Esta mañana, en la sala de espera de un hospital dos enfermeras ya mayores hablaban de una compañera que acababa de morir y a cuyo entierro pensaban ir juntas en cuanto acabara la consulta. La recordaban con cariño porque las tres habían sido quienes "montaron" la planta de cardiología hacía ya 50 años. ¿Qué edad tenía? preguntó una de ellas; 77, contestó la otra. ¡Cada vez se muere la gente más joven!, replicó la primera... No creo necesario explicar cuánto me sorprendió oír aquello. Inmediatamente lo relacioné con un libro de William Hazzlit titulado "Sobre el sentimiento de inmortalidad de la juventud" y decidí buscarlo en cuanto llegara a casa para corroborar si mi impresión primera al oír esa frase de que la prolongación de dicho sentimiento es un fenómeno postmoderno, era acertada.
Fue inútil, porque una de las características de cualquier biblioteca que se precie es la de no encontrar nunca lo que uno necesita leer en ese momento. Pienso incluso que hemos llegado a un punto en mi casa en que nos resultaría más apasionante escudriñar nuestra propia biblioteca que la librería de viejo mejor surtida, porque en eso la hemos convertido, guiados por nuestro criterio literario y nuestro propio sentimiento de inmortalidad... No quiero deprimirme haciendo la estadística de cuantos miles de libros no voy a poder leer en lo que me queda de vida que, sentimiento de inmortalidad aparte, no es tanto como yo quisiera, pero me puedo envanecer de no voy a aburrirme contándolos.
Volviendo a Hazlitt y a su ensayo, creo recordar que era tan corto como acertado, pero esa sensación que analiza en los jóvenes de que la muerte no va con ellos (lo que no les impide suicidarse, por cierto) y de que sólo se mueren los viejos y los otros, me temo que se ha hecho extensiva a todas las edades de la época actual. Sin duda, es justo y necesario que los jóvenes se dediquen a vivir intensamente y se crean inmunes a la enfermedad y al desgaste físico. El joven, incluso enfermo, se rebela contra las restricciones que le impone su propia enfermedad como si ésta, pregonera de la muerte, fuera incompatible con la juventud y eso es ciertamente muy peligroso. No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo pero algunos no nos hemos dado cuenta de que hemos sido jóvenes hasta que hemos dejado de serlo y es como si la muerte se aprovechara de ese sentimento de inmortalidad para pasarnos factura. Tal vez esa sea la causa del malestar que me producen las fotografías antiguas: son un testimonio de lo poco que se aprecia lo que se tiene cuando se tiene. El tiempo no se congela en ellas, se subvierte, por eso escribí una vez un poema que al filo de lo que ahora hablo puede tener algún sentido:
No espero nada ni nada me sorprende
pensaba yo de vieja amargamente.
Ahora soy joven y todos me reprenden
mi alegría infantil y mi loca esperanza.
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