“Creo compartir con los aquí presentes, sentimientos idénticos de consternación y desconcierto al ver la cobarde reacción de algunos políticos de nuestro entorno ante hechos como los acaecidos a raíz de la llamada crisis de las caricaturas. Para no mencionar a los intelectuales. Han sido muy pocos los que han puesto su pluma, su arte y su palmito en defensa de los valores, para nosotros sagrados, de la libertad de expresión y de la libertad a secas. Sin embargo, hay, o al menos había hasta hace poco, sobradas plataformas en España a las que subirse para protestar por los atropellos los delitos contra la humanidad y contra la libertad. Plataformas que ahora, cuando son más necesarias que nunca, están ominosamente desiertas. También hay muchas asociaciones supuestamente comprometidas hasta el tuétano, muchos soportes públicos y privados, pagados por los ciudadanos, por los contribuyentes o por sus asociados, que no dudan en insultar y atacar a las primeras de cambio a democracias como Estados Unidos e Israel, a religiones como la judía y la cristiana, países y religiones que nunca van a perseguirles por ello. Pues bien, ahora, ante la oleada de odio y de violencia con que los islamistas han respondido al ejercicio de la libertad de expresión de unos cuantos periodistas daneses, ahora, dichas asociaciones callan, cuando no culpan a estos últimos por haber transgredido tabúes ideológicos.
Y para ello, están dispuestos a vaciar de contenido la palabra Libertad, que tanto parecía importarles. Alguien dijo una vez que la libertad es un lujo que no todos se pueden permitir. ¿Todos? ¿No serán más bien los beneficiarios de la ideología islamista quiénes no se la puedan permitir? Porque yo creo que nosotros sí, y para eso estamos aquí. Nosotros, conviene aclararlo, no sólo somos los occidentales, como tanto nos gustar repetir, apelando a los siglos de civilización que nos avalan. Ese nosotros incluye a los asiáticos, a los hindúes, a millones de africanos, al resto de la humanidad. El problema, lo tiene el Islam, como saben sus más esclarecidos representantes, como lo expresa Salman Rushdie en el manifiesto que él mismo está promoviendo: “Después de vencer al fascismo, al nazismo y al estalinismo, debemos afrontar la amenaza global de un nuevo totalitarismo: el islamismo.” Y añade: “El islamismo es una ideología reaccionaria que mata la libertad, la igualdad, en un mundo en el que los hombres dominan a las mujeres como preámbulo a la dominación y la discriminación universal.” Y, en efecto, a la luz de lo que está pasando, es desesperante e inadmisible que el ejercicio de esa libertad se penalice con oleadas de ira, de resentimiento y de muerte, y de amenazas de muerte como las que se han volcado sobre Dinamarca, o como las que costaron la vida al cineasta holandés Théo Van Gogh hace dos años. Parece imposible no molestar su susceptibilidad, sin merma del contenido mismo de lo que entendemos por derechos humanos.
Ahora que la ONU parece dispuesta a instituir la censura preventiva, conviene recordar el artículo 19 de la Carta Internacional de los Derechos Humanos, adoptada y proclamada por las Naciones Unidas en 1948:
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones. Y el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas sin limitación de fronteras por cualquier medio de expresión.”
O el artículo 18, párrafo 1 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, sociales y culturales que también aprobó la ONU en 1966: “NADIE PODRÁ SER MOLESTADO A CAUSA DE SUS OPINIONES.”
Y el párrafo 2 de ese mismo artículo:
Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión; este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección.
Podría seguir así mucho tiempo. Para terminar, quiero leerles una primicia. Se trata de la declaración de principios de la manifestación convocada para el próximo 25 dse marzo en la plaza de Trafalgar de Londres. Creo que la podemos suscribir de cabo a rabo:
“La fortaleza y la supervivencia de la sociedad libre y el avance del saber humano, dependen del libre intercambio de ideas. Todas las ideas pueden ofender y algunas de las ideas más poderosas de la historia humana, como las de Galileo y Darwin, ofendieron profundamente en su día en el aspecto religioso. El libre intercambio de ideas depende de la libertad de expresión que incluye el derecho a la crítica y a la burla. Afirmamos y sostenemos el derecho a la libertad de expresión y exigimos que también lo hagan nuestros representantes elegidos. Nos causa horror que en todo el mundo haya personas que vivan amenazadas de muerte por el solo hecho de manifestar sus ideas, y exigimos a nuestros representantes electos que la protejan de cualquier agresión y que no den cobertura a las fuerzas de la intolerancia que las oprimen.
Pues eso.”
Este es el texto que me pidieron los organizadores de la manifestación que tuvo lugar esta mañana en Madrid, en defensa de Dinamarca y de la libertad de expresión. Si finalmente no lo leí, fue porque ni ellos (los organizadores) ni yo misma lo consideramos necesario, dada la escasez de asistentes. En efecto, fueron muy pocos los valientes que se atrevieron a acercarse hasta el enigmático monumento a la Constitución bajo la manta de agua que caía en la ciudad. No es momento de lamentaciones, ni de reproches, sino de felicitar y apoyar a los jovencísimos organizadores del acto y alentarles a que sigan por el arduo camino de la verdad. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.” ¡Ay si todos tuvieran presentes estas palabras que Cervantes puso en boca de Don Quijote! Antes de leerlas yo ahí, la había oído en mi infancia en la letra de la Polonesa, himno anarquista con el que me acunaban en mi infancia: “El bien más preciado/es la libertad/ hay que defenderla de la traición/alza la bandera/revolucionaria/por el triunfo de la Confederación!... y ya que estoy lanzada, y a la luz de lo que realmente está ocurriendo, déjenme que tergiverse otra cita histórica: No hay libertad para los defensores de la libertad. O al menos lo parece.
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