectos disuasorios de la información; darla hay que darla, pero es completamente inútil; lo único que hace que la gente deje de fumar es que su propia salud esté en peligro o que asuman realmente que puede estarlo, o -y esto es lo que más irrita, cosa que puedo comprender... en los adolescentes- que se lo pongan difícil. Como decía un amigo mío (que por cierto, murió de un infarto por tabaquismo a edad bastante temprana), la vida es dura, pero desagradable.
Publicado por: julia | 10/01/2006 en 10:39
Para el tema del fumar, como para tantas cosas no muy aconsejables, hay algo que se llama "fuerza de voluntad". La sociedad no está por cultivarla, prefiriendo estimular el hedonismo que sabemos, a través de todos los medios a su alcance. El problema no son tanto los adultos, sino los jóvenes. Causa verdadera pena que quienes podrían ejercer un liderazgo positivo entre los jóvenes hayan optado por el "majetismo" y el "buen rollo". También causa angustia la inconsciente petición de ayuda que hacen estos mismos jóvenes, sin que nadie se la preste. Y dejémonos de leyes y reglamentos, que es el mejor camino para no solucionar nada en absoluto.
Publicado por: javier | 10/01/2006 en 10:58
Todos deberíamos de tener la libertad de escoger cómo matarnos. Por tanto, no entiendo por qué el Estado tiene que restringir la libertad de quienes deciden fumar.
Los bares no son espacios públicos, si por tal definición hemos de entender cómo lugares en los que las normas hayan de venir de 'lo público' (el Estado). Que cada hostelero haga lo que le venga en gana. Si a uno le agobiaba el humo en un bar, siempre podía coger la puerta a irse, en la misma medida que si la música estaba demasiado alta uno cambiaba de local.
Las intervenciones del Estado conllevan que la capacidad de darse normas de los grupos se vaya perdiendo. Ahora ya no se escucharán preguntas del tipo "¿os importa que fume?", porque ahora las pautas vienen de más arriba. El Estado intervencionista diluye la sociedad, en lugar de fortelecerla.
Saludos.
Publicado por: aleatorio | 10/01/2006 en 21:05