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miércoles 28 de noviembre de 2007

Con su pan se lo coman

No pude ir a la manifestación del sábado por culpa de la gripe. Maldita sea. Yo, que soy una asidua de la rebelión cívica, tuve que limitarme a ver por televisión cómo avanzaban, en lucha denodada contra el viento, los apretados grupos de manifestantes hacia un objetivo común, la plaza de Colón y la reivindicación de esa amarga asignatura: la liberación del País Vasco de sus extorsionadores, chantajistas y matones. Aunque como vuelvan a ganar los zetapetistas pronto tendremos que reclamar esa libertad para Cataluña, Andalucía, Castilla La Mancha, Galicia y me quedo corta. La tarde era hermosa, pero fría.  En Madrid el norte es malo para el peinado pero bueno para las banderas. ¡Cómo lucían éstas! ¡Qué prodigios malabares hacía el viento con ellas! ¡Qué gracioso revoleo de faldones! ¡Tal parecían veleros rojigualdos surcando ese mar que Madrid esconde al final de cada Avenida! ¡Cómo debían estar sufriendo los que respetan tanto a los símbolos que prefieren mantenerlos ocultos!

Algunos han llegado a acusar a esa rebelión cívica de apropiárselos, como si alguien les impidiera a ellos usarlos cuando les venga en gana. Pero si no lo hacen, por algo será. La ventaja de ver este tipo de eventos por televisión, al abrigo del hogar, es que puedes quedarte hasta el final, hasta los últimos compases del himno nacional, y además, oyes a la perfección las palabras de los oradores, percibes hasta el último gesto de sus caras, el movimiento de sus cejas, sus sonrisas. Lo de las víctimas es el cuento de nunca acabar. Hay un libro de cuentos de Fernando Aramburu, quien por cierto vive en Alemania, titulado Los peces de la amargura, que plasma perfectamente el calvario por el que pasan las víctimas en el País Vasco, como si el baldón lo fueran ellas y no los asesinos y los hampones y los silenciosos cómplices de los hampones, disfrazados de vecindario alegre y confiado. Ya era hora de que esto se reflejara –y de esa manera tan eficaz- en la literatura española donde, en general, los peces se prefieren de colores.

No obstante confío en que dentro de unos meses –ya muy pocos- sólo tengamos que volver a manifestarnos de alegría. Aunque siempre nos quedarán Cuba y  Venezuela, países en los que supongo, habrán de asilarse pronto Zapatero y Pepiño Blanco. Y no lo digo porque piense que su Partido vaya a represaliarlos –no- ni el país que tan funestamente gobernaron a pedirles cuenta de nada–semos demócratas, qué caray- sino porque serán los únicos países del mundo no civilizado donde sabrán recompensarles los servicios prestados. Bueno, también les queda Marruecos, pero eso le va más a Moratinos, que les adora y les quiere regalar/devolver (para él no cabe duda) Ceuta y Melilla, o a Felipe González que tiene el "alma de nardo del árabe español" y ha trabado amistad con  Tahar Ben Jelloun, residente en Francia. A ambos les gusta más "la tierra milenaria donde crecen las sabinas" para veranear que para vivir. ¡No somos tontos, que sabemos lo que queremos! Sin embargo a los de Galicia y a los de León (que lindan con Galicia) les ha tirado siempre más América, mira tú por donde. Por eso allí nos llaman a todos los españoles "gallegos".

Pues con su pan se lo coman. ¿O ya se lo estaban comiendo? porque mira que se han puesto nerviosos con el "Por qué no te callas" del Rey. Oficialmente le apoyan pero un pajarito generalmente bien informado me ha dicho que en el fondo le consideran un metepatas y que el desquite real les obliga a reiniciar peligrosas partidas de póquer que ya creían ganadas.  ¡Los pobres! y todo lo hacen por el gobierno de España, no se equivoquen, que es marca registrada. A falta de banderas.

domingo 18 de noviembre de 2007

Ritos anuales

No me tengo por una persona tranquila (en el sentido de “sin inquietudes”), al contrario. Me jacto de interesarme por todo, de estar abierta a las novedades, de no rechazar nada de plano (a no ser que lo conozca muy bien y me disguste), de escuchar y, sobre todo, de actuar. Aquí está mi perdición, hago tantas cosas, me lío tanto, acepto tantas tareas y se me ocurren tantos proyectos que no me queda tiempo para recrearme en mí misma, cosa que también me gusta, como resulta evidente.

Este preámbulo tiene por objeto explicar cómo, no siendo rutinaria, soy sin embargo ritualista. No me refiero a los ritos anuales, más o menos colectivos, que nos dicta (o sugiere) el calendario sino aquellos, totalmente privados, que nos imponemos nosotros mismos, como es mi caso. Seguro que hay otras motivaciones ocultas, burdo sería el negarlo, pero ¡ay! me temo que sean insondables. Mi asiduidad, me consta, admira (y exaspera) a algunos de mis amigos y desespera a mis enemigos. Pero yo no defraudo ni a unos ni a otros.

Por ejemplo, Las Jornadas de Traducción Literaria de Tarazona. Llevan quince años celebrándose y he asistido a todas, aunque no siempre me han invitado sino que, las más de las veces, he tenido que pagar como cada quisqui y residir, si se tercia, en la austera hospedería del Seminario Diocesano. ¿Por qué? Pues porque, absurdamente, me siento vinculada al proyecto de la Casa del Traductor, en cuyo patronato estuve en sus orígenes, por razones que preferiría olvidar pues están ligadas a una de las etapas más antipáticas de mi carrera profesional (fui Presidenta de APETI hasta que los intérpretes jurados dieron un sucio golpe de estado, pero este capítulo lo dejo para mis memorias, eso sí, sin mencionar nombres no vaya a ser que les guste), y aunque ya nada tenga (afortunadamente) que ver con la gestión institucional de la Casa, en ningún sentido, siento que es mi deber asistir puntualmente, de no impedírmelo mi estado de salud y, cosa rara, jamás he estado enferma esos momentos –puro otoño– tan peligrosos como bellos. 

Hay en esas Jornadas (he hablado mil veces de ellas), algunos fieles, en general profesores universitarios o traductores literarios profesionales, tan avezados y resabiados como yo, que acuden a la cita con bastante asiduidad. Los encuentro ahí, año tras año, pero alguna vez han faltado. Yo no. Han cambiado los directores de la Casa del Traductor, desde el fundador, Francisco Uriz, pasando por Maite Solana y ahora Mercedes Corral; ahí estoy yo para felicitar al nuevo y recordar a los anteriores. Han cambiado también los alumnos de las distintas facultades de traducción que proliferan por el suelo patrio y que acuden a Tarazona, llenos de curiosidad y, a veces, de sano escepticismo. Estos muchachos, “absolutamente modernos” se muestran generalmente ajenos, cuando no contrarios (benditos sean) a la politización que marcó a los que han dirigido y todavía dirigen las asociaciones profesionales de traductores y de escritores en nuestro país y regiones adláteres. Ahí estoy yo para comprobar y regocijarme de que no entiendan las alusiones políticas al uso, bueno, mejor sería decir “al desuso”, con que salpican sus discursos muchos de los protagonistas.

Cosas de viejos, les digo, que no saben adaptarse a la democracia. Porque aunque hay de todo, desde luego, prevalece la vieja guardia. Huelga decir que de signo izquierdista, pero lo explicito por si acaso alguien se equivoca. Esto tiene una explicación que se hunde en el pasado. Dichas asociaciones fueron creadas, por lo general, en época franquista y estaban concebidas no sólo como un instrumento de reivindicación laboral, al amparo de la ley, sino también como un cómodo refugio de disidentes que veían así la posibilidad de reunirse y de viajar. Esto ha durado mucho tiempo y todavía hay algunos supervivientes de esa época que siguen liderando las asociaciones y propiciando la sucesión con nuevas oleadas de nostálgicos que, por edad, lo son de lo desconocido. Eso es lo malo, que no han sabido adaptarse a los tiempos y todavía creen que luchan contra el maligno cuando en realidad luchan contra sus propios fantasmas.

Por último está el aliciente estético: la hermosura apabullante del trayecto, que yo hago por la carretera de Burgos, vía Riaza, Ayllón, San Esteban de Gormaz, El Burgo de Osma, Soria, Ágreda, hasta llegar a Tarazona. Esta ruta, a diferencia de la oficial (la autopista de Barcelona), además de menos frecuentada, todavía está llena de tramos ribereños que despliegan en su arbolado, y con todo lujo de detalles, la riqueza cromática de la estación otoñal. Sólo por eso vale la pena desplazarse hasta Tarazona. No creo que hubiera sido tan fiel de realizarse esos comicios en invierno, ni tan siquiera en primavera o verano, a pesar de haber quedado contagiada, desde muy joven, por el virus de la traducción, contra el que no hay vacuna, ni cura, ni falta que hace.

martes 6 de noviembre de 2007

¡Que te sursan!

Me molesta admitir que un personaje como Juan Luis Cebrián pueda tener razón en algo pero tengo que reconocer que, el otro día, cuando "reprendió" al Presidente del Gobierno por el abuso y mal uso de la “z” en su campaña electoral, el periodista-académico acertó. En vano me digo que tal vez en su crítica prevaleciera más el deseo de atacar, a cara de perro, a Zapatero y a los supuestos “brujos visitadores de la Moncloa” (Cebrián dixit) que el de defender realmente la integridad de la lengua; que sólo se trataba de un episodio más de la llamada “guerra del fútbol”, que todas sus razones eran espurias, meros pretextos para hacer pupa a sus competidores, no importa: me sigue pareciendo que tiene razón.

Cebrián elige escenarios muy destacados para lanzar su armamento nuclear. Primero fue el hotel Ritz y los desayunos de EFE, pero esta vez se ha superado a sí mismo, incluso yo diría que se ha pasado de rosca, pues lo ha hecho en la sede de la Real Academia de la Lengua, en un acto solemne donde se iba a presentar en sociedad la incorporación de la ñ y de todo tipo de tildes y signos diacríticos del español en Internet, y que presidía, precisamente el que iba a ser blanco de su (¿fingida, verdadera?) indignación filológica. ¿Se imaginan algo parecido en cualquier otro país?, claro que tampoco a nadie de ningún otro país se le ocurriría una “apuesta” tan tonta.

Yo no creo que el ceceo indiscriminado que preconizan los indocumentados asesores de Zapatero vaya a influir decisivamente en los resultados electorales, pero sólo porque es una idea del PSOE. En el hipotético caso de que, en el pasado, tamaña estupidez se le hubiera ocurrido al PP (el apellido Aznar lleva la letra desde ahora maldita), no sólo los filólogos y los académicos se les hubieran echado encima, sino que los políticos de izquierdas, que defienden y practican el seseo, que no son pocos en España, les habrían tachado de orgullosos, de centralistas y de usurpadores del idioma común y los artistas contra la guerra y el chapapote, habrían sacado pancartas alusivas del tipo: ¡No a la Z, de Zentralismo! o “Yo también seseo” y esta opción, este hecho fonético diferencial, se habría convertido en un emblema y habría recuperado el estatus de privilegio que tenía en la época colonial y le dirían a quien sostuviera lo contrario: ¡Que te sursan!

Otrosí, mi artículo al respecto en la Gaceta de los Negocios

jueves 1 de noviembre de 2007

Nuestros fieles difuntos

Hoy, Día de Todos los Santos y víspera de Difuntos,  recuperada la salud y el seso y cosas igualmente importantes como el sosiego, pongo por caso, he decidido regresar a ese desafío que, hará pronto dos años, lancé al ciberespacio cuando creé este blog, ¡ay! tan desatendido últimamente. No es la única vez que me ausento, pero esta vez he superado mi propio récord ¡tres meses! Y sin embargo, no he dejado de recibir un número de visitas lo suficientemente grande como para incrementar proporcionalmente  mi culpabilidad. Lo cierto es que no se puede tirar la piedra y esconder la mano,  nadar y guardar la ropa,  estar en misa y repicando. Quien la hace la paga, etc. etc... 

No es casualidad que haya elegido este día para iniciar mi rehabilitación. Estas fechas, y lo que conmemoran, me han estremecido siempre de manera especial, al ir vinculadas al recuerdo de mi abuela, la cual, como pagana que era,  no nos ahorraba ninguno de los aspectos más escalofriantes de los cuentos y consejas que las rodean. En consecuencia, no puedo evitar hacer recapitulación de mis sentimientos hacia  nuestros "fieles difuntos"  (de pequeña, lo de fieles lo entendía como adjetivo y no como el sustantivo que es y me parecía injusto que todos los difuntos merecieran ser llamados así, sin distinción de virtudes ni felonías), a quienes debemos un piadoso recuerdo y una oración e incluso, si se puede, una visita al cementerio ¿por qué no?

Como cada año, esta noche también encenderé las lamparillas de las que hice acopio hace tiempo en la tienda de "El Mielero", en Riaza, hermoso lugar donde me refugio los días de asueto y, si no fueran suficientes, consumiré las velas que sean precisas para honrarlos. La lista es, lógicamente, más larga que la del año pasado y esta vez la tengo que encabezar con pérdidas especialmente dolorosas para mí como la de mi madre, una mujer intensa y complicada a la que supongo que me parezco cada vez más, excepto en lo político.

Cuando estalló  la guerra, ella, que pertenecía a una dignísima dinastía obrera, militaba en la CNT, llegando a ser Secretaria de las Mujeres Libres de Vallecas, su barrio. Pasó después dos años en la cárcel (dramática experiencia que la traumatizó duramente) y luego se casó y tuvo siete hijos. A pesar de la prosperidad económica que mi familia llegó a alcanzar a los pocos años de terminada la guerra, gracias a determinados contactos y a la astucia de mi padre  (por eso pudieron llevarnos al Liceo Francés y por eso me hace tanta gracia  la ridícula leyenda que  sostiene que los represaliados no podían abrir una cuenta en el banco, cosa que he oído recientemente con el lógico estupor), mis padres, y en particular mi madre, se consideraron siempre "rojos" (era el término que ella utilizaba, con orgullo y sin rubor alguno, rodeada de los cuadros y objetos valiosos de su lujosa casa) y, aunque no estimaban demasiado a los comunistas, pues no en vano persiguieron y mataron a los anarquistas durante la guerra,  la derrota común y el sentimiento antifranquista les llevó a unirse. Durante años, muchos -en su mayor parte pintores y poetas- de los que, o bien no se habían exiliado, o no estaban en la cárcel (o después, cuando salieron de la cárcel o volvieron del exilio), pasaban por la casa de mis padres los domingos a celebrar reuniones semi clandestinas en las que se comía, bebía y (eso era lo que a mí más me gustaba) se cantaba un nutrido repertorio revolucionario -desde "La polonesa" hasta "Ay Carmela", pasando por "Hijos del pueblo que oprimen cadenas" y muchas más- que haría la envidia de Zapatero y de todos los que ahora van alardeando por ahí de familia republicana.  Pero esto lo he reflejado en parte en mi novela Nadie dijo que fuera fácil , hecho que mi madre no me perdonó  jamás ya que consideraba, con razón, que les presentaba como unos burgueses vergonzantes y unos revolucionarios de pacotilla.  Dios me perdone.

Pues bien, para ella, para mi madre,  flotarán esta noche en mi casa todas las  lamparillas y velas que me queden, sin olvidar  dedicar algunas - si pudiera un millar-  a mi tío Antonio González, pintor y escultor, discípulo de Vázquez Díaz, a quien debo, además de una magnífica cabeza en piedra de Sepúlveda, para la que le serví de modelo a los 10 años,  la imborrable experiencia de mi primera visita al Museo del Prado a los siete: cuando vi el "Saturno devorando a sus hijos" de Goya, quedé paralizada de terror, y tuve pesadillas  durante mucho tiempo. Eso me creó una aversión inveterada por las escenas de violencia pero, afortunadamente, no por el Museo del Prado ni por mi tío que fue un ejemplo de bondad y de honradez intelectual toda su vida. Ahora puedo mirar ese cuadro de frente, con la repugnancia que me merece  y sin embargo no puedo ver películas tipo "la matanza de Texas". No maduramos.

Diderot Volviendo a Goya, cuando hace unos años traduje "La carta sobre los ciegos" de Diderot, encontré una reflexión sorprendente que me permitió comprender muchas cosas. Para reforzar su teoría de que la dignidad humana entra por los ojos, el filósofo ponía como ejemplo de extrema y casi inimaginable crueldad el que a un pintor se le pudiera ocurrir representar en toda su crudeza cosas tan terribles como ¡Saturno devorando a sus hijos!, pues la visión de ese horror (siempre según Diderot) sería insoportable para la sensibilidad de cualquier ser humano y, de ocurrir lo contrario, algo malo le pasaría a esa "condición humana". Cuando escribió esto faltaban unos cuantos años para que naciera el pintor que se atrevió a hacerlo. Ese inesperado encuentro literario me ha ayudado a reforzar mis sentimientos ilustrados, asumiendo su evidente ingenuidad, y a expresar sin complejos la repugnancia que todavía experimento al respecto. ¿Maduramos?.