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domingo 6 de enero de 2008

Los Reyes Magos

Libro_de_visitantes Con la aparatosa llegada de los Reyes Magos a todos los hogares se prolonga y se terminan en España las fiestas de Navidad. Los Magos advirtieron una señal en la estrellería y la siguieron hasta verla hecha carne en un establo, en Belén. Importa poco si fueron tres o cuatro, ni si es verosímil que pudieran hacer ese viaje en tan corto espacio de tiempo, lo que importa es la carga simbólica: respeto y regocijo ante la esperanza, siempre renovada, de que sobrevenga un nuevo orden que mejore las cosas, tan revueltas, de los países y de las personas. Por muy conjugado que haya sido ese gran acontecimiento en todos los modos y tiempos artísticos, por mucho que haya ido adaptándose a las costumbres de cada época, la manera más imaginativa de recrearlo sigue siendo el Belén o Nacimiento, desde que se inventara en Nápoles, allá por el siglo XVIII, y a este respecto Caja Madrid ha echado los restos con un magnífico Belén napolitano con el que ha temblado, nunca mejor dicho, el Misterio.

En torno a éste (la Virgen María , San José y el Niño Jesús), que permanece inmutable, cada cual es libre de armarlo como quiera, y contar en él lo que le parezca. A la rica y magnífica bibliografía sobre este tema, hecha de poemas, cuentos y villancicos, hay que añadir ahora el Libro de Visitantes de José Jiménez Lozano. El relato está armado exactamente como un Belén, y distribuido con el mismo detalle y mimo con el que cada cual, en su casa, narra esta historia inmortal a través de las figuritas que va adquiriendo año tras año. Son igualmente imprescindibles la mula (JJL la hace habladora) y el buey, que calientan y protegen el improvisado paritorio. Los pastores no pueden tampoco faltar. Acuden a la cita, avisados por los ángeles, los pastores con sus ovejitas y sus burritos cargados de humildes regalos. También hay posaderos sin corazón, mujeres piadosas que ayudan en lo que sea, niños traviesos que ofrecen gallinas robadas al Niño, soldados romanos, sobrecogidos por esa luz que inunda de manera increíble el mundo, mercaderes astutos que tras la visita de los Astrólogos huelen el tráfico de reliquias. El establo está a rebosar de personas y de animales.

La noche es fría y llena de prodigios. Entre ellos una estrella cometa cuya estela siguen tres Reyes Astrólogos, advertidos por el cobarde y malvado Rey Herodes (a quien JJL se permite la ironía de convertir en un moderno líder político, muy preocupado por su imagen) de que ahí se está fraguando algo muy grande, hasta que llegan al establo y completan con su visita el retablo… Y como en esos belenes caseros en los que los niños ponen un dinosaurio, un tanque o un indio apache, Jiménez Lozano, tras la visita al establo de los “tres de Oriente”  introduce la de otros cuatro Magos universales: Descartes, Pascal, Hegel y Spinoza. No podía el Niño soñar con más destacados maestros. Ni tan bien buscados. Lástima que Dios no juegue a los dados.

domingo 18 de noviembre de 2007

Ritos anuales

No me tengo por una persona tranquila (en el sentido de “sin inquietudes”), al contrario. Me jacto de interesarme por todo, de estar abierta a las novedades, de no rechazar nada de plano (a no ser que lo conozca muy bien y me disguste), de escuchar y, sobre todo, de actuar. Aquí está mi perdición, hago tantas cosas, me lío tanto, acepto tantas tareas y se me ocurren tantos proyectos que no me queda tiempo para recrearme en mí misma, cosa que también me gusta, como resulta evidente.

Este preámbulo tiene por objeto explicar cómo, no siendo rutinaria, soy sin embargo ritualista. No me refiero a los ritos anuales, más o menos colectivos, que nos dicta (o sugiere) el calendario sino aquellos, totalmente privados, que nos imponemos nosotros mismos, como es mi caso. Seguro que hay otras motivaciones ocultas, burdo sería el negarlo, pero ¡ay! me temo que sean insondables. Mi asiduidad, me consta, admira (y exaspera) a algunos de mis amigos y desespera a mis enemigos. Pero yo no defraudo ni a unos ni a otros.

Por ejemplo, Las Jornadas de Traducción Literaria de Tarazona. Llevan quince años celebrándose y he asistido a todas, aunque no siempre me han invitado sino que, las más de las veces, he tenido que pagar como cada quisqui y residir, si se tercia, en la austera hospedería del Seminario Diocesano. ¿Por qué? Pues porque, absurdamente, me siento vinculada al proyecto de la Casa del Traductor, en cuyo patronato estuve en sus orígenes, por razones que preferiría olvidar pues están ligadas a una de las etapas más antipáticas de mi carrera profesional (fui Presidenta de APETI hasta que los intérpretes jurados dieron un sucio golpe de estado, pero este capítulo lo dejo para mis memorias, eso sí, sin mencionar nombres no vaya a ser que les guste), y aunque ya nada tenga (afortunadamente) que ver con la gestión institucional de la Casa, en ningún sentido, siento que es mi deber asistir puntualmente, de no impedírmelo mi estado de salud y, cosa rara, jamás he estado enferma esos momentos –puro otoño– tan peligrosos como bellos. 

Hay en esas Jornadas (he hablado mil veces de ellas), algunos fieles, en general profesores universitarios o traductores literarios profesionales, tan avezados y resabiados como yo, que acuden a la cita con bastante asiduidad. Los encuentro ahí, año tras año, pero alguna vez han faltado. Yo no. Han cambiado los directores de la Casa del Traductor, desde el fundador, Francisco Uriz, pasando por Maite Solana y ahora Mercedes Corral; ahí estoy yo para felicitar al nuevo y recordar a los anteriores. Han cambiado también los alumnos de las distintas facultades de traducción que proliferan por el suelo patrio y que acuden a Tarazona, llenos de curiosidad y, a veces, de sano escepticismo. Estos muchachos, “absolutamente modernos” se muestran generalmente ajenos, cuando no contrarios (benditos sean) a la politización que marcó a los que han dirigido y todavía dirigen las asociaciones profesionales de traductores y de escritores en nuestro país y regiones adláteres. Ahí estoy yo para comprobar y regocijarme de que no entiendan las alusiones políticas al uso, bueno, mejor sería decir “al desuso”, con que salpican sus discursos muchos de los protagonistas.

Cosas de viejos, les digo, que no saben adaptarse a la democracia. Porque aunque hay de todo, desde luego, prevalece la vieja guardia. Huelga decir que de signo izquierdista, pero lo explicito por si acaso alguien se equivoca. Esto tiene una explicación que se hunde en el pasado. Dichas asociaciones fueron creadas, por lo general, en época franquista y estaban concebidas no sólo como un instrumento de reivindicación laboral, al amparo de la ley, sino también como un cómodo refugio de disidentes que veían así la posibilidad de reunirse y de viajar. Esto ha durado mucho tiempo y todavía hay algunos supervivientes de esa época que siguen liderando las asociaciones y propiciando la sucesión con nuevas oleadas de nostálgicos que, por edad, lo son de lo desconocido. Eso es lo malo, que no han sabido adaptarse a los tiempos y todavía creen que luchan contra el maligno cuando en realidad luchan contra sus propios fantasmas.

Por último está el aliciente estético: la hermosura apabullante del trayecto, que yo hago por la carretera de Burgos, vía Riaza, Ayllón, San Esteban de Gormaz, El Burgo de Osma, Soria, Ágreda, hasta llegar a Tarazona. Esta ruta, a diferencia de la oficial (la autopista de Barcelona), además de menos frecuentada, todavía está llena de tramos ribereños que despliegan en su arbolado, y con todo lujo de detalles, la riqueza cromática de la estación otoñal. Sólo por eso vale la pena desplazarse hasta Tarazona. No creo que hubiera sido tan fiel de realizarse esos comicios en invierno, ni tan siquiera en primavera o verano, a pesar de haber quedado contagiada, desde muy joven, por el virus de la traducción, contra el que no hay vacuna, ni cura, ni falta que hace.

jueves 1 de noviembre de 2007

Nuestros fieles difuntos

Hoy, Día de Todos los Santos y víspera de Difuntos,  recuperada la salud y el seso y cosas igualmente importantes como el sosiego, pongo por caso, he decidido regresar a ese desafío que, hará pronto dos años, lancé al ciberespacio cuando creé este blog, ¡ay! tan desatendido últimamente. No es la única vez que me ausento, pero esta vez he superado mi propio récord ¡tres meses! Y sin embargo, no he dejado de recibir un número de visitas lo suficientemente grande como para incrementar proporcionalmente  mi culpabilidad. Lo cierto es que no se puede tirar la piedra y esconder la mano,  nadar y guardar la ropa,  estar en misa y repicando. Quien la hace la paga, etc. etc... 

No es casualidad que haya elegido este día para iniciar mi rehabilitación. Estas fechas, y lo que conmemoran, me han estremecido siempre de manera especial, al ir vinculadas al recuerdo de mi abuela, la cual, como pagana que era,  no nos ahorraba ninguno de los aspectos más escalofriantes de los cuentos y consejas que las rodean. En consecuencia, no puedo evitar hacer recapitulación de mis sentimientos hacia  nuestros "fieles difuntos"  (de pequeña, lo de fieles lo entendía como adjetivo y no como el sustantivo que es y me parecía injusto que todos los difuntos merecieran ser llamados así, sin distinción de virtudes ni felonías), a quienes debemos un piadoso recuerdo y una oración e incluso, si se puede, una visita al cementerio ¿por qué no?

Como cada año, esta noche también encenderé las lamparillas de las que hice acopio hace tiempo en la tienda de "El Mielero", en Riaza, hermoso lugar donde me refugio los días de asueto y, si no fueran suficientes, consumiré las velas que sean precisas para honrarlos. La lista es, lógicamente, más larga que la del año pasado y esta vez la tengo que encabezar con pérdidas especialmente dolorosas para mí como la de mi madre, una mujer intensa y complicada a la que supongo que me parezco cada vez más, excepto en lo político.

Cuando estalló  la guerra, ella, que pertenecía a una dignísima dinastía obrera, militaba en la CNT, llegando a ser Secretaria de las Mujeres Libres de Vallecas, su barrio. Pasó después dos años en la cárcel (dramática experiencia que la traumatizó duramente) y luego se casó y tuvo siete hijos. A pesar de la prosperidad económica que mi familia llegó a alcanzar a los pocos años de terminada la guerra, gracias a determinados contactos y a la astucia de mi padre  (por eso pudieron llevarnos al Liceo Francés y por eso me hace tanta gracia  la ridícula leyenda que  sostiene que los represaliados no podían abrir una cuenta en el banco, cosa que he oído recientemente con el lógico estupor), mis padres, y en particular mi madre, se consideraron siempre "rojos" (era el término que ella utilizaba, con orgullo y sin rubor alguno, rodeada de los cuadros y objetos valiosos de su lujosa casa) y, aunque no estimaban demasiado a los comunistas, pues no en vano persiguieron y mataron a los anarquistas durante la guerra,  la derrota común y el sentimiento antifranquista les llevó a unirse. Durante años, muchos -en su mayor parte pintores y poetas- de los que, o bien no se habían exiliado, o no estaban en la cárcel (o después, cuando salieron de la cárcel o volvieron del exilio), pasaban por la casa de mis padres los domingos a celebrar reuniones semi clandestinas en las que se comía, bebía y (eso era lo que a mí más me gustaba) se cantaba un nutrido repertorio revolucionario -desde "La polonesa" hasta "Ay Carmela", pasando por "Hijos del pueblo que oprimen cadenas" y muchas más- que haría la envidia de Zapatero y de todos los que ahora van alardeando por ahí de familia republicana.  Pero esto lo he reflejado en parte en mi novela Nadie dijo que fuera fácil , hecho que mi madre no me perdonó  jamás ya que consideraba, con razón, que les presentaba como unos burgueses vergonzantes y unos revolucionarios de pacotilla.  Dios me perdone.

Pues bien, para ella, para mi madre,  flotarán esta noche en mi casa todas las  lamparillas y velas que me queden, sin olvidar  dedicar algunas - si pudiera un millar-  a mi tío Antonio González, pintor y escultor, discípulo de Vázquez Díaz, a quien debo, además de una magnífica cabeza en piedra de Sepúlveda, para la que le serví de modelo a los 10 años,  la imborrable experiencia de mi primera visita al Museo del Prado a los siete: cuando vi el "Saturno devorando a sus hijos" de Goya, quedé paralizada de terror, y tuve pesadillas  durante mucho tiempo. Eso me creó una aversión inveterada por las escenas de violencia pero, afortunadamente, no por el Museo del Prado ni por mi tío que fue un ejemplo de bondad y de honradez intelectual toda su vida. Ahora puedo mirar ese cuadro de frente, con la repugnancia que me merece  y sin embargo no puedo ver películas tipo "la matanza de Texas". No maduramos.

Diderot Volviendo a Goya, cuando hace unos años traduje "La carta sobre los ciegos" de Diderot, encontré una reflexión sorprendente que me permitió comprender muchas cosas. Para reforzar su teoría de que la dignidad humana entra por los ojos, el filósofo ponía como ejemplo de extrema y casi inimaginable crueldad el que a un pintor se le pudiera ocurrir representar en toda su crudeza cosas tan terribles como ¡Saturno devorando a sus hijos!, pues la visión de ese horror (siempre según Diderot) sería insoportable para la sensibilidad de cualquier ser humano y, de ocurrir lo contrario, algo malo le pasaría a esa "condición humana". Cuando escribió esto faltaban unos cuantos años para que naciera el pintor que se atrevió a hacerlo. Ese inesperado encuentro literario me ha ayudado a reforzar mis sentimientos ilustrados, asumiendo su evidente ingenuidad, y a expresar sin complejos la repugnancia que todavía experimento al respecto. ¿Maduramos?.

domingo 3 de junio de 2007

El Círculo Sagrado de París

Portroyal1 ¡Que barbaridad! Hace dos meses no me asomo por la quimera y no por eso he medrado en otros ámbitos. Todo por culpa del tiempo. Con el tiempo pasa eso, que pasa… Ilusión es creer que porque dejemos de hacer algo será en beneficio de lo que tenemos que hacer de todos modos, como trabajar por ejemplo. Me ha pasado con mi quimera como con esos amigos muy queridos a los que por no hacerles una llamada o una visita que tememos corta acabamos por no llamarles nunca. Sin embargo tampoco he abandonado del todo a los que se dicen mis “huérfanos” (iojanan, M., vuestra orfandad me abruma y reconforta y vosotros, amigos que me habéis reprendido por otros medios, gracias por no olvidarme), pues cada lunes, he colgado escrupulosamente en silva de varia lección (la otra página que alberga la quimera) los artículos que iba publicando en “La Gaceta de los Negocios” con puntualidad mercenaria. Tal vez hubiera debido –y eso haré a partir de ahora- poner el enlace en mi página principal. Así no podré resistir la tentación de completar la entrada, aunque sea brevemente. ¡Como si no hubiera material fuera y dentro de nuestras fronteras para nutrir nuestro imaginario! Tal vez ese exceso de material haya supuesto también un problema a la hora de escoger tema… ¡Pero basta de excusas! Como decía John Ford en “La legión invencible”, disculparse es un signo de debilidad y no es precisamente el momento de aflojarse.   

Saintetiennedumont Empezaré por lo que no comenté en abril, mes que pasé casi por entero en Francia y en Bélgica y hace tiempo que no saqué tanto provecho de un viaje que fue mitad de vacaciones y mitad de trabajo. Eran los días anteriores a las elecciones francesas y pude palpar muy de cerca la repelente ñoñería de la izquierda y la vitalidad de la derecha. Vi cómo la que se pretendía Juana de Arco se convertía en la madrastra de Blancanieves y como el “lobito bueno” desdeñaba comérsela en persona para entregarla a las fauces de las urnas. Visité Port-Royal-des-Champs, sus desoladas aunque ordenadas ruinas. Paseando por La Solitude, me hice la ilusión de que captaba la « presencia real», el solitario desdén de esos señores y señoras jansenistas a los que tanto odiaba Luis XIV y pensé en José Jiménez Lozano, que los añora y que tanto ha hecho para contagiarnos a los demás esa admiración, esa añoranza. Por la tarde rematamos esa visita, realmente campestre (¡qué bien se portó la naturaleza aquel día transparente y lavado!) honrando la memoria de los alumnos más aventajados de ese interesante movimiento espiritual, los señores Pascal y Racine, cuyos restos reposan en la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, en español San Esteban del Monte, o montés, que me gusta más. Esa iglesia es sensacional y constituye el epicentro de lo que un personaje de la novela de Max Gallo que estoy traduciendo denomina “el Círculo Sagrado de París, que es como decir de Francia”, formado, además de por la citada iglesia, por Notre-Dame del Sena, las arenas de Lutecia, las murallas de Felipe Augusto, la Sorbona, el Panteón y la antigua vía romana que ahora es la rue Saint-Jacques (la de la torre vacilante del poema de André Breton). Para rematarlo en San Esteban están las reliquias de Santa Genoveva, la patrona de París que salvó a la ciudad de las hordas de Atila. Como creo que me estoy pasando (y hasta puede que cometiendo una indiscreción editorial) me callo por hoy y confío que por poco tiempo.

martes 3 de abril de 2007

la Biblia según los socialistas

Me cuenta un testigo directo que, en Medellín, durante el ya clausurado IV Congreso de la Lengua, Mercedes Cabrera, ministra que es de Educación del gobierno de Zapatero, inició su único discurso con la siguiente cita: “como dice la Biblia, en el libro del Génesis, en el principio fue el Verbo”.

Juan, el Evangelista, cuando escribió estas palabras no podía sospechar que iba a ser descubierto su plagio tan fácilmente. Lo cierto es que los representantes de las muchas academias que tiene nuestra amada lengua se daban codazos y cierto rector español, cuyo nombre me encantaría poder decir, pero ¡ay! omitiré, comentó: “menos mal que los medios no se han dado cuenta”. Los medios no, pero los asistentes sí y a nadie se le pide secreto de confesión en esos cotarros, que yo sepa.

Lo de confundir a los clásicos tiene una larga tradición socialista. La anécdota de Felipe González, acariciando una testa infantil llamada Héctor y felicitándose de que la gente pusiera a sus hijos nombres “bíblicos”, es casi una leyenda urbana.

Por su parte, Rosa Regás, siempre docta, explicaba a una de sus famosas nietas que Barrabás, del que la niña no había oído ni hablar, era uno de los ladrones que crucificaron junto a Jesucristo, y lo ponía como ejemplo de lo desinformada que está la juventud en materias tan importantes para el “imaginario” literario. A la pobre la educaron en la más rancia tradición nacionalcatólica pero hace ya tanto que se le habían olvidado los detalles.

Porque, según ha contado la gran escritora a un periodicucho de su cuerda –esto es de extrema izquierda- de Buenos Aires, a ella siempre la ha perseguido la ultraderecha. Y lo siguen haciendo, de forma que cuando sale a la calle, en Madrid claro, la gente la escupe y la insulta.  Los taxistas la echan de sus vehículos en cuanto la reconocen –sabemos lo ilustrado que es el gremio-  y doquiera que vuelva sus ojos no encuentra más que desprecio a su alrededor. Todo  porque ella es muy valiente, muy roja y sobre todo muy importante, y porque Madrid está lleno de ultraderechistas.

Cada vez que la invitan al extranjero la buena señora no pierde la ocasión de renegar de su país y de rebajar el valor de nuestra democracia. Supongo que al leerla creerán que Zapatero gobierna de milagro, cercado por un lobby fachendoso que le impide sacar a todos los criminales de la cárcel y llevar adelante su fabulosa Alianza de civilizaciones… en Afganistán. La niña mimada de todos los regímenes, ingrediente de todas las sopas, jaleada, premiada y recompensada bajo Franco, bajo el PSOE y bajo el PP, quiere seguir llamando la atención de sus compañeros de juegos, quiere ser patética, y vaya si lo consigue.

viernes 2 de marzo de 2007

Acontecimientos de la irrealidad inmediata

Jmcalleja Ayer, día que el gobierno convirtió  en "el día de la Bestia",   mientras la gente se dirigía indignada hacia el Ministerio del Interior para protestar por la infamia, yo asistía, a unos pocos metros de ahí, a la presentación del libro de José María Calleja, Castro, la mentira barbuda. La transición de Cuba a la democracia. La sala no estaba ni la mitad de llena que si el libro hubiera tratado de lo que se le supone “lo suyo”, es decir, el País Vasco, pero tampoco estaba vacía. Calleja narra en el libro lo que él ha visto en sus viajes a Cuba, la pegajosa realidad de un país bajo vigilancia intensiva, donde hay todavía 24 periodistas encarcelados, como mencionó Raúl Rivero, que le servía de presentador y que, como recordarán, escapó de esas mismas cárceles, entre otras cosas por la presión española. Una operación de salvamento que inició el PP y que remató el PSOE en la graciosa personita de Trinidad Jiménez, ingerencia que no sé si le habrán perdonado todavía, pero recuerdo con qué alegría presentaba ella al poeta, recién llegado a España, al “todo Madrid”, acompañada de Carmen Calvo y ninguneando, como suelen hacer los políticos, en particular, los de izquierdas, a quienes les precedieron en esa misión salvadora, como si la idea fuera enteramente suya. Fue, recuerdo, un acto semiclandestino, en el que no hubo convocatoria pública, y las invitaciones se hicieron por teléfono, lo que no impidió que hubiera un importante despliegue de "medios amigos". ¡Y los organizadores pretendían que aquel acto no fuera "político" sino "literario"!, como si tal cosa fuera posible estando esas señoras, y Fidel Castro, en juego. Ellas de cuerpo presente y él por alusiones.

Volviendo al libro de Calleja, basta con mirar el índice para comprender que no hay llaga en la que  no hurgue, ni realidad, por poco comprometida que sea, que se le escape. Particularmente atractivo es el último capítulo, titulado “La fascinación de Castro. Los mariachis españoles del dictador”, en el que arremete de manera muy especial contra Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique), uno de los periodistas más glamourosos de la izquierda tonta y mala, el cual, unos meses antes había presentado su apología del dictador cubano con un lleno absoluto en esa misma sala.  Lean y saboreen este extracto:

“Como un cura casposo del régimen nacionalcatólico del franquismo, Ramonet lleva viviendo años del cuento  de amenazarnos con el fin del mundo por culpa del pecado del capitalismo y sigue defendiendo, a fecha de hoy, el paraíso de Fidel. Ese reducto exótico, esa dictadura con barba que ha plantado cara al enemigo principal: Estados Unidos.

Ramonet defiende a Castro como quien acaricia un bob tail con una copa de bourbon en la mano y la chimenea encendida al fondo del salón del chalé.”

Max_blecher Magnífica de veras esta cala que augura lo mejor sobre el libro. Y si hicieran falta más argumentos, baste el hecho de que aquellos mismos que en su momento aplaudieron la biografía “a dos voces” de Castro/Ramonet, califican con mucho desprecio al libro de Calleja de “flojito”.  Calleja no se muerde la lengua, ni cuando habla del País Vasco, ni cuando habla de Cuba. Para plasmar su poco aprecio al régimen cubano llegó a afirmar prefería morirse de aburrimiento tomándose un café con leche en Suiza que “divertirse” de lo lindo bebiéndose un daiquiri en la Isla desafortunada, lo cual me recordó aquella frase de González cuando dijo –antes de la caída del Muro- que prefería morir de un navajazo en una esquina de Nueva York que vivir un día en la Unión Soviética (o algo parecido).  Calleja , que trabaja donde trabaja (CNN plus) y que sigue considerándose de izquierdas (enfermedad de la que acaban siempre por “curarte”), mencionó los penosos acontecimientos del día, es decir, la victoria de ETA, quejándose de que le habían hundido ese acto de presentación y que estaba visto que no podía quitarse la chapela ni un segundo de su vida desde hacía veintitantos años.  Acto seguido, muchos de los que ahí estaban se fueron al Ministerio del Interior, menos yo que me fui a la radio, porque tenía que hablar de un libro de un escritor rumano, Max Blecher, el cual, a pesar de estar a años luz de todo lo que pueda tener que ver con la política y la prosa de la vida (lírica pura), sin embargo tiene un título que le hacía disparatadamente oportuno respecto a lo que estaba ocurriendo ese día en nuestro país y en el mundo: Acontecimientos de la irrealidad inmediata

Otrosí,

Amistades farragosas

Todo es empeorable

La losa del silencio

Entre rumanos

sábado 24 de febrero de 2007

San Policarpo y Flaubert

El 23 de febrero no sólo se recuerda el infausto y felizmente fallido golpe militar que lleva su nombre, también se conmemora la fiesta de San Policarpo, obispo de Esmirna y padre de la iglesia primitiva. Policarpo nació hacia el año 60, siendo emperador Vespasiano y fue cristianado bajo Tito. Es un testigo de segunda generación, para entendernos, pues conoció a muchos de los que trataron a Jesús en la intimidad.  Fue discípulo de San Juan Evangelista, como también San Ignacio y precisamente fue el Apóstol quien les nombró obispos de Esmirna y Antioquía, respectivamente. Cuando Ignacio pasó por Esmirna, camino de Roma y del martirio, Policarpo tuvo ocasión de abrazar a su antiguo condiscípulo, el cual se apresuró a encargarle que escribiera en su nombre a los fieles de Oriente, para mantener viva y unida a la Iglesia. El resultado fue una famosa carta de Policarpo a los Filipenses, de cuyas excelencias se hacen eco, entre otros, San Ireneo y San Jerónimo y que fue muy leída en las iglesias en tiempos de este último. A los ochenta años, Policarpo viajó a Roma para visitar al papa Aniceto y conseguir unificar la fecha de la Pascua en Oriente y Occidente, acuerdo que no llegó a fraguarse a pesar de la coincidencia de objetivos. En tiempos de Marco Aurelio, Policarpo, ya muy anciano, fue condenado a morir en la hoguera, lo que hizo en olor de santidad pues, según los testigos, las llamas se apartaron de su cuerpo, que despedía un fuerte olor a incienso, de forma que los sicarios del procónsul tuvieron que alancearle para terminar con su vida.

San Policarpo no sólo ha llamado la atención de eruditos e historiadores; algunos rasgos de su carácter, como por ejemplo la sencillez y frescura de sus prédicas, unidas a la indignación que le producía cualquier herejía –y había muchas–, fueron transmitidos por su discípulo Ireneo (Herejías) y recogidos con entusiasmo por Flaubert.  Es conocido el interés de este gran novelista por la hagiografía –ahí están Las tentaciones de San Antonio y La leyenda de San Julián el Hospitalario para demostrarlo–, así como el desdén que sentía por su propia época, hasta el punto de que (creo que lo he comentado ya muchas veces) clasificaba la Historia en tres etapas: “Paganismo, Cristianismo y Estupidismo” y emprendió la ingente labor de recoger toda suerte de estupideces en un "tontario". Por tanto, no es de extrañar que repitiera constantemente las palabras que profería San Policarpo cuando le poseía esa “santa indignación” mencionada por San Ireneo: “¡Dios mío, Dios mío! ¡En qué época me has hecho nacer!”. Los amigos del escritor, contagiados por esa admiración, celebraban con él, cada 23 de febrero, “la san Policarpo”, durante un banquete algo rabelesiano donde despotricaban contra las costumbres de la tan denostada época que les había tocado soportar a su vez. El amado discípulo de Flaubert, Guy de Maupasant, llegó incluso a imprimir un papel de cartas para las invitaciones, con una imagen del santo, rareza de la que encontré un ejemplar por pura chiripa y que he intentado escanear para reproducirlo aquí. En él se puede ver al santo, cuya ingenuidad ha sido perfectamente captada por el artista,  en actitud de alarmada perplejidad, y en torno a su imagen la famosa admonición: "Mon Dieu, mon Dieu, dans quel temps m'avez vous  fait naître!"

Otrosí,

El tontario, más

El Tontario, propiamente dicho

sábado 2 de diciembre de 2006

El gran silencio

Reinette_et_mirabelle Recuerdo que en la película de Eric Rohmer, Aventures de Reinette et Mirabelle, las dos protagonistas, Reineta y Mirabel  (y traduzco sus nombres porque la pretensión del autor era referirse a esos dos frutos), discuten si es mejor la corte o la aldea. Mirabel, que es una urbanita irredenta, no soporta el silencio del campo y Reineta, que es de pueblo, le contesta que nada hay más bullicioso que la naturaleza, excepto justo antes del alba cuando, sólo por unos segundos, todo calla. Y la lleva a su pueblo para que compruebe que los insectos, pájaros, animales de la granja, el viento, la lluvia, los torrentes, así como los ruidos del trabajo doméstico y rural, que se van apagando conforme discurre el día, sólo se detienen por completo en ese preciso y brevísimo momento del que prácticamente nadie es consciente.

Que el silencio se oye, lo sabemos todos cuando cambiamos el tráfico de nuestras ciudades por esa mansedumbre. ¿Oyes el silencio? –preguntamos a quien nos acompaña, o lo pensamos si vamos solos– cuando llegamos a algún remanso de paz. Sólo después se empieza a distinguir hasta qué punto ese silencio está poblado de gamas distintas de sonidos que nunca llegan a molestarnos. Por lo cual se podría decir que el silencio es la ausencia de ruidos molestos y ahí entramos en la plena subjetividad. ¿Molesta el ladrido de un perro?  A mí no, y junto a los ruidos que detallaba Reineta, los ladridos en la noche (sobre todo si son aislados) también simbolizan para mí el silencio del campo. Pero nada representa mejor al silencio que ver comunicarse a los sordos entre sí, con su expresivo lenguaje de signos: la contemplación de esa verdadera isla de silencio total en contraste con el bullicio que les rodea, y al que ellos permanecen completamente ajenos, acolcha mis sentidos auditivos con tanta acuidad como lo pueda hacer un día de niebla.

Cartujos Todo esto para llegar a que hace unos días vi el documental de Philip Gröning, El gran silencio, sobre la vida de los monjes en la Cartuja de Grenoble. Es una película larguísima y lo parece. El director nos hace sentir el peso de cada uno de los minutos transcurridos visionándola. Y aun así entiendes que no has captado ni la mitad de lo que debe ser ese remedo de la eternidad que practican en vida los cartujos, como si estuvieran escenificando acá, con toda su humana torpeza, lo que les aguarda en el más allá una vez que hayan sido juzgados, perdonados y recompensados. Al ver y oír todo ese silencio sublimado pensé en dos citas literarias. La primera es de Rimbaud y muy famosa: Elle es retrouvée, quoi? L’Éternité, c’est la mer allée avec le soleil (La han encontrado, ¿a qué?  A la Eternidad, es el mar que se ha ido con el sol); la segunda es mía y corresponde al final de La Asamblea de los muertos: “Silencio: solidaria paciencia de lo vivo rindiendo su tributo ante lo muerto, Secreto: rincón sagrado de imposible perdón. Soledad: agudo son de cristal atravesando el tiempo limpiamente.”

miércoles 29 de noviembre de 2006

Setenta años

Carlos_semprn Ayer, a sólo 24 horas de que Jorge Semprún inaugurara en Madrid el Congreso sobre la Guerra Civil, diciendo tonterías de a puño, un grupo de amigos y admiradores homenajeábamos a su hermano Carlos en un restaurante madrileño, con motivo de la presentación de su libro, A orillas del Sena, un español… publicado por la editorial LibertadDigital/Hoja perenne. Se trata de la segunda parte, más bien continuación, de sus memorias, cuya primera entrega, El exilio era una fiesta, se publicó en Planeta hace ya unos cuantos años. Ahí, Carlos Semprún ya esbozaba lo que  es aquí la tesis principal: que su hermano Jorge, también conocido por “Le beau Georges”, ocultó ciertos hechos nada favorables a su imagen de magnífico en todos los sentidos, mientras estuvo en Buchenwald, experiencia que constituye el elemento principal de sus obras más exitosas y que le ha convertido en una figura legendaria. Muchas de las cosas que dice Carlos Semprún sobre su hermano en este libro, aunque también muy graves, no son tampoco nada nuevas, pues fueron objeto de una acerba polémica hace unos años, en Francia, entre Jorge Semprún y la viuda de Jacques Antelme. Pero todo esto ya lo había avanzado Carlos Semprún en muchos de sus artículos de Libertad Digital y lo cuenta por lo menudo en este libro así que no me voy a extender mucho más.

Por supuesto habla también de otras cosas, pero si destaco ésta es para explicar la razón por la cual considero que este libro debería armar mucho revuelo en la república de las letras. Otra cosa es que lo haga. Dependerá bastante de cómo se distribuya y de que los “medios” quieran hacerse eco de lo que en otro país, Francia sin ir más lejos, constituiría un escándalo. Inútil decir cuál será la recepción que tendrá el libro de Carlos en las páginas de los suplementos literarios de ABC y El País, por ejemplo. Más suerte puede tener –y espero que así sea- en El Mundo y La Razón. Y si no menciono la propia Libertad Digital es porque va de suyo.

Para que no me acusen nuevamente de pesimista, quiero destacar la asistencia al homenaje de un público joven y entregado, perteneciente a esa generación que ha llegado a donde estamos ahora nosotros, los del “68”, sin tener que pasar por la desagradable experiencia de ser primero de izquierdas. Eso les convierte en personas mucho más seguras de sí mismas, y en las que confío plenamente para que levanten lo que quede de España cuando se retiren los vándalos, y se pase esta absurda manía de quererles implicar en la Guerra Civil. ¿Por cierto, se han dado cuenta de que los setenta años que separan a los jóvenes del 2006 de los "luctuosos" acontecimientos del 36 son los mismos setenta años que nos separaban a los jóvenes de 1968 del desastre de 1898? ¿A que da vértigo pensarlo? Para esos chicos "el pasado inmediato" no es la guerra civil y Franco, sino la Transición y tal vez el dichoso mayo del 68 y, por supuesto, la caída del muro de Berlín. La guerra civil hay que seguir estudiándola, cierto, pero como, mutatis mutandis, estudiábamos (es un suponer) nosotros el desastre del 98, sine ira et studio

Otrosí,

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jueves 23 de noviembre de 2006

Entre rumanos (corregido y aumentado)

Camil_petrescu Acabo de regresar de Bucarest, adonde he ido invitada por el Instituto Cervantes. El director actual es “el” traductor del rumano por excelencia, Joaquín Garrigós. Gracias a su sabiduría, su devoción, su paciencia y su humildad (pues tales son las características que le definen) los hipanoleyentes –que no forzosamente hispanohablantes- han podido acceder a autores como Mircea Eliade, Norman Manea, Mihail Sebastian, Camil Petrescu y algunos más que me dejo por el camino. La gran literatura rumana pide a gritos ser conocida en España, en particular su época más brillante que es la de entreguerras como por otra parte la de la mayor parte de la de Europa del Este, incluida Alemania. En Bucarest me encontré con Marcos Ricardo Barnatán, y con Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, mexicanos que tienen una librería-centro de arte en Madrid (www.centrodeartemoderno.com), especializada en primeras ediciones de autores hispanoamericanos y de autores españoles que vivieron en Hispanoamérica. Ambos eran los comisarios de una exposición de fotografías de Borges y de primeras ediciones de este autor que se puede ver hasta enero en el Museo de Literatura de Bucarest, patrocinada también por el IC. 

Los borgianos se marchaban al día siguiente y tomábamos el relevo otro grupo de españoles, la mayor parte editores, que venían a participar en una Mesa redonda de la que yo tenía que ser la moderadora. Lo cierto es que aquello era más bien en un encuentro entre  editores de ambos países para entrar en contacto,  pero también se pusieron sobre el tapete aspectos  generales y muy conflictivos de la edición, como el dilema entre calidad y comercialidad que trae de cabeza a los (buenos) editores. En cuanto a las relaciones hispano rumanas, ellos  parten de otras premisas. En primer lugar, porque si para nosotros la traducción es una parte importante de la producción editorial, para ellos es la parte del león. Otra desproporción es la que existe entre el elevado interés que los rumanos tienen hacia la literatura en español y la casi absoluta indiferencia que se tiene en España hacia los escritores rumanos y, en general, hacia los escritores de lenguas minoritarias. El ejemplo que yo puse, cuando avancé esa explicación, fue el de la editorial Metáfora, cuya andadura, iniciada con grandes esperanzas en el 2002, se ha visto truncada hace unos meses. Desalentador.

Instituto_cervantes_bucarest Al día siguiente los editores volvieron a sus obligaciones y yo seguí haciendo patria, siempre bajo la amigable tutela del Instituto Cervantes. Primero estuve en la Universidad Cristiana Dimitrie Cantemir, una de las cada vez más numerosas universidades privadas que surgieron tras la caída del antiguo régimen y fue emocionante ver a tantos jóvenes interesados por la literatura y la lengua españolas, y sobre todo, saber que aunque estén pagando las consecuencias del nefasto régimen, ahora están siendo educados en libertad, por muy costoso que resulte para el resto de Europa. Es una deuda que los  países occidentales tenemos contraída con ellos por el apoyo indigno que tantos intelectuales y políticos europeos han dado a la peor catástrofe que ha conocido el siglo XX, junto al nazismo. Sería una injusticia que no pudieran beneficiarse de lo mismo que se beneficíaron España, Portugal y Grecia cuando nos incorporamos a la entonces Comisión Económica Europea, hoy UE. Por la tarde repetí charla en la antes mencionada Biblioteca de Literatura, bajo la atenta vigilancia del rostro de Borges, repetido en múltiples momentos de su vida por las fotografías ahi expuestas. El auditorio, como correspondía al tema (las relaciones culturales entre España e Hispanoamerica), estaba compuesto por hispanistas y traductores de Vargas Llosa, García Márquez o el propio Borges. A ningún español que vaya a Bucarest le faltará público y un público tan enterado como entregado.

En resumen, tres días completos. Es poco lo que se puede hacer en tan breve espacio de tiempo y con tantas obligaciones pero creo que lo aproveché ventajosamente. Además de callejear, bien acompañada, visité alguna de las numerosas librerías de viejo que hay por el centro y encontré, a un precio que al cambio produce sonrojo, la primera edición de Uruguay de Jules Supervielle y los tres libros de Paul Morand sobre ciudades, Londres, New York y Bucarest . No me podía venir este último más a propósito. A pesar de los destrozos del comunismo, con sus horrendos edificios levantados por la megalomanía de Ceacescu, Bucarest conserva muchos vestigios de ese pasado esplendor que la convirtió en el París de Transilvania. Los rastros franceses, visibles en su interesante arquitectura, son evidentes y vale la pena visitar la sala de pintura del siglo XIX del Museo Nacional de Arte (no sé si es exactamente esa su denominación, pero sí su función) para entender hasta qué punto la cultura rumana es una cultura europea de pleno derecho.

Intercontinental1 Como digo, tuve acompañantes de lujo. En primer lugar, el propio Joaquín Garrigós que nos dedicó a todos más tiempo del que le exigía el cumplimiento del deber, y en mi caso, encontré a algunos hispanistas que ya conocía por haber coincidido con ellos en tenidas europeas anteriores. Una de esas personas, al comentarme el desprecio de sus conciudadanos por la época comunista, que por edad ella había vivido en sus peores momentos, me contó que había tenido que servir de intérprete de los comunistas españoles y cubanos en sus visitas a Bucarest. Se alojaban en el Hotel Intercontinental –un engendro arquitectónico moderno del que estaba muy orgulloso el tirano- lugar en donde no podían entrar con facilidad los rumanos, pues hacerlo, era ya sospechoso. Por ahí pasaban todos los españoles que después fueron jaleados en la transición. A algunos de ellos –pienso en Santiago Carrillo- le siguen haciendo homenajes a pesar de las pruebas de su infamia y eso en plena época de “recuperación de la memoria histórica”. Para que no pudieran denunciarla, o quejarse de ella, mi amiga demostraba un celo muy especial a la hora de explicar los logros de la revolución proletaria y a veces creía ver chispas de discrepancia entre algunas personas que fueron las que mejor evolucionaron posteriormente. No lo dudo, pero si hubieran verbalizado su descontento en aquellos años, tal vez se hubiera podido atenuar, ya que no suprimir, mucho sufrimiento. Pero ser de izquierdas en un país democrático es muy fácil, y  poder ir a la clínica de la doctora Aslan (la creadora del “gerovital”, la crema más solicitada por los turistas en las farmacias actuales), un privilegio que no todos estaban dispuestos a rechazar. Tal vez eso explique por qué los hispanistas rumanos no quieren saber nada de los poetas y creadores comunistas españoles. Si no me creen, pregunten qué piensan de Rafael Alberti. Ya verán.

Otrosí,

Norman Manea, Mihail Sebastian, Camil Petrescu

Julia Escobar - Lo humano y lo divino