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domingo 18 de noviembre de 2007

Ritos anuales

No me tengo por una persona tranquila (en el sentido de “sin inquietudes”), al contrario. Me jacto de interesarme por todo, de estar abierta a las novedades, de no rechazar nada de plano (a no ser que lo conozca muy bien y me disguste), de escuchar y, sobre todo, de actuar. Aquí está mi perdición, hago tantas cosas, me lío tanto, acepto tantas tareas y se me ocurren tantos proyectos que no me queda tiempo para recrearme en mí misma, cosa que también me gusta, como resulta evidente.

Este preámbulo tiene por objeto explicar cómo, no siendo rutinaria, soy sin embargo ritualista. No me refiero a los ritos anuales, más o menos colectivos, que nos dicta (o sugiere) el calendario sino aquellos, totalmente privados, que nos imponemos nosotros mismos, como es mi caso. Seguro que hay otras motivaciones ocultas, burdo sería el negarlo, pero ¡ay! me temo que sean insondables. Mi asiduidad, me consta, admira (y exaspera) a algunos de mis amigos y desespera a mis enemigos. Pero yo no defraudo ni a unos ni a otros.

Por ejemplo, Las Jornadas de Traducción Literaria de Tarazona. Llevan quince años celebrándose y he asistido a todas, aunque no siempre me han invitado sino que, las más de las veces, he tenido que pagar como cada quisqui y residir, si se tercia, en la austera hospedería del Seminario Diocesano. ¿Por qué? Pues porque, absurdamente, me siento vinculada al proyecto de la Casa del Traductor, en cuyo patronato estuve en sus orígenes, por razones que preferiría olvidar pues están ligadas a una de las etapas más antipáticas de mi carrera profesional (fui Presidenta de APETI hasta que los intérpretes jurados dieron un sucio golpe de estado, pero este capítulo lo dejo para mis memorias, eso sí, sin mencionar nombres no vaya a ser que les guste), y aunque ya nada tenga (afortunadamente) que ver con la gestión institucional de la Casa, en ningún sentido, siento que es mi deber asistir puntualmente, de no impedírmelo mi estado de salud y, cosa rara, jamás he estado enferma esos momentos –puro otoño– tan peligrosos como bellos. 

Hay en esas Jornadas (he hablado mil veces de ellas), algunos fieles, en general profesores universitarios o traductores literarios profesionales, tan avezados y resabiados como yo, que acuden a la cita con bastante asiduidad. Los encuentro ahí, año tras año, pero alguna vez han faltado. Yo no. Han cambiado los directores de la Casa del Traductor, desde el fundador, Francisco Uriz, pasando por Maite Solana y ahora Mercedes Corral; ahí estoy yo para felicitar al nuevo y recordar a los anteriores. Han cambiado también los alumnos de las distintas facultades de traducción que proliferan por el suelo patrio y que acuden a Tarazona, llenos de curiosidad y, a veces, de sano escepticismo. Estos muchachos, “absolutamente modernos” se muestran generalmente ajenos, cuando no contrarios (benditos sean) a la politización que marcó a los que han dirigido y todavía dirigen las asociaciones profesionales de traductores y de escritores en nuestro país y regiones adláteres. Ahí estoy yo para comprobar y regocijarme de que no entiendan las alusiones políticas al uso, bueno, mejor sería decir “al desuso”, con que salpican sus discursos muchos de los protagonistas.

Cosas de viejos, les digo, que no saben adaptarse a la democracia. Porque aunque hay de todo, desde luego, prevalece la vieja guardia. Huelga decir que de signo izquierdista, pero lo explicito por si acaso alguien se equivoca. Esto tiene una explicación que se hunde en el pasado. Dichas asociaciones fueron creadas, por lo general, en época franquista y estaban concebidas no sólo como un instrumento de reivindicación laboral, al amparo de la ley, sino también como un cómodo refugio de disidentes que veían así la posibilidad de reunirse y de viajar. Esto ha durado mucho tiempo y todavía hay algunos supervivientes de esa época que siguen liderando las asociaciones y propiciando la sucesión con nuevas oleadas de nostálgicos que, por edad, lo son de lo desconocido. Eso es lo malo, que no han sabido adaptarse a los tiempos y todavía creen que luchan contra el maligno cuando en realidad luchan contra sus propios fantasmas.

Por último está el aliciente estético: la hermosura apabullante del trayecto, que yo hago por la carretera de Burgos, vía Riaza, Ayllón, San Esteban de Gormaz, El Burgo de Osma, Soria, Ágreda, hasta llegar a Tarazona. Esta ruta, a diferencia de la oficial (la autopista de Barcelona), además de menos frecuentada, todavía está llena de tramos ribereños que despliegan en su arbolado, y con todo lujo de detalles, la riqueza cromática de la estación otoñal. Sólo por eso vale la pena desplazarse hasta Tarazona. No creo que hubiera sido tan fiel de realizarse esos comicios en invierno, ni tan siquiera en primavera o verano, a pesar de haber quedado contagiada, desde muy joven, por el virus de la traducción, contra el que no hay vacuna, ni cura, ni falta que hace.

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Comentarios

Las famosas (y letales) viejas guardias están en retirada en los distintos ámbitos. No comprenden que el mundo haya seguido otros derroteros que los que ellos nos indicaban sabiamente. Están enormemente resentidos y cada vez son más inoperantes. Bien es verdad que todavía conservan muchísimos resortes, aunque no hay quien les quite ese aire entre capados y escocidos que han ido adquiriendo a lo largo de los años con la buena vida y siempre en la cresta de la ola. La última furiosa arremetida la están protagonizando con el famoso "cambio climático" (por otro nombre "calentamiento global"), perverso sustituto de la ideología marxista que acabó en el cubo de la basura y a la que ahora pretenden reciclar para estar otros 70 ó 100 años en el machito ideológico. Pero esta vez no parece que la cosa cuele, a juzgar por las sanas reacciones de supervivencia que están provocando entre la gente con cabeza y entre los jóvenes. Jesús, qué cruz.

Como dice Javier, las viejas guardias sienten en sí su inoperancia, necesitan el calor del día, calor del que adolecen y por el que no son capaces de luchar a brazo abierto, es más fácil, mucho más sencillo engancharse al carro que pasa por su lado, casi siempre un partido de izquierdas, ya de por sí lastrado.
Por otro lado, el camino propuesto en el viaje es algo delicioso, de los pocos que van quedando para su disfrute, pero yo lo percibo aún más en invierno, con escarchas matutinas y colores azulados.Bajo cero.

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