Mal terminó el año, pero no empieza mucho mejor. Ni en lo público ni en lo privado. La muerte, desafiando las estadísticas, me ha rozado muy de cerca llevándose a seis personas muy queridas en menos de dos meses, tres de ellas de mi familia y tres de mis amistades más próximas. No quiero despertar con ello la piedad de nadie, pero invita a la reflexión ese estrecho cerco de la enfermedad y la muerte que a veces nos rodea, confiriendo un tinte macabro al entorno. Y cuando el entorno, por añadidura, es sombrío, ¿qué puede mitigar nuestra melancolía? Sin duda, el trabajo, la acción. Sacudirse de encima la amargura y encarar con firmeza el futuro. Estos son, resumidos en dos puntos, mis propósitos para el año recién estrenado:
-Denunciar y divulgar, por tierra mar y aire, toda estupidez que llegue a mi conocimiento, aún a riesgo de parecer yo misma una estúpida (lo digo porque algunos no entendieron lo de Huitzilopchtli y creyeron que les invitaba a la abominable fiesta), por esa tendencia mía a la elipsis y la ironía.
-No permitir, en la medida de mis posibilidades, injusticias, arbitrariedades y excesos de poder que lleguen a mi conocimiento y sobre los que tenga alguna jurisdicción.
Creo que estas dos decisiones –no exentas de riesgos y propias de la caballería andante- son más que suficientes para ocupar lo que mucho o poco que me quede de vida. Si además utilizo para aplicarlas los medios de que dispongo habitualmente (prensa, radio, televisión y creación literaria) estoy definiendo los principales objetivos de mi profesión.
Dicho esto, añado un tercer propósito menos ambicioso, pero que ayudará a plasmar los anteriores: escribir más a menudo en este blog, sincerarme más, desabrocharme. En definitiva, se supone que esta página hace las veces de diario pero confieso que no es lo mismo escribir mirándose el ombligo que directamente al espejo. Y esto es Internet, un espejo muy particular en el que nosotros nos miramos, pero los que nos ven son los otros.

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