Nuestros fieles difuntos
Hoy, Día de Todos los Santos y víspera de Difuntos, recuperada la salud y el seso y cosas igualmente importantes como el sosiego, pongo por caso, he decidido regresar a ese desafío que, hará pronto dos años, lancé al ciberespacio cuando creé este blog, ¡ay! tan desatendido últimamente. No es la única vez que me ausento, pero esta vez he superado mi propio récord ¡tres meses! Y sin embargo, no he dejado de recibir un número de visitas lo suficientemente grande como para incrementar proporcionalmente mi culpabilidad. Lo cierto es que no se puede tirar la piedra y esconder la mano, nadar y guardar la ropa, estar en misa y repicando. Quien la hace la paga, etc. etc...
No es casualidad que haya elegido este día para iniciar mi rehabilitación. Estas fechas, y lo que conmemoran, me han estremecido siempre de manera especial, al ir vinculadas al recuerdo de mi abuela, la cual, como pagana que era, no nos ahorraba ninguno de los aspectos más escalofriantes de los cuentos y consejas que las rodean. En consecuencia, no puedo evitar hacer recapitulación de mis sentimientos hacia nuestros "fieles difuntos" (de pequeña, lo de fieles lo entendía como adjetivo y no como el sustantivo que es y me parecía injusto que todos los difuntos merecieran ser llamados así, sin distinción de virtudes ni felonías), a quienes debemos un piadoso recuerdo y una oración e incluso, si se puede, una visita al cementerio ¿por qué no?
Como cada año, esta noche también encenderé las lamparillas de las que hice acopio hace tiempo en la tienda de "El Mielero", en Riaza, hermoso lugar donde me refugio los días de asueto y, si no fueran suficientes, consumiré las velas que sean precisas para honrarlos. La lista es, lógicamente, más larga que la del año pasado y esta vez la tengo que encabezar con pérdidas especialmente dolorosas para mí como la de mi madre, una mujer intensa y complicada a la que supongo que me parezco cada vez más, excepto en lo político.
Cuando estalló la guerra, ella, que pertenecía a una dignísima dinastía obrera, militaba en la CNT, llegando a ser Secretaria de las Mujeres Libres de Vallecas, su barrio. Pasó después dos años en la cárcel (dramática experiencia que la traumatizó duramente) y luego se casó y tuvo siete hijos. A pesar de la prosperidad económica que mi familia llegó a alcanzar a los pocos años de terminada la guerra, gracias a determinados contactos y a la astucia de mi padre (por eso pudieron llevarnos al Liceo Francés y por eso me hace tanta gracia la ridícula leyenda que sostiene que los represaliados no podían abrir una cuenta en el banco, cosa que he oído recientemente con el lógico estupor), mis padres, y en particular mi madre, se consideraron siempre "rojos" (era el término que ella utilizaba, con orgullo y sin rubor alguno, rodeada de los cuadros y objetos valiosos de su lujosa casa) y, aunque no estimaban demasiado a los comunistas, pues no en vano persiguieron y mataron a los anarquistas durante la guerra, la derrota común y el sentimiento antifranquista les llevó a unirse. Durante años, muchos -en su mayor parte pintores y poetas- de los que, o bien no se habían exiliado, o no estaban en la cárcel (o después, cuando salieron de la cárcel o volvieron del exilio), pasaban por la casa de mis padres los domingos a celebrar reuniones semi clandestinas en las que se comía, bebía y (eso era lo que a mí más me gustaba) se cantaba un nutrido repertorio revolucionario -desde "La polonesa" hasta "Ay Carmela", pasando por "Hijos del pueblo que oprimen cadenas" y muchas más- que haría la envidia de Zapatero y de todos los que ahora van alardeando por ahí de familia republicana. Pero esto lo he reflejado en parte en mi novela Nadie dijo que fuera fácil , hecho que mi madre no me perdonó jamás ya que consideraba, con razón, que les presentaba como unos burgueses vergonzantes y unos revolucionarios de pacotilla. Dios me perdone.
Pues bien, para ella, para mi madre, flotarán esta noche en mi casa todas las lamparillas y velas que me queden, sin olvidar dedicar algunas - si pudiera un millar- a mi tío Antonio González, pintor y escultor, discípulo de Vázquez Díaz, a quien debo, además de una magnífica cabeza en piedra de Sepúlveda, para la que le serví de modelo a los 10 años, la imborrable experiencia de mi primera visita al Museo del Prado a los siete: cuando vi el "Saturno devorando a sus hijos" de Goya, quedé paralizada de terror, y tuve pesadillas durante mucho tiempo. Eso me creó una aversión inveterada por las escenas de violencia pero, afortunadamente, no por el Museo del Prado ni por mi tío que fue un ejemplo de bondad y de honradez intelectual toda su vida. Ahora puedo mirar ese cuadro de frente, con la repugnancia que me merece y sin embargo no puedo ver películas tipo "la matanza de Texas". No maduramos.
Volviendo a Goya, cuando hace unos años traduje "La carta sobre los ciegos" de Diderot, encontré una reflexión sorprendente que me permitió comprender muchas cosas. Para reforzar su teoría de que la dignidad humana entra por los ojos, el filósofo ponía como ejemplo de extrema y casi inimaginable crueldad el que a un pintor se le pudiera ocurrir representar en toda su crudeza cosas tan terribles como ¡Saturno devorando a sus hijos!, pues la visión de ese horror (siempre según Diderot) sería insoportable para la sensibilidad de cualquier ser humano y, de ocurrir lo contrario, algo malo le pasaría a esa "condición humana". Cuando escribió esto faltaban unos cuantos años para que naciera el pintor que se atrevió a hacerlo. Ese inesperado encuentro literario me ha ayudado a reforzar mis sentimientos ilustrados, asumiendo su evidente ingenuidad, y a expresar sin complejos la repugnancia que todavía experimento al respecto. ¿Maduramos?.

Bienvenida, Julia, a tu propio blog. ¡Siempre es un placer leerte! A mí también me fascinaba el cuadro de Goya "Saturno devorando a sus hijos", sólo que dentro de mi perversidad me parecía decepcionante que no reflejara una anécdota real, sino mitológica. Ahora pienso de otra manera: quizá el cuadro sí expresaba un hecho cierto... aunque bajo el ropaje del simbolismo. ¡Un saludo!
Publicado por: javier | lunes 5 de noviembre de 2007 a las 10:26
Ha valido la pena asomar la cabeza de vez en cuando para ver si Julia seguía viviendo en esta casa. Ahora, ya se huele a cocina. Se que ha vuelto. Gracias.
Publicado por: iojanan | jueves 8 de noviembre de 2007 a las 11:24