Ha terminado el estado de alarma en el que nos mantenía el gobierno desde el conato de rebelión de los controladores aéreos. Es muy fácil aterrorizar a un colectivo tan reducido y envidiado por la mayoría. ¿A qué no se atreven con los sindicatos, ni con los empleados del metro ni con todos esos matones -de izquierdas- que han atacado al Consejero de Cultura de Murcia y que llevan atosigando y amenazando a ese gobierno regional? Ellos (los de izquierda) tienen patente de corso; pueden amenazar, impedir que sus oponentes hablen en público, cercar en períodos preelectorales a los partidos rivales, crear hostilidades sin fin, e incitar al asesinato político, con entera libertad, sin que se pueda poner en duda su "talante" democrático. ¡Y ay de quien les recrimine al respecto!
Sin embargo no vacilan en sostener, desde sus medios de comunicación, que la reciente matanza de Arizona en el atentado contra la senadora demócrata, Gabrielle Gifford, es consecuencia de la "crispación política generada por el tea party". ¡Por supuesto! ¡Faltaría más! ¡Es evidente! Pero la crispación política creada por los sindicatos en Murcia no influye en los ánimos de quienes agredieron al Consejero de Cultura... Algún día, cuando llegue el momento, colgaré en este blog todo el material "suprimido" por la cadena SER, del 13 de marzo de 2004, en período de reflexión pre-electoral, cuando los que ahora se ocupan de la seguridad pública prepararon y secundaron el ataque a las sedes del PP.
Pero no es de esto de lo que les quería hablar: me he dejado arrastrar por el título de la entrada y por su arranque: del estado de alarma he pasado al estado de miedo continuo en el que nos tiene este gobierno inepto, formado por una recua de hombres indecisos y de mujeres al borde del ataque de nervios. Como la señora Sinde que no para de reclutar partidarios de su desmedrada ley por el tradicional procedimiento de invitarles a cenar en "petit comité". Ya conocemos el truco: reúnes a unos cuántos "escogidos" y les pides, croqueta en mano, que por tu cara bonita, porque tú eres buena y ellos también, y además se lo pides, que participen en lo que sea que estés maquinando, en este caso, en la lucha contra lo que ellos llaman piratería en la Red.
Al día siguiente, empiezan a aparecer columnas apasionadas en contra de los que no aprobaron la ley, firmadas por autores a los que nadie pirateará en su vida. Autores, muchos de ellos, que siempre se han jactado de rechazar cualquier restricción a la difusión de su obra por tierra, mar y aire. Aún recuerdo una comida -esta vez cuando gobernaba el PP- en la que se pretendía tantear el terreno entre los creadores para una ley antipiratería que ya empezaba a gestarse. Los más izquierdistas, los que ahora apoyan la ley Sinde con pasión, escupían literalmente en la mano de quienes les invitaban a comer y tronaban en contra de las sociedades de gestión y las restricciones a la libre difusión de "su" pensamiento y de "su" obra en esa red de la que prácticamente nadie sabía todavía casi nada.
Pues bien, estas cenitas de la señora Sinde, de las que nadie hablaba, y que daban un pobre resultado mediático tan sólo deducible por los incoherentes artículos del día siguiente en El País, transcurrían en cómplice anonimato hasta el día en que, equivocados, invitaron a quien no debían, a Amador Fernández Savater, el cual no dudó en decir quiénes participaban en ella y en contar, con pelos y señales y con todo el derecho del mundo, lo que en ella acontecía: la mera enumeración de los comensales corrobora todo lo que les he dicho más arriba.
No se pierdan el artículo que este último escribió, titulado precisamente la cena del miedo. Amador vive prácticamente en la red, sabe perfectamente para qué sirve y la concibe como un territorio de libertad infinita donde cabemos todos... El que le hayan invitado a esas cenas es un síntoma claro de lo poco que conocen dicho territorio los que pretenden regularlo y gestionarlo, poniendo puertas al campo y convirtiendo las famosas "autopistas de información" en autopistas de peaje.
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