Leyendo las obras de don Valentín García Yebra con el fin de preparar un texto para honrar su memoria así como para repasar sus enseñanzas, caigo en la cuenta de que nadie como él ha sabido, de manera constante y sabia, corregir los errores más habituales en el uso de la lengua, en particular en los medios de comunicación, donde los atropellos son constantes y enorme la colección de errores, por otra parte recurrentes. Pero no sólo yerran los periodistas. También los políticos y los administradores están atentando contra el lenguaje constantemente. Algunos incluso se crecen ante la corrección y la justifican reafirmándose en su error.
Hay varias barbaridades que han hecho escuela, como la de utilizar el posesivo detrás de un adverbio de lugar, algo que difícilmente puede pertenecer a alguien: delante, detrás, encima, debajo, no son ni mío, ni tuyo, ni suyo, ni nuestro, ni vuestro, necesitan apoyarse en la preposición “de”, para que la localización en el espacio así expresada resulte coherente. Pero no. Constantemente oímos –y escuchamos también- delante mío, detrás tuyo, encima suyo, debajo nuestro en vez de delante de mí, detrás de ti, encima de él o de ellos, debajo de nosotros o de vosotros, etc. Sin embargo resulta muy sencillo, aunque parece que quienes así hablan, además de desconocer la lengua, tengan una aversión recalcitrante tanto a su lógica como a su armonía.
Y ya que he hablado de oír y escuchar, recuerdo que don Valentín contaba que en un congreso al que asistía una vez, una oradora dijo a los que estaban sentados al fondo: "¿me escuchan?"- Y don Valentín contestó: “La escuchamos perfectamente pero la oímos muy mal”. Creo que ahí está, admirablemente sintetizada, la explicación a la diferencia de ambos verbos, pues se puede escuchar sin oír nada y se puede oír sin que haya nada que escuchar; oír apela al sentido del oído y escuchar a la voluntad de entender algo que se oye: no se escucha una bomba que estalla a tu lado, pero sí la radio. Y desde luego, no se puede escuchar nada si no puedes oír.
Esta confusión de los sentidos, nunca mejor dicho, se produce también con el de la vista. Ver y mirar son dos cosas bien diferentes, pues se puede mirar y no ver, pero no se puede mirar sin ver. El ejemplo que pone don Valentín en el artículo sobre estos verbos “confusos” vale más que mil explicaciones: “Mira qué pájaro tan bonito”, “¿No lo veo? “Fíjate, allí en esa rama”, ¡Ah, ya lo veo”.
Por otra parte, como no se puede mirar sin ver, ni escuchar sin oír, parece increíble que prevalezcan “mirar y escuchar” sobre el verbo que expresa el sentido que hace posible ambas acciones, “ver y oír”. Según don Valentín ello se debe a que en la actualidad las palabras breves son sospechosas.
Hay otras modas como la de decir “plausible” (digno de aplauso, pero también admisible, recomendable) en lugar de “posible” (que puede ser, que se puede ejecutar) pero la más vergonzosa es la de decir “vergonzante” por “vergonzoso”. Vergonzante es “que tiene vergüenza” y se dice normalmente de quienes ocultan algo porque les avergüenza (pobre vergonzante, es decir persona que aparenta no ser pobre, etc.) y vergonzoso es “que causa vergüenza” (un proceder vergonzoso, un acto vergonzoso, etc.). Hay otras cosas como el llamar poetas a las mujeres y no poetisas, como sería lo etimológicamente correcto, pero ya está bien por hoy.
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