Los ruidos de la ciudad

Pongamos que vives solo en una abigarrada comunidad de vecinos. ¿Solo? A las 6h de la mañana la joven pareja que acaba de instalar sus penates justo arriba celebra su juventud con ostentosos gemidos de placer que se pretenden discretos. A las 7h los de abajo se pelean durante el desayuno y alguien se va dando un portazo.

Los tres niños del quinto bajan con su madre por la escalera llorando camino del colegio y sus berridos compiten con los ladridos de los perros de la señora del cuarto, recién divorciada, que también bajan por la escalera porque no caben en el ascensor.

A las 11h los vocingleros chavales del instituto de la esquina dejan perdido el jardincillo delantero de la casa con sus latas de cerveza y sus colillas. El cartero, el repartidor de Amazon y de los supermercados aledaños llaman invariablemente a tu timbre para que les abras el portal porque es el que tienen más a mano. Los ancianos del centro de Alzheimer de la trasera de tu inmueble empiezan a delirar a voz en cuello en cuanto empieza la terapia.

Por la tarde los niños del quinto, recién llegados del colegio, lloran inevitablemente de vuelta a casa. Los perros ladran a los ancianos que vegetan en sus sillas de ruedas con sus cuidadores. El inválido del segundo, que tiene plaza reservada, se la encuentra ocupada por un intruso y ha llamado a la policía.

Al atardecer un papá juega al fútbol con sus hijos. La portera arrastra por la calle los voluminosos contenedores de la basura que los vecinos se apresuran a llenar. Por fin cae la noche,  todo queda en calma. El vecindario se ha recogido para lavar los trapos sucios en familia. Un par de ambulancias atraviesan la avenida y se pierden en lontananza camino del cercano hospital.

Todo está bajo control ; no hay por qué  inquietarse. Lo compruebas satisfecho en las noticias de la televisión cuando ves las avalanchas, cortes de carretera y demás desastres que afligen a los que viven en el campo. Lo cierto es que nada ampara más que los ruidos. Sin ellos viviríamos como en un sepulcro. ¡Bendita sea la ciudad que nos protege de la naturaleza!


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