El viernes pasado asistí a una mesa redonda cuyo tema no viene al caso pero es interesante saber que, en cierto modo, tenía que ver con los derechos humanos y, desde luego, con la democracia. En un momento dado su presidente interrumpió el acto para comunicar la noticia de la muerte de Gadafi. El público reaccionó de inmediato con una salva de aplausos. Cierto que aún no se sabían los detalles atroces de dicha muerte, pero aún así... Se conoce que los demócratas estamos en contra de la pena de muerte, pero no de los linchamientos y las ejecuciones sumarias. Esto ratifica mi idea de que la defensa de los derechos humanos han usurpado, sublimándola e incluso anulándola, la compasión. Pero será porque soy muy reaccionaria, sin duda.
Y hablando de Gadafi, magnífica la tercera de ABC que le dedicó el sábado pasado Serafín Fanjul quien traza la trayectoria atrabiliaria y cruel del otrora admirado coronel con mano maestra. Da sonrojo pensar en que los mismos que le encumbraron y jalearon, se felicitan ahora de su caída por la que hicieron poco, tarde, mal y a la fuerza. Luego oigo en un programa de radio a alguien que recuerda la “filosofía política” del ex dictador: no hay gobierno, pero sí comités y asambleas que deciden a cada paso lo que hay que hacer para hundir la vida al prójimo. Una especie de república de plaza de pueblo… como la que quieren los indignados para nosotros, asesorados por los sesudos profesores que asesoran a Chávez, Correa y Evo Morales.
Creo que es lícito alegrarse por la liberación de un pueblo y a la vez rezar por el alma del tirano muerto. Quiero creer que los aplausos obedecían a lo primero, pero, vistas las circunstancias de la muerte y lo que se avecina en Libia, parece que más que ante la liberación de un pueblo estamos ante un episodio de guerra de bandas, tipo Corleone contra Tataglia, a nivel de Estado.
Publicado por: Jesús Sanz Rioja | 30/10/2011 en 21:13