Año desagradable, hostil y necio para la cosa pública, como no podía ser de otro modo visto quienes nos mandan y quiénes nos podrían mandar. No sé si hay efectivamente un plan secreto para arruinar España pero no creo ni siquiera necesario aplicarlo en este país que confunde progreso con civilización. Y como dice Giovanni Guareschi, autor que he recuperado este año al leerme de una tacada todo lo traducido al español, progreso es tener un cuarto de baño dentro de casa, al lado del comedor y civilización es tenerlo al fondo del jardín, o en el patio, si prefieren. También lo decía Tanizaki. Quién no vea la diferencia relájese y goce. Nada mejor en esta tesitura que ensimismarse y dedicarse a leer como una descosida. Pero ni aún así -y menos cuando se está laboralmente en activo- es posible alejarse de la prosa de la vida y de las añagazas de la muerte.
La vida nos ha traído más de lo mismo en materia política, con la irrupción en la opinión pública de un Federico Jiménez Losantos desbridado y liberado del bozal de la COPE, un César Vidal idéntico a César Vidal y un Hermann Tertsch, libre como ninguno, perseguido zafia y agresivamente por la izquierda, y aprovecho para solidarizarme con él. Ciertamente, ya no podemos decir que la prensa y la televisión está copada por la izquierda, esa antipática y desagradable tendencia política que durante tantos años campó a sus anchas en los medios de comunicación. Hoy, que nos gobierna oficialmente, sus periódicos sobre todo están en franca minoría ¡Y no digamos en la Red! Ahí no son nadie. Esa es la buena noticia del año.
La muerte, en su cosecha anual, se ha llevado personas, importantes y que me importan. No voy a diferenciarlas, habrá para quienes sean lo uno o lo otro, o ambas cosas al mismo tiempo. Carlos Semprún, José Miguel Ullán, Eduardo Chamorro, Rafael Conte, Toni López Lamadrid, José Antonio Muñoz Rojas, Dámaso Santos, Francisco Ayala, Mario Merlino. A todos los conocí y traté, con mayor o menor intensidad. De todos lamento la muerte, pero Chamorro, Conte, y sobre todo Ullán y sobre todo Carlos, imposible olvidaros, sería como olvidar que fui joven.
Otros muertos han protagonizado mi año. Muertos que escucho con los ojos, deleintándome con ellos, incluso queriéndoles apasionadamente, como esas lectoras románticas que se enamoraban de los personajes de novela. Consciente desde siempre de que el tiempo pasa igual si se hace algo como si no se hace nada, decidí engañar su paso inexorable leyendo a todas horas -mientras como, en el autobús, en las salas de espera de los médicos, incluso en los atascos de tráfico y podría decir que incluso mientras duermo. Eso me ha permitido añadir a mis lecturas obligadas -profesionales y otras- un sinfín de obras que normalmente habrían tenido que esperar a "tener tiempo" para descubrirlas o recuperarlas. Pero cuando se tiene una vida muy ajetreada no se puede esperar a que el tiempo se digne a pararse para que puedas subirte a él, hay que "tomarlo", como esos ascensores abiertos que funcionaban como una cinta continua.
El año pasado fue Galdós y sus Episodios Nacionales . Ya los había leído en mi juventud y también los había olvidado. Me pareció un homenaje obligado al bicentenario de la guerra de la Independencia. Esas cuarenta y seis novelas que cubren 70 años de la historia de España, desde la batalla de Trafalgar hasta la Restauración borbónica, llenaron mi año 2008. Creo haber escrito algo sobre ello. En 2009 ha sido Chateaubriand, Mémoires d'Outre-tombe, en la edición del Centenario de Flammarion que tiene su correlato en español en la edicion de El Acantilado y que cubre la historia de Francia desde finales del reinado de Luis XVI, pasando por la Revolución Francesa, Bonaparte, la Restauración para la que tanto luchó, hasta el estertor definitivo de la monarquía y los albores del Segundo Imperio. Ambos, Galdós y Chateaubriand, progresista el uno y reaccionario el otro (aunque menos de lo que cada uno de ellos creía), salvaron de las ruinas de la inteligencia dieciochesca la literatura de sus respectivos países.
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