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jueves 2 de noviembre de 2006

Mis difuntos

Lamparillas No voy a entrar en el significado de estos dos días (Todos los Santos y Difuntos)  ni en la polémica de si el HALLOWEEN que pretenden vendernos como una tradición milenaria (que sin duda lo es en otros lugares) es o no, una fiesta satánica. Tal vez sí, pero lo han convertido en un satanismo laico, de plexiglás.  Cuando yo era pequeña teníamos mucho respeto a la noche de difuntos. Mi abuela nos contaba unas cosas terribles que conectan bastante con lo que dicen los de shalomsefarad. Según mi abuela –mujer pagana(lo he contado en mi libro La asamblea de los muertos ) en esa noche se daba suelta a los muertos para que pudieran vengarse de los vivos y ¡ay de quien se atreviera a dejar la puerta abierta o no pusiera unas lamparillas de aceite para calmar el ansia de sus “queridos difuntos”! Estas advertencias preludiaban una velada de cuentos a cuál más terrorífico, donde unas madres insaciables volvían de sus tumbas la noche de difuntos a devorar el hígado de sus hijitos. Y otros aún más sofisticados. Una infancia como esa te hace muy receptiva. Por eso quiero hoy rendir un homenaje a mis difuntos y encender algunas lamparillas que les consuelen y a mí con ellos.

Una lamparilla para cada uno de mis familiares muertos, mis abuelas a la cabeza y mi sobrina Eva Romero de Solís, tan joven, en el corazón del recuerdo adonde acaba de reunirse mi cuñado Juan Carlos Fernández Caparrós, editor culto y paciente que trabajó en Espasa Calpe y últimamente en Anaya, y a quien todos lloramos.

Una lamparilla para cada uno de los amigos que murieron antes de tiempo: Gustavo Fabra, crítico literario y galleguista “avant la lettre”, víctima de un infarto antes de cumplir 30 años. José Antonio Llardent, editor, Jesús de la Sota, pintor que murió en Alemania en un  quirófano, Eugenio Domingo, gastrónomo, muerto en acto de servicio; era de contextura frágil y comía demasiado. Diego Lara, diseñador gráfico y pintor, su mujer María Noya, a quien traté mucho menos pero era adorable, Isabel Cardona, traductora; murió en su casa de Barbate, completamente sola, de un ataque al corazón. Adolfo Vázquez, psiquiatra; Santiago González Noriega, filósofo, José Antonio “Chicho” Sánchez Ferlosio, cantautor, Teresa Gracia, poeta, dramaturga y filósofa, Christine Zérilli, que tuvo la paciencia de ser mi secretaria en la APETI, Roger Utt, hispanista, especialista en Clarín y compañero de la Asociación de Amigos de Galdós (la AAG); se refugió  en España para poder fumar en donde quisiera y murió de un cáncer de pulmón en California. Philippe Ménélas, director de Liceo y padre de mi hija mayor; Mercedes Carranza, poeta colombiana y condiscípula durante los años que su padre estuvo de embajador en España; decidió suicidarse, como también mi amiga Ana Díaz-Caneja, dueña de la librería Cal y Canto en la que trabajé muchos años; compartimos muchas cosas; Violeta Pérez Gil, filóloga, cuya hija apenas tenía 10 años cuando ella murió; Eduardo Naval, traductor y lusista, enfermo crónico del pulmón, murió también solo en su casa. A este cortejo acaban de unirse, hace apenas un mes, Gonzalo Armero, diseñador gráfico y poeta de todas las maneras y Joséphine Bregazzi, profesora de inglés de la Complutense y excelente traductora al inglés, con la que alternaba la tarea de llevar a nuestros respectivos hijos al colegio mientras fuimos vecinas y ellos pequeños.

Una lamparilla para cada uno de los amigos que murieron, más o menos tarde, pero a su hora: Ricardo Muñoz Suay, cineasta, Rosa Chacel, escritora; a los dos los conocí ancianos. Edmond Jabès, poeta, Henri Michaux, poeta; sólo les vi una vez, pero les conozco más que a muchos amigos íntimos, gracias a sus textos que nunca me cansaré de traducir. José Ángel Valente, poeta y traductor; nos distanció una traducción de Jabès; Carmen Bravo Villasante, biógrafa y miembro también de la AAG, Rafael Carrera, médico y violinista aficionado, Gloria Fernández Montenegro "Magoya", periodista, Ramón Gaya, pintor.

Una lamparilla para cada uno de los amigos difuntos que ahora, por lo que sea, he olvidado, para que no se queden fuera de este homenaje. 

Todos ellos iluminaron mi vida en algún momento, ahora estas humildes lamparillas flotando en mi página iluminarán su noche. Que descansen en paz, ellos y nosotros.

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Comentarios

Cuantas mitades de recuerdos se han ido, se nos van marchando y con ellas nosotros un poco más pequeños, sólo un poco.Y sin embargo quedan amigos... No...? Y el alimento de otros nuevos, porque nos queda mucho tiempo para hacerlos.Mucho.

No lo creas. Estamos en el tiempo de descuento.

Tan apurada ves la cosa Enrique...?, bueno según a la dirección que mires, en los lados sólo hay cansancio, hacia atrás melancolía, pero hacia adelante... No queda nada...?

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