Hoy se cumplen 216 años del asesinato de Luis XVI. A continuación hago una breve recopilación de opiniones de autores franceses, situados a uno y otro lado del espectro moral, sobre ese pobre e infortunado monarca.
Chateaubriand dijo refiriéndose a él: "El respeto que deben inspirar la virtud y la desgracia del Rey santo y mártir hace todo juicio humano casi sacrílego" (Mémoires d'Outretombe, 1ª parte, Libro V, 10. El Rey es llevado a París) y Albert Camus, en L'Homme révolté: "Es un repugnante escándalo haber presentado como un gran momento de nuestra historia el asesinato de un hombre débil y bueno". Por último, Ernest Renan: "El asesinato del 21 de enero fue la más vergonzosa profesión hecha nunca de ingratitud, bajeza y olvido del pasado".
Por su parte "los valientes asesinos y libertadores patriotas" dijeron: "No se trata de juzgarlo, sino de matarlo. A los reyes se les golpea en la cabeza" (Danton); "Luis debe morir para que la patria viva" (Robespierre) y, por último Saint Just, el padre del totalitarismo según Albert Camus: "Todo rey es un rebelde y un usurpador. Hay que vengar el asesinato del pueblo con la muerte del rey. Nadie puede reinar inocentemente".
Y este el relato de uno de los crímenes más injustos y más jaleados de la Historia (sin olvidar el de María Antonieta) extraído de la página
http://louis-xvii-of-france.blogspot.com/2009_01_01_archive.html
“¡A este fin, entonces, has llegado, oh, infortunado Louis!”
Al oscurecer del domingo 20 de enero de 1793, alguien tocaba a la puerta del número 483 de la Rue de Bac y le pidió a quien abrió que lo siguiera a la sala de sesiones del consejo de ministros revolucionarios. El desconocido lo llevó al Palacio de las Tullerías (Azulejos) donde fue enterado, para su espantosa sorpresa y tremendo pesar, de la penosa y triste misión para la que fue llamado: Administrarle los últimos auxilios espirituales al Rey Luis XVI.- El sacerdote era el Abad Henry Edgeworth, de origen Irlandés.-El mismo Rey había solicitado al padre Edgeworth.
Después de tener preso al Rey y a su familia desde 1791, en el intento de fuga de Francia (Varennes), primero en el Palacio de las Tullerías (Azulejos) y más tarde en el Temple, los diputados de la Convention Nationale, dominados por el multi-asesino e “idealista democrático” Robespierre, después del ILEGAL y SUCIO proceso, votaron por la muerte de su soberano. Entre los votantes a favor del regicidio, estaba el Duque de Orleáns, Felipe Igualdad (Philippe Egalité), primo del Rey y otros traidores aristócratas y la bien llamada chusma sacerdotal.
A las cinco horas de la mañana del lunes 21 de enero de 1793, el Sr. Cléry, valet de cámara, despierta al Rey que había dormido profundamente esa noche, después de haber cenado y de haberse despedido dolorosamente de su familia. Le arregla el pelo. Mientras, el Rey toma un anillo de su reloj, era su anillo de bodas que ahora iba a regresarle a la Reina María Antonieta como una muda despedida. A las seis y media de la mañana, le fue administrado el sacramento de la eucaristía y continuó rezando por un rato y después estuvo en conferencia con el sacerdote Edgeworth. Decidió no ver a su familia, sería muy difícil de soportar.
A las ocho, entran al Temple los guardias municipales, el Rey les entrega su testamento, mensajes y efectos personales, los que, ellos, brutalmente se niegan a recibir, entonces el monarca les da un rollo de piezas de oro, 125 luises de oro para que se le entreguen al Sr. Malesherbes, quien se los había prestado. A las nueve, Santerre, avisa que ya es hora. El Rey pide tres minutos. Al término de ese tiempo, Santerre de nuevo avisa que ya es hora. Poniendo firmemente su pie derecho en el piso, Luis responde “Vamos”. Todos los espacios del Temple son invadidos con el redoblar de los tambores y, por supuesto, resuenan lastimando el corazón de una esposa, que pronto será viuda. Se ha ido y no se despidió. La Reina llora amargamente al igual que la hermana del Rey, Madame Elisabeth y los niños Madame Royale (14 años) y Luis Carlos (7 años).- Pero, también sobre ellos cuatro flota la Muerte, todos morirán espantosamente, excepto una, la Duquesa de Angouleme, ella sobrevivirá pero no con felicidad. Jamás. Ella quedará marcada para siempre por el tormento.
En la puerta del Temple, se oyen, aunque débiles, unos gritos de mujeres piadosas: “¡Gracia, Gracia!”; el resto de las calles esta silencioso como una tumba. Todas las tiendas están cerradas. Todas las ventanas y balcones cerrados. No se permite el tráfico, mas que en una sola. 80 mil hombres armados en fila a lo largo de la calle. Es una ciudad como encantada con silencio y piedra, un carruaje con su escolta, avanzando lentamente, es lo único que se escucha.
Luis Augusto lee en su Devocionario las oraciones de los Moribundos, el ruido de su marcha de la muerte llega a sus oídos dentro del pesado y espeso silencio, pero su pensamiento se vuelve hacia el cielo y olvida la Tierra.
Los acelerados habían advertido al pueblo que aquel que insultara al Rey, sería apaleado y aquel que lo vitoreara sería decapitado. De ahí reinaba un silencio sepulcral.
Al dar las 10 horas, va a la Plaza de la Revolución, antes Plaza Luis XV: Ahí está la guillotina montada cerca del pedestal donde una vez estuvo ubicada la estatua de su abuelo. Alrededor, los cañones y hombres armados. El Duque de Orleáns, en buen lugar, dentro de su cabriolet, ansioso, expectante, esperando se cumpla su deseo largamente acariciado: la muerte de su primo que significaba la eliminación del obstáculo que se atravesaba en su camino hacia la corona Francesa.- Inocente pobre amigo, su corona sería de huesos y su manto un ataúd corriente relleno de cal viva, pues él seguiría a su primo, por el mismo sendero hacia la muerte, condenado por sus mismos cómplices, 15 días antes de cumplirse los diez meses del asesinato del Rey y sus restos quedarían dispersos mezclados con todos los demás guillotinados, haciendo honor a su epíteto: "igualdad".
La Convention, cual parvada de buitres, está cerca, esperando saborear su venganza por el asesinado Marqués Lepelletier Saint-Fargeau. A éste ya lo había despachado por delante un ex guardia del Rey, la noche anterior en un restaurante del Palais Royal, se dice que por encomienda del Barón Jean de Batz.
Sin poner atención a nada de eso, Luis continua leyendo sus plegarias, cinco minutos después de terminar, el carruaje se abre. ¿En que estado de ánimo se encuentra? Diez diferentes testigos darán diez diferentes versiones. Él está en el encontronazo de todos los estados de ánimo, llega ahora al oscuro Mahlstrom y desciende hacia la Muerte, en pesar, en indignación, en resignación, luchando por resignarse. “Le encargo al Sr. Edgeworth, que no sea insultado ni molestado” le dice con firmeza al teniente que está sentado con ellos, luego, los dos descienden.
Los tambores continúan batiendo: Con su voz terrible ordenan: “¡Cállense, silencio!”. El Rey sube al patíbulo, no sin demora, lleva un abrigo de color café rojizo, pantalones color gris, medias blancas. Se quita su saco, trae una camisa de franela blanca. El padre Edgeworth se sorprende al ver el gran valor del Rey.- Los verdugos se acercan para atarle las manos: él no lo acepta, diciendo que él no es un criminal, lucha, se resiste, les dice: “Hagan lo que se les ha ordenado hacer, pero no consentiré que me aten”, el sacerdote, le recuerda como el Salvador, se sometió a ser atado. Entonces, el Rey permite que le aten las manos. Su cabeza es descubierta, llega el momento fatal. Avanza hacia la orilla del patíbulo, su rostro “muy rojo” y dice: “¡Franceses, muero inocente, es desde el patíbulo y cerca de comparecer ante Dios que así les hablo. Perdono a mis enemigos y ruego a Dios que mi sangre que van a derramar, no caiga sobre Francia...” Un general a caballo, tal vez Santerre, u otro, grita; ¡Tambores!. El redoble ahoga la voz del Rey. Los verdugos, desesperados, y con miedo de ser ellos mismos asesinados (pues Santerre y sus soldados les dispararán si no ejecutan al Rey), toman al Rey, seis de ellos desesperados, él solo desesperado, luchando y lo atan a la plancha. Con toda seguridad, sus últimos pensamientos fueron para sus acongojados seres queridos en el Temple, sobre todo el destino de sus hijos, y más que nada para el pequeño Luis Carlos, rogando a Dios, aunque sin muchas esperanzas, que su situación mejorase.
El sacerdote, le dice: “¡Hijo de San Luis, asciende al Cielo!”. Se oye el chasquido del hacha que cae, la vida de un rey segada. – Luis Augusto de Borbón, tenía 38 años, cuatro meses y veintiocho días.
Así terminan los días del Rey más virtuoso de Francia, mártir de una caterva de acelerados."
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