Mi mala salud me ha impedido asistir a la concentración del sábado en Madrid; miento, el excesivo calor –que agrava mi mala salud- es el verdadero culpable. Me hace mucho más daño el llamado “buen tiempo” que la lluvia torrencial y heladora que me cayó encima en la manifestación del pasado febrero. Pero pasemos sobre mis miserias personales, y al grano, que es de oro. Me he tenido que remitir, una vez más, al relato de una dilecta y sabia amiga en la que confío tanto como en mis propios sentidos. Lo que ella vio fue una gente entregada a una buena causa, lo que oyó fueron testimonios terribles, protestas y expresiones de ira más que justificadas, peticiones legítimas y lo que sintió fue impotencia, desaliento y una tristeza de muerte. Y no sólo porque hayan sido un millón y la delegada del gobierno diga que fueron 200.000. Aunque también porque ¿de qué sirven esas concentraciones, que por otra parte son inevitables a fuer de necesarias, si se desvirtúan los datos? Además, ¿son acaso escuchadas por aquellos a quienes van dirigidas? Pues no como debiera; les divierte mucho ver a la derecha en la calle, emplazamiento del que, hasta hace poco, se creían propietarios y del que, por otra parte, hacen uso con bastante mejor fortuna.
Sin embargo, no es para reunirse con los amigos ni para dar saltitos disfrazados de guerrilleros por lo que esa gente acude al llamado de la sensatez y la cordura. La mayoría son personas sencillas, gente del montón, sin cargo ni coche oficial –insiste mi amiga– sin otra manera de expresarse que ésta; gente que depende de quienes les representan en la difícil oposición a un gobierno con vocación totalitaria que reprime a quienes le demuestran su disgusto (HazteOir.org - Carta del ciudadano que colocó las rosas blancas y ... ). Piensen tan sólo por unos instantes lo que hubiera ocurrido si durante el gobierno Aznar alguien hubiera tocado un pelo a los que hacían cosas parecidas y las hubo de a quilo. Eso sí, nadie mueve un dedo para evitar agresiones y acosos como el que sufrió Arcadi Espada recientemente. A este respecto, le oí comentar a uno de ellos que quienes eso hacían estaban utilizando su legítimo derecho a discrepar de lo que decía Espada, sin darse cuenta de que ni le dejaron abrir la boca. Se conoce que las “actitudes vociferantes” sólo son censurables y delictivas cuando se producen contra los que ellos consideran los suyos.
Son tantas las injusticias, los sinsentidos a los que asistimos todos los días que se podría escribir un anecdotario peligrosamente similar a las cosas que cuentan los cubanos de la vida cotidiana de su isla o los testimonios de los ciudadanos de la época soviética, o de la franquista. Y muchos de quienes te los cuentan, diciendo que lo negarán si les nombras, todavía son de izquierdas sólo “por razones sentimentales”, patología digna de ser estudiada por los especialistas en psiquiatría.
¿Qué les pasa? (a nuestros gobernantes), me preguntaba mi amiga de forma bastante retórica. Les pasa que no les pasa nada, que todo les vale, que pueden hacer lo que les dé la gana. Que tienen bula sencillamente porque son de izquierdas. No importa que no defiendan una sola causa razonable, no importa que mientan ni que vivan de forma totalmente contraria a lo que predican –o creen los incautos que predican-, ni que pisoteen leyes y se rían del mundo entero (lean el libro de Martin Amis, “Koba el temible. La risa y los veinte millones” para entender de lo que hablo). Son como esos elefantes de la canción infantil que se columpiaban sobre la tela de una araña sin que nunca, por muchos elefantes que se subieran en ella, se les rompiera. ¿Y hay que callar por más que con el dedo?
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