Mi foto

Últimas entradas

julio 2008

lun mar mié jue vie sáb dom
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31      

Álbumes de fotos

Últimos comentarios

Blog powered by TypePad
Miembro desde 11/2005

martes 23 de enero de 2007

Una temporada de cine

Para contribuir a las estadísticas, y sobre todo para distraerme e instruirme llegado el caso, la semana pasada he visto tres  películas, todas ellas magníficas, incluso las que me han disgustado.

Imagescaqd3vx4 La primera fue la de Clint Eastwood,  Las banderas de nuestros padres. Como todo el mundo sabe, va de héroes y ha dado mucho qué escribir sobre si es o no desmitificadora. Tal vez el hecho de que haya decepcionado a los seguidores de este gran cineasta (lo soy, pero sin pasarme) pueda sugerir lo primero, pero creo que es una impresión falsa, inherente a las necesidades del guión. Para empezar porque la historia real que cuenta estuvo bajo sospecha desde el principio. Al contrario de lo que he leído y oído a los detractores de la película, creo que con ella Eastwood ha ayudado a rehabilitar la memoria de esos muchachos, tanto como lo haya podido hacer el libro sobre el que está basada, Iwo Jima: Seis hombres y una bandera, escrito por James Bradley, hijo de uno de ellos. Es más, Eastwood devuelve su dimensión humana al heroísmo. ¡Que importa que “los seis” plantaran la bandera porque se lo mandaron sus superiores  y no motu proprio!  Que en el fragor de la batalla (¡y qué batalla!) no fueran conscientes del simbolismo de su acto, no resta un ápice a la importancia del mismo y, además, redefine la palabra “héroe”: ser humano lleno de imperfecciones que, un día, empujado por el automatismo de la supervivencia y de la disciplina se comporta como un dios y no se envanece por ello. Incluso puede que le avergüence su propia inconsciencia, su ignorancia.

2007010450antonietta Si los chicos de Iwo Jima me convencieron, no podría decir lo mismo de la María Antonieta de Sofía Coppola. La película estraga por su perfección estética como pueda hacerlo un menú compuesto por delicatessen desde los entrantes hasta las mignardises del café (sin puro). Imagino que se llevará todos los Oscares a fotografía, imagen, decorado, ambientación, caracterización, peluquería (sobre todo peluquería) vestuario, etc., de la temporada. Basada en nada, teje su argumento en torno al episodio más irrelevante de la vida de una de las figuras más trágicas de la Historia, el non consumatum est de los ocho primeros años del matrimonio formado por la princesa austriaca y el delfín de Francia, futuro Luis XVI, destinados ambos a una muerte injusta. Si algo nos recordara en la película que la desposada tenía apenas 15 años y el novio 17, quizás se habría podido entender mejor la supuesta torpeza del futuro guillotinado. Eso y que tenía fimosis. Pequeño detalle, al parecer, sin importancia.  Lo único que me gustó (aparte de la estética) fueron los anacronismos musicales. ¡Muy bueno el Carnaval al que acuden los delfines de incógnito! Y termino, porque no quiero que piensen que en el fondo me ha gustado, por eso de que no hay película tan mala (incluso española) que no tenga algo bueno por el que recordarla, sobre todo si además es irreprochable desde el punto de vista técnico.

Asesino_de_robert_kennedy La tercera, y por ahora última película, ha sido Bobby, de Emilio Estévez, el cachorro más hispanizante de los hijos de Martin Sheen, y todavía no salgo de mi asombro. Una serie de personajes confluyen en el mismo hotel (guiño a Robert Altman) donde será asesinado esa misma noche Robert Kennedy, que acude ahí a celebrar su triunfo, todavía relativo, en las Primarias. Tras un planteamiento realmente brillante viene la decepción. De forma asombrosa, yo diría que incomprensible, el director olvida referirse al asesino, el jordano Sirhan Sirhan, a quien no presta la menor atención ni siquiera en las notas que preceden a la lenta ficha técnica del final, donde la voz en off del senador asesinado desgrana una oratoria buenista e impracticable (no hubiera podido cumplir ni la décima parte de lo que dice), que recuerda inevitablemente al discurso que se larga Tolstoi como epílogo a Guerra y paz.  Ni una palabra sobre quien era ni lo que pasó con él. Sólo los que recordamos que el asesino de Bobby, afortunadamente todavía en chirona, era un musulmán fanático y que lo mató para vengarse del apoyo americano a Israel, identificamos al joven árabe que, en un momento dado, empuja la puerta giratoria del hotel, momentos antes del asesinato. Nada más. Y eso, perdonen, es muy grave porque la conclusión que se saca después de ver la película, es que la culpa de que muera ese hombre bonitísimo la tiene su propia perfección (en ese sentido le convierte en un personaje cristológico) que choca frontalmente con la maldad del sistema y de la sociedad americanas y así,  lo que sólo fue una acción de fanatismo islámico premoderno, se convierte, en esta película,  en una secuela más de la guerra de Vietnam y del racismo imperante en la sociedad blanca americana, que nadie niega que existiera, pero nada tiene que ver con este caso. Comprenderán que con la que está cayendo, esta película de propaganda aliancista (de las civilizaciones, se entiende) resulte sencillamente deletérea. Y sin embargo, es la consecuencia lógica de la mentalidad posmoderna, que considera más cómodo y menos peligroso negar la existencia de los verdugos y  culpabilizar a las víctimas que enfrentarse cara a cara con el problema.

sábado 2 de diciembre de 2006

El gran silencio

Reinette_et_mirabelle Recuerdo que en la película de Eric Rohmer, Aventures de Reinette et Mirabelle, las dos protagonistas, Reineta y Mirabel  (y traduzco sus nombres porque la pretensión del autor era referirse a esos dos frutos), discuten si es mejor la corte o la aldea. Mirabel, que es una urbanita irredenta, no soporta el silencio del campo y Reineta, que es de pueblo, le contesta que nada hay más bullicioso que la naturaleza, excepto justo antes del alba cuando, sólo por unos segundos, todo calla. Y la lleva a su pueblo para que compruebe que los insectos, pájaros, animales de la granja, el viento, la lluvia, los torrentes, así como los ruidos del trabajo doméstico y rural, que se van apagando conforme discurre el día, sólo se detienen por completo en ese preciso y brevísimo momento del que prácticamente nadie es consciente.

Que el silencio se oye, lo sabemos todos cuando cambiamos el tráfico de nuestras ciudades por esa mansedumbre. ¿Oyes el silencio? –preguntamos a quien nos acompaña, o lo pensamos si vamos solos– cuando llegamos a algún remanso de paz. Sólo después se empieza a distinguir hasta qué punto ese silencio está poblado de gamas distintas de sonidos que nunca llegan a molestarnos. Por lo cual se podría decir que el silencio es la ausencia de ruidos molestos y ahí entramos en la plena subjetividad. ¿Molesta el ladrido de un perro?  A mí no, y junto a los ruidos que detallaba Reineta, los ladridos en la noche (sobre todo si son aislados) también simbolizan para mí el silencio del campo. Pero nada representa mejor al silencio que ver comunicarse a los sordos entre sí, con su expresivo lenguaje de signos: la contemplación de esa verdadera isla de silencio total en contraste con el bullicio que les rodea, y al que ellos permanecen completamente ajenos, acolcha mis sentidos auditivos con tanta acuidad como lo pueda hacer un día de niebla.

Cartujos Todo esto para llegar a que hace unos días vi el documental de Philip Gröning, El gran silencio, sobre la vida de los monjes en la Cartuja de Grenoble. Es una película larguísima y lo parece. El director nos hace sentir el peso de cada uno de los minutos transcurridos visionándola. Y aun así entiendes que no has captado ni la mitad de lo que debe ser ese remedo de la eternidad que practican en vida los cartujos, como si estuvieran escenificando acá, con toda su humana torpeza, lo que les aguarda en el más allá una vez que hayan sido juzgados, perdonados y recompensados. Al ver y oír todo ese silencio sublimado pensé en dos citas literarias. La primera es de Rimbaud y muy famosa: Elle es retrouvée, quoi? L’Éternité, c’est la mer allée avec le soleil (La han encontrado, ¿a qué?  A la Eternidad, es el mar que se ha ido con el sol); la segunda es mía y corresponde al final de La Asamblea de los muertos: “Silencio: solidaria paciencia de lo vivo rindiendo su tributo ante lo muerto, Secreto: rincón sagrado de imposible perdón. Soledad: agudo son de cristal atravesando el tiempo limpiamente.”

miércoles 15 de noviembre de 2006

Annus terribilis

Th3 Acabo de ver la película de Stephen Frears, The Queen Bien. Es evidente la simpatía del director por el personaje y lo cierto es que consigue transmitirla al espectador. Inútil referirse a la interpretación de Helen Mirren; es la que se podía esperar de una actriz de su talla. Inmensa. Siempre me gustó esta señora y me ha parecido una injusticia que puestos a utilizar una inglesa fetén, en Hollywood hayan preferido a Emma Thompson,  que no le llega al tobillo. Ni siquiera los doce años que las separan lo justifican. La primera vez que vi a Mirren fue en una serie de televisión en la que hacía de inspectora o comisaria, ya no recuerdo bien, porque ha llovido bastante desde entonces. Lo bordaba.

Volviendo a la película, supongo que el guionista de Frears se habrá documentado, por tanto puedo afirmar que me ha decepcionado ver que la reina y su marido duermen en la misma cama. Yo creía que al menos la realeza inglesa llevaría hasta el límite la ausencia total de sensualidad  en sus relaciones, tal como la imaginación plebeya espera (o al menos esperaba) de los monarcas. Es lo menos que pueden hacer a cambio de otros privilegios.  Nada reconforta más que pensar que padecen hemofilia, como poco, o que carecen de vida privada. Además, hay tantas habitaciones en los palacios que hasta parece obscena esa promiscuidad. Como decía Michaux en Un certain plume, los reyes no tocan los picaportes (cito de memoria).

Los hechos que se narran son muy recientes: la muerte, nada ejemplar, de la atolondrada (¡qué buena soy!) de la princesa Diana -Dios la tenga en su gloria-  en las borrascosas circunstancias que todos conocemos. Esa precursora de la decadencia que se ha adueñado ya por completo de la realeza europea, no merecía mejor trato a raíz de su muerte que el que le pretendía dar la Reina Isabel, con toda la razón del mundo, de no habérselo impedido su recientísimo primer Ministro, Tony Blair (muy buena también la caracterizacion del actor), que ejerce de alfil de la reina en el tablero. No así su mujer, Cherie que se presenta como la típica progre, vulgar y topiquera.

Los movimientos de masas suelen ser temerosos y si el motivo que los provoca es como el que nos ocupa, resultan sencillamente aterradores. También nosotros, los españoles, salimos a la calle en masa, en una manifestación sin precedentes.  Fue unos días antes, en julio de ese mismo año, 1997, cuando los que hoy están negociando con el gobierno asesinaron a Miguel Ángel Blanco de aquella manera. Pero hay jerarquías en las motivaciones. A nosotros nos movía la indignación, a ellos, la histeria. En lo único en que se parecieron ambas situaciones fue en su espontaneidad, surgida directamente del pueblo. Lo que pasó en Inglaterra fue otra vuelta de tuerca a la posmodernidad. Fue una epidemia, un síntoma colectivo de esa encefalopatía espongiforme bovina, que surgió precisamente por aquellos años y que se extendió muy pronto al resto de Europa. Un annus terribilis, ciertamente.

jueves 22 de diciembre de 2005

Lutero y los textos sagrados

Vengo de ver la película "Lutero", de Eric Till, y me ha parecido bastante interesante. La primera parte está hecha para que sintamos ganas de hacernos luteranos, pero se te pasan en la segunda, cuando ya las ideas de Lutero han ganado y los príncipes electores plantan cara al Emperador Carlos V y empiezan las revueltas y las matanzas por asuntos de religión. La película también flojea por la torpe introducción de un erotismo que, ni siendo de baja intensidad, consigue verosimilitud, referido a una persona tan torturada como Lutero. Todos sabemos que se casó con una monja exclaustrada, Catalina de Bora (seguro que no era ni la mitad de sexy que la actriz que la caracteriza) pero también que al matrimonio no se llega tan sólo por la fuerza de la lujuria. La época está, supongo, bien documentada. Algunos han criticado la caracterización negativa -incluso repulsiva- de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana de la época. Pero es que los tiempos eran así, y esa misma Institución lo reconoce y ha pedido disculpas por esos y otros excesos del pasado. En la película hay una escena muy interesante que transcurre en la imprenta donde Lutero publica su traducción al alemán de la Biblia, ese texto con el que arranca la lengua alemana su intensa carrera literaria, y me acordé del artículo que he leído en “Le Figaro” esta misma mañana. Trata de una exposición en la Biblioteca Nacional en París donde se muestran las vicisitudes de la impresión de los textos fundadores de las tres religiones monoteístas. Hay manuscritos, planchas de imprenta, gráficos y todo tipo de papeles y documentos. Como reza la propaganda: tres mil años de historia sagrada a nuestro alcance. Pues bien, ahí verán un hecho muy significativo. Así como la Biblia de Gutenberg sale en 1455, y el Talmud se imprime en 1530-1523, el Corán sólo conoce dos impresiones, y las dos europeas, antes de que a finales del XIX se levante la prohibición de imprimirlo en tierras islámicas. La primera es obra de Abraham Hinckelmann, un pastor orientalista de Hamburgo e iba dirigida a los eruditos europeos. La segunda se hizo bajo la advocación de Catalina II en Rusia, a finales del XVIII. Creo que estas fechas comparadas son muy ilustrativas. Que cada cual saque ahora las conclusiones que le parezca.