El fin de semana (no éste, sino el anterior) estuve en San Sebastián para asistir a la entrega a José María Aznar del premio anual de la Fundación Gregorio Ordóñez. Precisamente ese viernes 26 de enero yo iba ir al acto del Congreso de los Diputados en memoria de la Shoah, pero como tengo pensado acudir el 5 de febrero al que se celebra en la Asamblea de Madrid, decidí estar junto a Ana Iríbar, la viuda de Ordóñez, con la que tengo el privilegio de compartir lugar de trabajo y me embarqué en un viaje a esa región de España que algunos llaman “el frente”.
Fui en tren. El paisaje se imponía sobre cualquier intento de concentración en la lectura, pues desde Burgos, y hasta el límite mismo de las tierras vascongadas, el blanco meteoro (como llaman los del tiempo a la nieve) daba a los parajes que atravesábamos un aspecto fantasmal más propio de los cuentos de hadas que de la sórdida realidad de la que eran pórtico. Una vez en San Sebastián, frente a la playa de la Concha, la impresión casi dolorosa que produce el espectáculo de la belleza, se veía acentuada por la certidumbre de que la mayor parte de las personas que te encontrabas por la calle eran, en cierto modo, los silenciosos cómplices del verdugo. La falta de libertad era palpable en el hecho mismo de que quienes nos alojábamos en el hotel nos guardáramos muy mucho de expresar cuál era el acontecimiento que nos había reunido o el destino al que nos dirigíamos aquella tarde. Donde hay temor, o simplemente cautela, no hay libertad, eso no tiene vuelta de hoja.
Y sin embargo, no había demasiado revuelo en la entrada del Kursaal. Los indispensables reporteros con sus cámaras y demás aparejos, y, por supuesto, los numerosos escoltas. La sala no estaba abarrotada, pero el lleno era importante y supuse que ahí estaban, además de los pocos foráneos, lo más granado, lo más valiente y lo más heroico de la nada heroica ciudad. Cuando empezaron los discursos no me cupo la menor duda. El agradecimiento de esa gente, a la que no puedo más que calificar de infortunada, ante determinadas palabras se expresó en continuas salvas de aplausos, en los que daban rienda suelta a toda la tensión acumulada, día a día. Aplausos a Carlos Herrera, que conducía el acto, a María San Gil, a Teresa Jiménez Becerril, la hermana del concejal del PP asesinado en Sevilla el 28 de enero, junto a su mujer. Aplausos cuando se referían a España, a la unidad de los españoles, cuando condenaban a los terroristas, cuando rechazaban la negociación con estos, cuando recordaban a las víctimas, cuando criticaban al actual gobierno, en particular a Zapatero. Aplausos a Aznar y a Ana Iríbar, ambos con discursos muy estructurados, de los que se ha hecho eco la prensa. Alguien, no sé si la propia Ana, se refirió también al acto de la mañana, en el cementerio de Polloe, al que asistieron Mayor Oreja y Esperanza Aguirre, que regresaron después a Madrid. No sabíamos todavía, aunque era previsible, que esas flores que colocaron con el respeto debido a los muertos serían pateadas al día siguiente por unos aprendices de terroristas, algunos de sólo 14 años, la misma edad que la del hijo de Gregorio Ordóñez y Ana Iríbar, y esa profanación reafirma mi idea de que con las víctimas del terrorismo ocurre como con los judíos en época nazi (y en otras), que sus vecinos no se atreven a dirigirles la palabra, ni a admitir que les estiman o que les conocen. Hay otro “colectivo” con el que ocurre algo parecido, me refiero a los exiliados cubanos. Pero no quiero apartarme de mi crónica.
Con ser todos los discursos irreprochables, la revelación de la noche fue indiscutiblemente Teresa Jiménez Becerril quien estremeció a todos al explicar hasta qué punto, desde el asesinato de su hermano y de su cuñada, llegó a aborrecer todo lo que hiciera alusión a los vascos. Cuando veía en un restaurante “merluza a la bilbaína”, le daba asco, la mención de las ciudades y excelencias turísticas de la zona, le daban asco. Sin embargo todos parecían comprender perfectamente estos términos tan duros, como también su explicación de que ese crimen ejecutado en Sevilla, contra unas personas que nada tenían que ver con el País Vasco, ratificaba la indudable e indiscutible españolidad de esta autonomía.
Esta mujer joven, con marcado acento sevillano, tiene madera de líder. Lo demostró en San Sebastián y lo confirmó este último sábado durante la manifestación contra el terrorismo, la libertad y el rechazo a la negociación con ETA que reunió en Madrid a más de un millón de personas, poniendo en evidencia la débil capacidad de convocatoria del gobierno, que el 13 de enero se escudó en las organizaciones sindicales y en las asociaciones de ecuatorianos para manifestarse contra el PP y “por la paz”. Teresa Jiménez Becerril habla alto, claro y directo, no tiene problemas de semántica ni se muerde la lengua, ni sus palabras son, como dicen los franceses del lenguaje apañado de los políticos, “de madera”, sino de verdad: sangre, sudor y hierro. No sé si estará entre sus prioridades, pero ¡qué gran presidenta de la AVT se perfila en lontananza!
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