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13/06/2018

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José Antonio Martínez Climent

Estimada Julia:

La lectura de tu artículo ha hecho ha traído una cierta melancolía a esta mañana de moribunda primavera, al comprobar, por sucesión natural, cuál fue el destino de ese ochentero "¿estudias o diseñas?" tan cursi, tan pretencioso, tan urbano, tan moderno entonces, convertido según dices en un altivo "¿firmas o escribes?" para uso de escritores de alta editorial y bajo cóctel. A la vez te diré que tu lectura me ha puesto también una sonrisa, porque ese tono tuyo como de entonces (tan gamberro como ilustrado, tan sabido como jovial) ahora se ha perdido en la prensa, expurgado por una fatuidad postiza pringada de cutre ideología. Encontrarlo, pasados tantos años, causa un necesario regocijo.

Deja, sin ánimo de remendar nada, que añada algo, pues cree uno que hay, sin contradecir lo que apuntas, otra Feria incrustada en la Feria, como aquel reino invisible de los cuentos que sólo se deja ver cuando despeja un denso banco de niebla paramera venido de nadie sabe dónde. Cuando el inesperado conjuro se cumple, si saber ni cómo ni por qué, henos, todavía aturdidos, en una caseta de goma blanca que huele como a diesel de hospital, entre cientos de libros de idéntico sello cuyas portadas chillonas nos informan de que la psicodelia, en el tránsito entre reinos, se ha puesto de moda otra vez.

Llueve apenas fuera de ese marco que divide este libresco y extraño mundo entre la blanca pecera y unos pocos viandantes que caminan como retenidos por un ancla, a pasos lentos, pausados, la cabeza doblada hacia los libros pero con la mirada vacua, como de disimulo o catarata, propia de quien más que mirar está pensando sin ver nada. Pasa un hombre... se mesa las gafas... una mujer con un paraguas... se toca la nariz... tan despacioso el caminar que tememos que no salga nunca del marco... y así, doblando elásticamente la vista para seguir a la mujer en su eterna fuga, vemos, para nuestro asombro, que al otro extremo del mostrador se sienta un muchacho ante la pantalla de un ordenador (también hay ordenadores en este mundo). Encorvado sobre el ingenio, pesa sobre él toda la desgana de Occidente, como le pesa una chapa que viste en el jersey y que lleva algo así como el logotipo de una editorial. Como semejante gravitación no puede sino ser perniciosa, volvemos la vista al marco, que ahora está huero, y sólo los árboles enormes de la acera de enfrente lo ocupan, amén de un papel como de bocadillo que cruza el cuadro con la misma lentitud que la grey local, movido por una brisa invisible pero, a lo que se ve, agotada de nacimiento.

Y de pronto, siguiendo el cansino tránsito del papel, pasmo de los pasmos, nuestra vista para en un libro que, sí, lleva nuestro nombre. ¡Horror! ¿Acaso alguien se llama igual aquí? ¿Acaso estuvimos aquí antes y nada recordamos, efecto quizá de la extraña psicodelia de colores? ¿No es ese el título de una novela nuestra?

En las películas decentes, las de blanco y negro, el prota, llegados a este punto, se desvanece oportunamente presa del espanto o enloquece de por vida. Prefiero no decir aquí que siguió al fatal descubrimiento. Ni cómo salí de aquel reino de pesadilla. Uno, al fin y al cabo, todavía conserva un amago de dignidad.

Con afecto,
Jose Antonio Martínez Climent

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