Un amigo pasa a mi consideración un documento en el que se nos incita a todos a plantarnos contra el impuesto revolucionario que la SGAE pretende implantar, con la venia del Congreso, por la compra de productos relacionados con la hipotética reproducción y aún más hipotético disfrute de los productos de un serie de artistas que perpetraron, perpetran o, también hipotéticamente perpetrarán obras audiovisuales. Pagaremos un canon por los ordenadores en los que los que se supone que los susodichos las procrearán, así como por los reproductores y grabadores, impresoras, cámaras de fotos, equipos de música de salón, Cds vírgenes, etc., convirtiéndonos, por el mero hecho de comprar esas cosas, en sospechosos de querer utilizarlos para, supuestamente deleitarnos con ellos o simplemente para ahondar en la memoria histórica reproduciendo canciones como la que Victor Manuel, cantante franquista que en la democracia se convertiría en destacado militante comunista, dedicó a Francisco Franco con motivo de los famosos veinticinco años de paz y ciencia (o de "paziencia", como decían en La Codorniz) cosa que les propongo hacer a continuación: VictorManuel-UnGranHombre; tampoco se pierdan esto: http://www.youtube.com/
El argumento de los promotores de "todoscontraelcanon" es el de que, así como no pagamos a un arquitecto, o a sus herederos, cada vez que entramos en un edificio por él diseñado (ni a su Colegio profesional por los que tal vez diseñe), ni a un médico, o a sus herederos, por los días de más que nos ha dado con su acertado diagnóstico (y menos aún por los que todavía no nos ha dado), con menor motivo habrá que pagar a los cantantes por el fugaz regocijo que sus gorgoritos hayan podido producir en un también fugaz momento de nuestro pasado y, lo que es peor, por el incierto placer que nos vaya a producir en un aún más incierto futuro... Pero bueno, a lo que voy : lo he firmado. No sin reservas y reconcomios de conciencia. Me explico. Soy autora y como sabrán, los escritores y a veces también los traductores cobramos un tanto por ciento sobre la venta de cada uno de los ejemplares de nuestras obras no descatalogadas ni saldadas, (si a la editorial le da la gana declararlo, por supuesto, porque la mayoría mienten cual bellacas sobre sus ventas). Además, desde que se creó CEDRO, los escritores, prologuistas, traductores y editores cobramos por las fotocopias efectuadas sobre los libros (con independencia de que seamos nosotros los autores o no), lo cual es discutible, aunque no sobre las fotocopias de cualquier otra índole, lo cual sería indefendible. Pues bien, lo que propone la SGAE es como si las asociaciones de escritores pidieran un canon sobre la compra de sobres, folios, etc. para prevenir la hipotética publicación ilegal de una carta aún no escrita de cualquier genio aún por nacer en una imprevisible publicación de un también más que hipotético futuro editor para un todavía más que hipotético futuro lector, o puestos ya en la modernidad, como si tuviéramos que pagar un canon a los escritores por los programas de tratamiento de textos y los ordenadores e impresoras con los que supuestamente se podrían escribir unos libros que al que eso pagara jamás se le ocurriría leer ni por asomo (este último canon se añadiría al de la SGAE, por supuesto). He firmado, digo y aún así, no tengo la conciencia muy tranquila, porque pronto se pagará un canon (que se distribuirá entre los autores) por pedir prestado un libro en las bibliotecas públicas...
Todos sabemos que los derechos de autor son sagrados, que a los autores del siglo XIX, -Galdós y doña Emilia a la cabeza- lucharon un montón por conseguirlos, pero siempre hay una excepción cuando se trata de difundir y promocionar la lectura, ¿y qué son las bibliotecas sino grandes centros de promoción y difusión? Entendería mejor que se pagara por el simple acceso a las bibliotecas -y el dinero obtenido pasara a su administración y gestión- que el que ese dinero pase al bolsillo de los autores, aunque uno de ellos sea yo misma. Pero vayan a decir eso a algunos que sólo saben vivir, literal y literariamente, del cuento y de la subvención.
Tengo un amigo, muy, muy cercano, que, entre otras bajezas, perpetra obras de teatro. Una vez, se estaba representando una obra suya y apareció por el teatro un señor de la S.G.A.E. solicitando el correspondiente porcentaje. El director, preocupado, llamó al autor, el cual le dijo que no soltara un céntimo, ya que no era de la S.G.A.E. En otra ocasión, con otra obra que tuvo un relativo éxito, la S.G.A.E. cobró en los distintos lugares el porcentaje de taquilla... que no revirtió al autor de marras. Este autor, entonces, se dijo: "Estoy haciendo el pardillo", y registró una de sus obras en la organización. Desde entonces, le viene reportando algún derecho. La moraleja de este asunto es que se siente pardillo de las dos maneras, registrando sus obras y no registrándolas, pero al menos se levanta algún euro que le da para el chocolate del loro, y como no tiene loro, pues eso que gana. La S.G.A.E. necesitaría, como poco, trasparencia. Porque estrujarse las neuronas y que cobre, por ejemplo, Víctor Manuel, da un poco de grima, por obra benéfica que suponga correr con los gastos solidarios del cantante.
Publicado por: Javier | martes 10 de febrero de 2009 en 9:51