Durante estas fechas no paramos. Tras las copas de empresa y las comidas corporativas vienen las visitas y las llamadas a los amigos, los buenos propósitos para el año que viene y para coronarlo, las reuniones familiares, porque la Nochebuena y la Navidad no son fiestas para compartir con extraños. Se supone que la familia es lo primero, ahora y siempre, y de cualquier manera que lo mires es verdad. Sobre el papel es maravilloso tener a tu alrededor a toda tu familia: padres, hijos, nietos, hermanos, sobrinos, cuñados, etc. Pero la realidad es muy otra y las fiestas navideñas suelen reavivar conflictos internos con más facilidad que el fuego de un hogar puramente simbólico (me refiero al de las inexistentes chimeneas de las viviendas urbanitas). Los contenciosos, los rencores entre unos y otros -no me hacías caso de pequeña, siempre te metes conmigo, yo fumo cuando me da la gana, no hables de eso delante de los demás, por qué se lo has dicho, cómo te has podido casar con ese idiota, etc.etc.- saltan como chispas de ese fuego imaginario a la primera de cambio. Son muchas cosas las que desunen a un grupo de personas, a despecho de que compartan el ADN o el vínculo matrimonial, y a esas reuniones, además de alguien que ayude (hay muchas inmigrantes que no tienen donde ir y que prefieren ganarse unos euros en vez de quedarse en su casa añorando sus propias peleas familiares), habría que contratar a un psicólogo o mediador en conflictos domésticos, y aún así no podría evitar en una sola velada lo que se ha ido estropeando durante décadas. En un mundo perfecto nada de eso sería necesario, lo malo es que tampoco sería necesario el mundo. Debemos, pues, cargar con esa cruz y del mismo modo que si nos duele la pierna es porque está ahí, debemos asumir que si echamos pestes de nuestra familia es porque la tenemos.
Otrosí, ¿Feliz Navidad?
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