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01/11/2010

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Enrique Pérez Mengual

Querida Julia. También yo recuerdo a mi madre encendiendo lamparillas la noche de difuntos. Supongo que ahora sólo podrán encontrarse en tiendas de objetos religiosos. Me has recordado una curiosa anécdota, que posiblemente conozcas. En una cena de amigos ofrecida a Salvador Espriu, se suscitó el tema del sentido trascendente de la muerte. En seguida tomó la palabra Josep Pla y, sin que nadie fuera capaz de rebatirle, dio toda clase de argumentos en defensa de la muerte como la simple interrupción de un proceso químico, fisiológico. Finalmente, preguntó a Espriu: "¿Usted ha visto morir a un perro o a un gato? Es una muerte exactamente igual a la nuestra; primero una especie de desvanecimiento y luego como un espasmo" Entonces, Espriu, preguntó tímidamente: "Y usted señor Pla no ha experimentado algún otro sentimiento al morírsele algún familiar o amigo muy cercano?". Entonces, Pla calló de pronto y rompió a llorar... Tuvo que abandonar la cena en medio de la consternación general. Con los años, nuestros difuntos se van acercando a nosotros. Me da, a veces, la impresión de que tenemos con ellos conversaciones pendientes bastante interesantes y nos esperan con cierta impaciencia.

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