No le gustaba escribir de espaldas de la puerta, pero le compensaba que desde la ventana pudiera ver el jardín y el portalón de la finca. Estaba sola; los otros huéspedes de esa remota casa rural que prometía silencio, soledad y banda ancha, se habían marchado a festejar la Nochevieja a la ciudad más cercana. Ella detestaba las fiestas, en particular aquélla. Además tenía mucho trabajo. Quería acabar la entrada de su blog antes de medianoche y faltaba muy poco. Su intención era haber llegado a primera hora de la tarde, pero cuando traspasó la verja de la finca ya era de noche: se le había olvidado recoger su juego de llaves en la sucursal de la agencia donde contrató el hospedaje y tuvo que desandar los 50 km de carretera comarcal que había recorrido casi una hora antes.
Tras colocar la habitación a su gusto se sentó ante aquella mesa, incómoda, diseñada para cualquier cosa menos para escribir en un portátil. Desde luego, había cambiado el tiempo. Cuando llegó, y durante todo el viaje, la atmósfera era serena. Ahora, el viento sacudía de manera espectral las ramas ya despojadas de los árboles.
Se había perdido en una frase realmente abstrusa y por unos momentos olvidó dónde estaba, pero un ruido persistente en la ventana la devolvió de nuevo a la realidad. El viento y la lluvia habían desprendido una rama que golpeaba el cristal con insistencia. De pronto, se estremeció. Creyó oír un crujido en las escaleras y luego una puerta cerrarse. Dedujo que tal vez alguien se había quedado y quería asustarla.
Pero desechó esa idea. Ella misma les había visto irse y nadie había vuelto; habría oído el coche o el portón. Al llegar, coincidieron todos en la sala común y, como eran diez alguien aludió a la novela de Agatha Christie, titulada “Diez negritos”. Ella no la había leído pero tratándose de esa autora, seguro que la trama sería siniestra y muy adecuada al lugar y al momento. No comprendía el éxito de las novelas policíacas, a las que asociaba, en su desprecio por los best-sellers, a las novelas eróticas, de ciencia ficción y otros subgéneros.
Lo suyo era la literatura con mayúsculas, y lo de menos era el triunfo. A lo más que aspiraba era a tener un grupito selecto de lectores y pertenecer a esa secta de escritores que los críticos llamaban de “culto” o “secretos”. Como Salinger, o Kennedy o Ring Lander, o Bruno Schultz, o Walser, o incluso algunos que después de muertos, fueron famosos, como Kafka…. La lista era infinita.
En las mesas redondas se sentía muy halagada cuando en vez de periodista la presentaban como escritora. Su producción era escasa –también la de los autores que había evocado– pero ponía en ella todo su empeño literario, toda su fuerza. Como ahora. Por eso podía abstraerse de esa manera y no darse cuenta de si había empezado a llover o a nevar. Y por eso –pensó con amargura- se le pasaba el tiempo tan deprisa, devorando sus años y las posibilidades de llevar a cabo su propósito: escribir dos o tres obras maestras que dejaran boquiabiertos a sus lectores.
Una vez más la sobresaltó un ruido, leve, pero que le pareció pavoroso. Era el de su propia puerta. La alfombra de sisal raspaba al abrirla y eso era lo que había oído precisamente. Estaba tan aterrorizada, sus músculos no la obedecían y rezó porque todo fuera sugestión producida por el extraño ambiente en el que estaba. Su única luz era la del flexo que ella misma había traído y lo único que podía ver, además de su texto, era el reflejo en la ventana de lo que pudiera venirle por detrás y una sombra avanzaba lentamente hacia ella. Quiso darse la vuelta pero sintió un fuerte dolor en el pecho. Intentó hablar, gritar, pero le faltaba el aire, se le agarrotaba la garganta como a un niño víctima de la tosferina. Se esforzó en levantarse para enfrentarse al desconocido pero un dolor terrible en las piernas y en los brazos la paralizó.
Cuando la sombra llegó hasta ella, y le puso la mano en el hombro, la escritora había sufrido ya el paro cardiaco que acabó con su vida y su carrera literaria. La vecina, sordomuda de nacimiento, encargada de velar por la casa durante la estancia de los viajeros, había entrado porque creía que alguien se había dejado una luz encendida. Para apagarla.
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